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El turista 999.999
El turista 999.999 pasó las peores vacaciones de su vida.
Un taxista responsable tuvo la culpa. Llegó puntual al aeropuerto, y una señorita muy simpática le vendió el billete, no fumador, ventana, el último que quedaba, qué suerte, y un guaperas, vestido de Armani, con aspecto de triunfador, tuvo que conformarse con un asiento de fumador, que ni siquiera era de pasillo, entre una cincuentona alemana brillante por el sudor y un grisáceo árabe.
El turista 999.999 llegó a la isla con la sonrisa clavada en el cogote del triunfador. Ni una turbulencia, las azafatas fueron todo simpatía.
Pero se retrasó para disfrutar del aspecto agotado, cabello revuelto y chaqueta de Armani arrugada del triunfador.
Cuando el triunfador apoyó una mano sobre la puerta para abandonar el avión, el turista 999.999 se abalanzó sobre él y dio un paso más, se adelantó al triunfador.
Asomó su cabeza por la puerta del avión y salió.
Y los flashes, flores, confeti y palmaditas en el hombro fueron para el turista 1.000.000, el triunfador.
El turista 1.000.000 fue llevado en volandas al mejor hotel de la isla, fue agasajado por las mujeres, y hombres, más hermosos del lugar, y cenó, todo lo que gustara tomar estaba a su disposición, en el más majestuoso restaurante del lugar.
Todo bajo la atenta mirada del turista 999.999, que se alojó en el mismo hotel -el único de la isla-, ahogó las penas en varios margaritas -según la carta de bebidas, la única bebida alcohólica permitida en el país-, servidos por el par de camareros/as de que disponía el hotel, y cenó en el buffet libre del restaurante -qué decir, el único del lugar-, en la mesa de al lado del triunfador.
Fue el peor viaje de su vida.
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