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el dos
de noviembre
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El
barrio es de los de solera y vejez. A la derecha, tomando la montaña
como frente, está el que llaman de la Calle de Arriba, también,
de parecidas características y, desde luego, existen otros. Se trata
de una ciudad grande sin llegar a populosa.
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De una calle,
paralela a la falda de la montaña, nacen o cruzan hasta subir por
la sierra otras que van a dar a la de Feria o a una plaza ajardinada
y amplia conocida por "El Misto", nombre popular porque
únicamente existe una farola en el centro que alumbra tanto
como una cerilla. Es la delicia para los novios en la nocturnidad,
zona de juego para la chiquillería durante el día y lugar de despelleje
de las vecinas en los atardeceres de verano. En realidad es la Plaza
de Santa Lucía, aunque nunca luciera. Una de esas callejas, repleta
de casonas y mansiones de gerifaltes de la antigüedad, de las que
en la actualidad no creo que existan muchas en pie, es la dedicada
al historiador Bellod. Conocida por "Callejón Empedrao",
hubo una vez que fue importante, hasta el punto de ser de las pocas
adoquinadas. Pero de aquello nada queda y, puede, hace tiempo que
no estuve allí, que ni los adoquines hayan soportado el paso del
tiempo o el furor del martillo compresor de los albañiles.
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En el "Callejón
Empedrao", al final, lindando con la montaña, cruzando la Calle
de la Cruz, estaba la casa de Gil.
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Gil el de la Parra
era un puro diablo. Sin lugar a dudas que el demonio andaba a sus
anchas y a sus largas dentro de él haciendo travesuras que luego
achacarían al pequeño, así de borde, decían, que era Perico Botero.
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En los tiempos
en los que se desarrollaron los hechos que voy a contar, andaría
rondando los diez años. No tenía madre, eso creo, y, al parecer,
muerta a resultas del parto, mientras que al padre le quitaron la
vida en una de las muchas y absurdas batallas de la guerra civil.
El chaval se criaba con unos tíos y de continuo estaba en la calle,
desde que supo andar a gatas. El tío, conocido por "Samuelet",
era el animador del barrio y, por aquellos entonces, más famoso
que Manuel Rodríguez "Manolete". Su oficio, aunque por
lo flaco pudiera tomarse por el de torero o bailarín, además del
de bromista, era de pulimentador de muebles y en especial de guitarras
y mandolinas que fabricaba él mismo. Siempre había en su mente una
barrabasada, generalmente gorda, dispuesta a lanzarla contra el
más confiado vecino y en su mano derecha una enorme mancha de nogalina
que le llegaba al codo.
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Ese año, en la
fiesta del Barrio de la Cruz, que por tal se conoce a la zona, estuvo
encargado de organizar los festejos. Además de la Misa y Procesión
en las que no le dejaron meter baza y, digo yo, menos mal -aunque
los canónigos no se hubieran dejado pisar el sitio- coordinó, con
un grupo del vecindario, el engalanamiento de las calles con banderas,
cadenetas y farolillos de papel de diferentes colorines que se hacían
en las casas. Se le confió la organización de las carreras de cintas
y las de sacos y, también, los juegos de los pucheros colgantes,
a los que había que arrear un trancazo, con los ojos tapados, para
romperlos y conseguir el premio que se escondía en el interior.
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En esta ocasión
hubieron sorpresas entre desagradables y graciosas o ambas cosas
al mismo tiempo. Parte de los mencionados cacharros los había llenado
con arena, otros con agua, algunos había con orines de caballo y
no faltó el repleto con pestilentes sustancias que ponían de color
marrón al jugador que lo rompía y salpicaba de excrementos a los
espectadores más cercanos.
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Para la velada
nocturna, baile con banda de música incluida, de aquellas que sólo
hacían tachín tachón bien cargado de bombo, había anunciado la actuación
de una famosa vocalista. La actriz-cantante debía llegar en tren
y estaba previsto que media hora antes de comenzar la función, hiciera
acto de presencia en la ciudad. Ya se había tenido en cuenta el
horario oficial de Renfe y corregido, oportunamente, al anunciar
la velada.
