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En esta selva de Dios viven
muchos animales.
No hay en común dos, no existen
dos iguales.
Hay serpientes y pardales, cabras
y cabrones
que nos tocan los cojones
(por no decir los genitales),
hay zorras estivales,
gallinas, y mamones
con armarios y astralones,
nos dan días infernales.
Cada uno a su canción, el tigre
huele a cabrales,
la zorra, el cabrón, y la
gineta, son iguales.
Y es que no hay perdón.
La serpiente a su traición.
¡Y pide ser considerada!
¡La hostia! ¡Copón!
Si tuviera una opción te daría
una puñalada
con toda consideración,
claro, sin vacilación
pero eso sí, considerada.
En la selva hay hijos de la gran
animalada
(hijos de puta es otra
opción no tan amanerada).
Hijos de perra, de zorra, hijos
de la gran chingada
con la cornamenta cargada,
o con un lacito en la porra
sin saber si es zorro o
zorra pero igual con mala baba.
Y no tienes elección. O te metes o te sales,
o bien juegas como un
cabrón al juego de dos puñales.
En la selva hay animales, como el
cerdo de corrales.
Como el burro, la marmota como el
buitre,
o la idiota de la mona.
Tú ya sabes.
Redondo como una pelota
entra el puerco en su
porcal,
retozando al barrizal
pues es esto lo que al
final
le gusta más que la
bellota.
El burro, con su morral,
no puede decir ni jota,
el pobre, libre de todo
mal,
ni jode al personal, ni
corre, ni salta, ni bota.
El buitre a su puntal.
A vigilar el percal y lanzarse a
la carroña.
¡Y que no haya nadie cabal...!
¡Tiene cojones la cosa!
El joder se les da bien,
el joder al personal, que
nadie piense mal,
pues hay animales a quien
no sabes donde atar ni
donde colgar atillo.
Y es que dichos hay cien,
y al apretar el gatillo
en todos pones la bala.
Dicen que cada perrillo
se lame sus huevecillos.
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