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 J.L. GARCÍA

PECHO LOBO

Después de tantos años de haberse considerado todo un hombre, de haber vivido todo lo posible en asunto de sexo, PECHO LOBO había descubierto la verdadera felicidad. Todos sus pelos se habían erizado de placer. Había jadeado como nunca. Por todo su cuerpo se habían producido sensaciones escalofriantes. En todas sus neuronas se recibían impulsos eléctricos jamás imaginados. Qué noche.

PECHO LOBO había nacido para vivir la noche. Su primer trabajo había sido recoger vasos en una discoteca donde asistían hombres y mujeres maduros, en gran parte separados y solteros, que iban a consolar su soledad, con la ayuda del alcohol y de más o menos dosis de sexo, que iba desde magreos a más tarde sesiones de cama. Se notaba en las miradas lascivas de algunas de esas el deseo reprimido de toda una semana que estaba a punto de reventar, convirtiéndolas en unas sacerdotisas del dios EROS. No había noche que no acabara en brazos de algunas de aquellas hembras que atesoraban aparte de su pasión un gran dominio del arte amatorio.

Poco a poco fue descubriendo los puntos más sensibles de su cuerpo, así como los de sus múltiples acompañantes. Después pasó a ser portero de varios lugares nocturnos donde iban mujeres más jóvenes en las cuales pudo aplicar todos sus conocimientos adquiridos. También empezó a descubrir los poderes ocultos de la coca para potenciar su potencia sexual.

Más de una noche pasaron varias mujeres por sus brazos convirtiéndose en verdaderas orgías de placer.

Las que más le excitaban eran las mujeres estilizadas, de piel clara, pechos duros bien proporcionados y en forma de copa de champagne. El color del cabello no le importaba, eso sí, que fuera suave.

Con este tipo de mujeres disfrutaba. Primero las abrazaba con suavidad pero a la vez con fuerza; después rozaba su boca a sus mejillas. Aproximaba sus labios a los de ella, apretándolos con fuerza para pasar después a abrirle la boca con su lengua con toda la delicadeza posible comenzando un baile erótico entre los dos pedazos de carne. Mientras sus manos habían comenzado una exploración por todo el cuerpo: poco a poco iba despojando de ropa a su pareja. Las caricias se hacían cada vez más intensas, más pasionales, más animales. Poco a poco iba perdiendo la razón y obrando los impulsos más irracionales. Una vez desnudos con toda la suavidad del mundo recorría su cuerpo besándolo por todos los puntos de su cuerpo, parándose en los puntos más erógenos: pechos, ombligo, boca, orejas, ojos. A su vez las manos daban masajes de pasión por todo el cuerpo. Después repetía el proceso pero con la lengua, esta vez llegando al triángulo del amor, abriendo las vulvas y con la lengua haciendo presión sobre el clítoris haciéndolo subir y bajar infinidad de veces... La locura... la lujuria... la pasión... se concentraban. Ya no eran dos personas, eran un amasijo de sensaciones placenteras. Sus cuerpos terminaban en un abrazo infinito que en un momento llevaba a la penetración.

Entonces comenzaban las contracciones, en principio suaves y controladas pero luego llegaba el impulso irracional cada vez más intenso. La pérdida total de consciencia y el placer. Después el relax después del coito.

Pero aunque repitiera una y otra vez esta situación siempre había quedado vacío. Parecía que le faltaba algo más, una sensación de impotencia. Sus acosos sexuales se habían convertido en una gimnasia, un aeróbic. Aunque no era consciente esta era su realidad. Cumplir con un rito que llevaba escrito en su subconsciente y que debía cumplir cada noche. Aunque al final se encontraba sucio, embrutecido.

Pero esta noche había sido diferente para PECHO LOBO, había sido su primer gatillazo. No lo podía creer... Se encontraba en casa de ella y salió corriendo. Era una mujer con la que ya había estado más veces. No lo entendía, él, que siempre había sido el nomber one... cómo era posible.

Cuando se dio cuenta estaba tumbado en la playa. Se despojó de la ropa. Los pies los tenía dentro del agua, notaba la llegada de las pequeñas olas que le refrescaban las pantorrillas. La fresca brisa de la noche que comenzaba a soplar rozaba su cuerpo. La humedad de la arena le producía una sensación de placer en su espalda. La oscuridad lo envolvía todo, pero pronto se dio cuenta de que el cielo estaba lleno de estrellas. Poco a poco le iba embriagando una sensación de tranquilidad y placer que jamás había sentido. La suave brisa... Las olas refrescantes. El silencio que él nunca se había dado cuenta que existía.

La soledad que tanto despreciaba. En este momento lo consideraba una sensación maravillosa. Poco a poco observó que su cuerpo se llenaba de una energía especial. Comenzó a tener unas convulsiones especiales que jamás había notado. Era el placer máximo pero sin la pasión animal que siempre había tenido y que le hacía entrar en una introspección. Le hizo perder la consciencia. Cuando despertó se dio cuenta que había eyaculado. Y sentía una sensación maravillosa que jamás había sentido. Había descubierto un nuevo mundo donde dominaban los sentidos.

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