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Con gran alborozo
se desplazó la comisión de festejos, banda de música y chiquillería
incluida, a los sones del pasodoble Pepita Creus y los ruidos de
la cohetería que lanzaba el Sr. Gildo, otro carpintero al que le
faltaban dos dedos, cruzando la ciudad en dirección a la mencionada
Estación de Ferrocarril. Eran la envidia de quienes les observaban
y de las comisiones de festejos de otros barrios que proyectaban
sus fiestas para algo más tarde. Había alegría por todo lo alto
y as¡ lo daban a entender.
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En la cantina
esperaron media hora a que apareciera el rápido de Murcia, conocido,
también, por el "Cartagenero" y, mientras unos llenaban
el cuerpo con el tinto de Jumilla o el "embocao" de Yecla,
acompañando los chatos, - tiene narices la cosa!, llamarles chatos
a unos vasos de a cuarto- con michirones, que así le dicen a la
habas hervidas con chorizo picante, hueso de jamón y guindillas,
Samuelet se despojó, en los urinarios de la estación, de las ropas
que llevaba puestas.
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En ese tiempo
transformó su aspecto en el de una esperpéntica tonadillera que
lucía alta peineta, zapatos rojos de tacón y bata de cola con enormes
volantes, repleta de lunares. No le faltaba detalle. Los labios
pintados en rojo chillón, los ojos sombreados, como si le hubieran
dado una pedrada en cada uno de ellos, guantes blancos hasta los
codos, un enorme abanico que abría y cerraba sin cesar como si fuera
el fuelle de un acordeón y enormes pendientes que le llegaban a
los hombros.
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Aprovechando la
parada de cinco minutos del rápido -¡vaya usted a saber el por qué
de lo de rápido! era lento y el retraso superior a la hora y cuarto-
Samuelet pasó al otro lado del andén y subió al vagón de pasajeros.
Su intención era salir, como lo hizo, por una de las portezuelas
opuestas, la que enfrentaba con la comitiva expectante.
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La banda, ante
la horrenda y disparatada aparición, suponiendo que sólo una vocalista
farandulera podía ir vestida de esa guisa por el mundo, retomó el
Pepita Creus.
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Hubo cohetes por
todo lo alto, tracas por lo bajo, aplausos, saludos con el brazo
alzado y un follón descomunal cuando algunos descubrieron el matute.
Pero echándole jeta, tenía para dar y vender, aguantó el tipo y,
por fin, continuó la algazara. Retomaron las calles de la
ciudad y se dirigieron al entarimado que se levantó en el barrio
para dar comienzo a la actuación.
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Pepico, tres años
menor, era la antítesis de Gil. Es cierto que no podría tomarse
por un ángel bueno y, por consiguiente, será mejor que lo dejemos
en algo tonto. Existe, todavía a estas alturas, quien confunde
bueno con gilipollas y, Pepico, la verdad sea dicha, pertenecía
más a este segundo grupo que al primero. Su abuelo, el "Chache",
causante con sus mimos del carácter poco despierto del nieto, era
zapatero remendón y trabajaba en el portal de la calle; en especial
en verano, pues el invierno era bastante desapacible para los sabañones.
Trabajar en esas condiciones, claveteando tacones o cosiendo medias
suelas en unos zapatos que pedían a gritos el descanso eterno, no
era aconsejable.
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Los tiempos no
estaban para ir de compras, había que reciclar, cuanto más mejor.
Era necesario para las economías domésticas alargar el uso de las
cosas. Pantalones, camisas, chaquetas debían ser remendadas, los
calcetines recosidos para disimular las patatas, las cerámicas pegadas
y grapadas y los zapatos, sandalias y alpargatas no iban a ser menos.
La posguerra se hacía dura de pelar.
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Eran
los años cincuenta o cincuenta y uno. Su hermano, Pablín, tenía
menos edad; aunque no mucha. Entre un parto y otro habrían
diez meses de diferencia. Era flaco y debilucho; el más flojo de
la pandilla. Fidel, el de la mena, pasaba por valiente y, en verdad
que su audacia no tenía límite. A esa edad, ocho o nueve años, trabajaba
con sus hermanos mayores, a lo largo de toda la calle, menando sin
cesar desde las ocho de la mañana a la hora de comer y, por las
tardes, hasta que la madre le relevaba del aparato de hilar. Fabricaban,
con el cáñamo, hilo de palomar, conocido por bramante. Menaba todo
el verano a pleno sol, sin más cobijo que el proporcionado por un
deshilachado sombrero de paja y por ello, digo yo, estaba más ennegrecido
que un sartenero. A veces, durante la jornada, lograba escapar
de las garras del trabajo y se unía al grupo; lo hacía durante la
hora del almuerzo, a eso de las diez de la mañana. Cuando así ocurría
los hermanos tenían claro que no le verían el pelo hasta la comida.
