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por Carmen Javaloyes

El estudiante de Salamanca ,  Espronceda

La muerte y la angustia vital son los grandes males de final de siglo. El sentimiento de que algo se acaba y la incertidumbre del futuro, esta angustia, no es otra cosa que la desazón frente a los conflictos de la existencia entendidos como algo inevitable.

El racionalismo triunfante de la época y la revolución romántica plantean por primera vez la posibilidad de vivir en un mundo sin Dios, sin modelos ni normas, en el que se plantean preguntas hasta entonces contestadas por la religión. Nace así el vértigo de la libertad.

El hombre ahora es responsable de su vida, ya no está predeterminado por la fe, sin embargo, también teme el no dominar la realidad externa. De esta inseguridad surgen las depresiones, la angustia, que intentan ser combatidas por soluciones extremas, como el alcohol, las drogas o el suicidio.

Otra de las soluciones será el sarcasmo, donde tiene cabida la insistencia romántica en lo lúgubre y en lo macabro. La noche romántica se llena de horrores, de voces, aullidos, espíritus; tanto poetas como prosistas describen con delectación cadáveres agusanados, esqueletos...

Algunos románticos ligarán su estética a la religiosidad cristiana, maquillando la falta de fe de la época con los misterios religiosos, con el predominio de lo fantástico, melancólico y sentimental cristiano, que les parecía un regreso a los valores más puros. El ideal romántico buscará apoyo en el misticismo, en la religiosidad más pura, en la espiritualidad, pero no precisamente en la religión cristiana. Sólo los autores más convencionales como Zorrilla, o López Soler, basarán sus narraciones en leyendas cristianas, milagros, confundiendo milagro con fantasía.

Espronceda, y los verdaderos románticos, se basarán en temas relacionados con el panteísmo, con una visión profana y no con una religión determinada. Es más, el hombre romántico se enfrentará a Dios, se volverá rebelde al pensar que ha de acatar el orden divino y su providencia, para elevarse y exaltarse a sí mismo en un acto de orgullo y de desafío. Este satanismo romántico no será tomado como inmoral, al contrario, es cívico y moral porque nace del reproche a las normas sociales, porque éstas sí que son inmorales y perversas.

El satanismo lleva consigo el titanismo, el rebelde romántico desafía a Dios, cree estar por encima del bien y del mal. Es el símbolo del esfuerzo humano por dominar el mundo por sus propias fuerzas, prescindiendo de poderes sobrenaturales. En ese sentido, aparece el mito romántico más moderno: el de Frankenstein, que incluye una serie de valores que coinciden con la síntesis en la confianza del hombre por poder llegar a crear al hombre. El concepto del Superhombre, que más tarde forjará Nietzsche, será una nueva reformulación de ese mito romántico que se rige por una moral integral, lejos y libre de imposiciones religiosas.

EL ESTUDIANTE DE SALAMANCA

Las fuentes en que probablemente se inspira son “El burlador de Sevilla”, el mito del estudiante Lisandro que asiste a sus funerales, y el de Miguel de Mañara.

Se publica la primera parte en 1836 en el periódico “El español” y el resto fragmentariamente en varias publicaciones. En 1840 se publica la obra completa. Esa diferencia en el tiempo y la publicación fragmentaria explica ciertas evoluciones y contradicciones que nos encontramos.

ARGUMENTO

Doña Elvira es el hilo conductor del poema, al principio es el ideal del amor visto por los ojos del poeta, no de don Félix, para finalmente pasar a ser la imagen de la muerte.

PARTE PRIMERA: Es narrativa. Se inicia con la descripción de Salamanca, de don Félix y de doña Elvira.

PARTE SEGUNDA: Lírica y epistolar. Doña Elvira escribe una carta a don Félix.

PARTE TERCERA: Don Félix juega una partida de dados y lo pierde todo, hasta el retrato de doña Elvira. El hermano de ésta, don Diego, le reta por insultar a su hermana.

PARTE CUARTA: Elipsis del duelo. Don Félix mata a don Diego. Don Félix encuentra a una extraña mujer tapada a la que sigue hasta un entierro, y luego a una mansión.

A lo largo del poema doña Elvira se idealiza, se hace simbólica: el poema es la expresión de la ansiedad del hombre por quebrantar los límites temporales y enfrentarse a Dios. En lugar de ser Dios el que llama al hombre para darle cuenta de sus hechos, es el hombre quien se encara a Dios, tratando de juzgarle, de descubrir su inmensidad.

PARTE PRIMERA

Narrativa y descriptiva. Se inicia con una descripción dentro del romanticismo lóbrego más típico. Los primeros versos presentan estos rasgos.