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Algunos coscorrones llevaba
por la poca solidaridad que le achacaban para con la familia; pero
los padres evitaban que los hermanos se encarnizaran con él y lo
despellejasen. Era el más certero del grupo con el tirachinas. No
había gato, perro o culo de mujer que escapase de una pedrada; sólo
era cuestión de apostar y decidir qué parte actuaría de blanco.
Más de un gato perdió las siete vidas de golpe por una pedrada en
el hocico.
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Para completar
la partida quedaban Basilio y Eladio, hijos de un carpintero del
barrio y que abastecían al grupo de listones para hacer la guerra
en plan espadachín. El padre y el tío eran, además de carpinteros,
músicos de la Banda Municipal.
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Algún que otro
crío, de vez en cuando, se unía a los juegos y travesuras. Entre
los esporádicos figuraba Paco López, hábil en escabullirse cuando
las cosas se ponían feas. Tenía un olfato especial para detectar
el momento oportuno para desaparecer. Algunos le buscaban con la
mirada y cuando no se le veía por ningún sitio era señal que se
debía tomar ejemplo y quitarse de en medio.
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Y otros, aunque
no muchos, que no figuraban en los instantes de la operación que
se llevaba a cabo esa mañana y no voy a reseñar.
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Comenzaba el mes
de Noviembre. Los vendedores de arrope y calabazate hacía varias
semanas que recorrían el pueblo ofreciendo sus mercancías que, pregonándolas
con sonoras voces, acarreaban en cántaros y orzas sobre grandes
alforjas de esparto a lomos de borricos. Era poca de arreglar somieres,
paraguas, tinajas y otros utensilios.
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De vez en cuando
aparecía el "estañador y paragüero", este era el grito
de reclamo; el "somierero" y las tiendas ambulantes, montadas
en carros tirados por mulos. Ofrecían cacerolas, morteros, orinales,
cacharros de barro, alcuzas para el aceite y candiles para las noches
de invierno, cuando la luz eléctrica sufriera los cortes tan usuales.
Eran, pues, tiempos de oferta y renovación, como si el verano hubiera
acabado con todo.
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También estaban
los colegios repletos de críos, pues hacía un par de meses que había
dado comienzo el curso escolar. Las travesuras de pandilla quedaban
para los jueves en la tarde, cuando los maestros, amparados en métodos
pedagógicos, no impartían clases, y para los sábados, domingos y
festivos.
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Gil, el de la
parra, el domingo a media mañana, tras la misa de las diez en la
capilla del Oratorio, colegio situado al inicio de las cuestas de
acceso al Seminario que luce a mitad del monte rematado por las
ruinas de un castillo viejo del tiempo del Rey Teodomiro, godo que
resistió la invasión del moro Musa y sus hijos, reunió a la panda
para desvelar un secreto sumarísimo que reportaría dos duros a cada
uno de los componentes. Era vital que no trascendiera a nadie más.
El trabajo era cosa de cuatro, cinco serían muchos y tres, según
había descubierto, muy pocos.
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En el calendario
litúrgico era la Fiesta de Todos los Santos, día uno de noviembre;
el siguiente estaba dedicado a los Difuntos. En esa fecha, todo
el pueblo se movilizaba para arreglar las tumbas, asear lápidas,
llevar ramos de flores y dedicar un recuerdo a los familiares desaparecidos.
Doña Rosario, una de las dos hermanas solteronas más beatas, y ricas
del pueblo, hacía dos meses había dejado este mundo.
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Doña Monserrata,
todavía viva y coleando, según el secreto descubierto por Gil, andaba
buscando cuatro niños plañideros para que llorasen durante un par
de horas ante el mausoleo de Doña Rosarito. Pagaría bien, diez pesetas
a cada chaval y el desayuno, a las once, de chocolate con paparajotes.