Esta descripción quiere crear un ambiente de fantasía, el mismo Espronceda no se decanta totalmente por la veracidad absoluta de lo que cuenta (verso 2.º, últimos versos del último canto). La descripción de Salamanca se interrumpe con la aparición de unos brevísimos elementos dramáticos a partir del verso 41. Con esos versos aparece el movimiento, con un corte brusco y radical. Cambia el acento, la mesura, la rima, versos trisílabos y tetrasílabos. Con esos versos breves se intenta crear una noción de movimiento brusco, inesperado.

Después de la parición de don Félix, se vuelve a la descripción de Salamanca, esta vez más concreta, de la calle del Ataúd, y dentro de ella la imagen de una lamparilla que alumbra una imagen de Jesús, esa lucecilla permite descubrir al hombre embozado. A esa calle y a esa imagen volverá el poeta en la parte 4.ª con un “Ay, del muerto” retomando la imagen del Jesucristo imaginado.

La imagen iluminada permite descubrir al embozado (100-140), enmarcado entre dos nombres propios, el del primer verso del retrato (Segundo Don Juan Tenorio) y el último verso (“don Félix de Montemar”). Entre estos versos se describe el retrato de Don Félix como calavera, bravucón, pendenciero, típico de la comedia barroca.

Otro retrato de don Félix, entre los versos 1245-1260, Parte IV, no coincide exactamente con esta primera definición, diferencia que se explica por el diferente tiempo de creación de la obra. En este retrato se representa casi a la perfección al héroe satánico y titánico típico del romanticismo. Es el héroe que se opone al orden divino en lo social y lo religioso.

La I parte termina con 5 octavas utilizadas para describir al personaje de Elvira.

Bella y más pura que el azul del cielo 140
con dulces ojos lánguidos y hermosos,
donde acaso el amor brilló entre el velo
del pudor que los cubre candorosos;
tímida estrella que refleja al suelo
rayos de luz brillantes y dudosos, 145
ángel puro de amor, que amor inspira,
fue la inocente y desdichada Elvira.

Se ha empleado el romance para la narración descriptiva , 3 y 4 sílabas para la narración rápida, el movimiento y los serventesios dodecasílabos para la descripción de la escena más terrorífica. El retrato de don Félix en octavillas (ni lento ni rápido). La descripción de Elvira se realiza con versos endecasílabos, que resultan lentos, suaves, armónicos.

PARTE SEGUNDA

Está dedicada a Elvira. Empieza con una especie de interludio lúdico en el que se pinta la naturaleza en absoluta calma, contrastando así con la noche de la parte I escrita según la imaginería romántica de lo lúgubre.

A partir del verso 213 tenemos una muestra de la llamada “poesía intimista” romántica:

“Adiós por siempre, adiós...
Ámame, no, perdona; inútil ruego”

Este fragmento concluye en el verso 303, y a continuación comienza la descripción de la locura de doña Elvira:

Vedla, allí va que sueña en su locura
presente el bien que para siempre huyó;
dulces palabras que con amor murmura, 305
piensa que escucha al pérfido que amó
Vedla, postrada su piedad implora
cual si presente le mirara allí:
vedla, que sola se contempla y llora,
miradla delirante sonreír. 310

Doña Elvira no se corresponde con la doncella pasiva tradicional. Hasta el último instante Elvira insiste en la verdad de su amor y no se arrepiente de lo que se le podía acusar como pecado: Voy a morir; perdona si mi acento/ vuela importuno a molestar tu oído.

El último fragmento es la epístola o carta de despedida de Ofelia, escrita en octavas y serventesios.

"Adiós por siempre, adiós: un breve instante 411
siento de vida, y en mi pecho el fuego
aún arde de mi amor; mi vista errante
vaga desvanecida..., calma luego
¡oh muerte! mi inquietud... ¡Sola... expirante! 415
ámame; no, perdona: ¡inútil ruego!
adiós, adiós, ¡tu corazón perdí!
¡todo acabó en el mundo para mí!"

PARTE TERCERA

Cuadro dramático en que don Félix juega a los dados.

Las Partes II y III son un retroceso de la acción que se pasa a describir.

Se trata de un fragmento teatral dentro del poema lírico, que introduce el nudo para que la acción se desarrolle lógicamente.

PARTE CUARTA

Comienza con un diálogo entre una dama que oculta su rostro y don Félix a la luz de una lamparilla que ilumina la imagen de Jesús, éste le pregunta tres veces y le responde otras tres veces.

La narración empieza siendo real, pero poco a poco todo se va volviendo incierto, el texto se plaga de adverbios de la duda (ya, tal vez, o), la misma aparición del fantasma es incierta, vaga...