Los paparajotes vienen a ser algo así como los buñuelos de viento.
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El cementerio
abría sus puertas a las nueve de la mañana y, al estar en las afueras
de la ciudad, había que levantarse a las ocho y rapidito, sin perder
tiempo, coger el camino del Campo Santo. Debían ser puntuales,
pues la Sra. Monserrata podía presentarse en cualquier momento y
contratar a otros chavales. Diez pesetas de entonces representaban
el sueldo mensual de un hombre.
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A las ocho y cuarto
se habían dado cita, en la Plaza del Misto, Gil, Fidel, Basilio,
otro que hasta el momento no he dicho el nombre ni hablé de él y
un reserva como en los partidos de fútbol, se trataba de Pepico.
Juntos se encaminaron, con buen paso, al reseñado lugar. Llevaban
la mente puesta en los deseados dineros y en el no menos lujoso
y suculento desayuno.
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Cuando llegaron
eran las nueve; pero, todavía, el sepulturero que habitaba una vivienda
adosada al cementerio, no se había preocupado en abrir las puertas.
Era un hombre muy tranquilo y, además, por entonces, nadie tenía
prisas. Aunque en la entrada había medio pueblo esperando que al
buen hombre se le ocurriera despasar el cerrojo y el día estaba
desapacible, nublado y presagiando lluvias, nadie protestó por el
atraso.
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Los cinco pandilleros,
incluido el reserva, habían copado los primeros puestos ante la
puerta de hierro forjado que impedía el acceso.
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Llegado el momento,
entraron muy serios, observando la norma del silencio. Gil, después
de localizar el mausoleo, señaló el puesto a cada uno. Pepico quedó
separado, cuatro tumbas más abajo, esperando una señal.
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Gil y Fidel, precavidos,
habían tomado cada uno de ellos media docenas de cebollas. Por todos
los medios había que evitar el fiasco, pues llorar por las buenas,
sin que mediara una buena tunda de por medio, no era tan sencillo.
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A las diez y media,
casi agotadas las provisiones, quedaban dos cebollas, y comenzando
a desconfiar de la veracidad informativa de Gil, apareció una señora
de luto riguroso. La ancianita rondaría los ochenta años. Llevaba
el rosario en una mano, en la otra un paraguas, un velo negro sobre
la cabeza y apenas podía arrastrar los pies. Con voz tenue, casi
ininteligible, se acercó a decirles:
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- Le queríais
mucho, ¿verdad?
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Basilio, que fue
el interrogado, respondió:
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- No, señora.
No la hemos visto en la vida ni la conocemos.
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Gil añadió a continuación:
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- Esperamos a
su hermana para que nos pague por llorar y nos dé el chocolate con
paparajotes.
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Fidel agregó:
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- ¿Es, usted,
la hermana rica?
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De inmediato el
silencio sepulcral se rompió con las voces en grito que salían de
la pequeña viejita. No hacía más que repetir:
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¡Fuera de aquí,
malvados demonios! y alzando el brazo armado, empeñada en alcanzar
con algún golpe a los chavales, lanzaba el paraguas a derechas e
izquierda, intentando achichonar alguna cabeza.
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Ese fue un mal
gesto, no cabe duda; aunque no justifica que Gil le asestara dos
cebollazos, no había para más cebollas, y Fidel una pedrada en la
frente que a poco hace que la pobre mujer se quedara, desde ese
instante, haciendo compañía eterna a su querida hermana.
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En el rifirrafe,
no era casualidad, apareció por una esquina la figura de Samuelet.
La estaba gozando con un par de amigotes.
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Gil, queriendo
disculparse ante el fracaso, confesó que lo había escuchado a su
tío cuando, en secreto, lo confesaba a uno de los que le acompañaban.
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Los pequeños,
que eran malos o revoltosos, según se quiera tomar, de tontos no
tenían un pelo; enseguida convinieron que le habían preparado la
encerrona.
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Al día siguiente,
Samuelet y sus acompañantes lucían un hermoso y abultado chichón
bicolor, entre rojo y amoratado, a modo de cuerno incipiente sobre
la ceja izquierda. Un poco más abajo, si la puntería hubiese fallado,
y a partir de entonces hubiesen lucido un hermoso parche negro,
como vulgar pirata. Aún tuvieron suerte. Creo yo.
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