Toda la acción de don Félix se basa en el deseo de saber quién es esa extraña dama, de tomar a la figura y ver lo que hay tras el velo. Este deseo viene dado por la inquietud, propia del romanticismo, la ansiedad que le lleva a la persecución de la dama sin percatarse en el peligro en que ha caído, el descubrirle la cara a su miedo. Es el héroe que se opone al orden divino en lo social y lo religioso (741 y siguientes):

"Dios presume asustarme: ¡ojalá fuera,
dijo entre sí riendo, el diablo mismo!
Que entonces, vive Dios, ¡quién soy supiera
el cornudo monarca del abismo!"
Al pronunciar tan insolente ultraje 745
la lámpara del Cristo se encendió,
y una mujer velada en blanco traje,
ante la imagen de rodillas vio.

Ésta es la voz de la conciencia que se expresa de diversas maneras, en primer lugar con un largo gemido que dura 64 versos (821-884) para amplificar ese sentimiento de incertidumbre. Ese gemido se hace luego voz de suave ritmo que se identifica claramente con la de doña Elvira conocida en el segundo Canto. Doña Elvira, como voz de la conciencia, amenaza a don Félix con penas eternas si le sigue. Don Félix, pertinaz, se niega a reconocer el Más Allá con el que le amenaza la Dama, dudando de la eternidad, se aferra al presente, al placer y en consecuencia su conciencia (la Dama) le conduce al infierno.

Don Félix no hace caso de los avisos de la Dama (versos 942-1190) y sigue sus pasos. Se inicia con la caminata describita con un movimiento vertiginoso y delirante. Empieza el alucinante viaje entre sombras de espectros, ecos de muerte. La ciudad deja de ser Salamanca y pasa a convertirse en una ciudad espectral. El movimiento rápido está conseguido a través de los versos rápidos, romances, y por la yuxtaposición. Los límites de la realidad empiezan a diluirse en la misma ciudad, salen al campo y allí es donde realmente se rompen los límites del espacio y el tiempo:

Y una calle y otra cruzan,
y más allá y más allá:
ni tiene término el viaje,
ni nunca dejan de andar, 965
y traviesan, pasan, vuelven,
cien calles quedando atrás,
y paso tras paso siguen
y siempre adelante van;
y a confundirse ya empieza 970
y a perderse Montemar,
que ni sabe a do camina,
ni acierta ya donde está.

A don Félix empiezan a fallarle los sentidos, llega a dudar de la existencia de la dama, si está borracho, es entonces, como culminación de esa pérdida de los sentidos, cuando ve pasar su propio entierro; el momento está muy cuidadosamente graduado ():

Mas ¡cuál su sorpresa, su asombro cuál fuera
cuando horrorizado con espanto ve 1105
que el uno don Diego de Pastrana era,
y el otro ¡Dios santo! y el otro era él!...

Don Félix está vivo, y está contemplando algo sobrenatural, es la primera vez que aparece algo sobrenatural no explicable por las leyes de la naturaleza: o bien está realmente muerto y el mundo sobrenatural es real, o bien está vivo y el mundo de ultratumba es también real, por lo que lo sobrenatural existe.

En el romanticismo lo sobrenatural siempre estaba explicado como efecto de la alucinación de un personaje, aquí se nos fuerza a creer en lo sobrenatural. A partir de creer en ese hecho sobrenatural, el lector puede creer que don Félix va a descender a los infiernos:

Y la Dama a una puerta se paró, 1197

Aquí tenemos otro retrato de don Félix, entre los versos 1245-1260, que no coincide exactamente con su primera descripción, diferencia que se explica por el diferente tiempo de creación de la obra. En este retrato, se representa casi a la perfección el héroe satánico y titánico típico del romanticismo.

Grandiosa, satánica figura, 1245
alta la frente. Montemar camina
espíritu sublime en su locura
provocando la cólera divina:
fábrica frágil de materia impura,
el alma que la alienta y la ilumina, 1250
con Dios le iguala, y con osado vuelo
se alza a su trono y le provoca a duelo.
Segundo Lucifer que se levanta
del rayo vengador la frente herida,
alma rebelde que el temor no espanta, 1255
hollada sí, pero jamás vencida,
el hombre en fin que en su ansiedad quebranta
su límite a la cárcel de la vida
y a Dios llama ante él a darle cuenta,
y descubrir su inmensidad intenta. 1260

Franquean la puerta y entran en un nuevo pasaje que es la muerte. Se inicia otra larguísima caminata en la que se agudiza más la idea de la imprecisión y pérdida de los límites. El tiempo rompe sus límites; la eternidad de la muerte es un movimiento incesante, pero sin objetivo, ni avanza ni retrocede, se permanece siempre en el mismo sitio, es un tiempo muerto que culmina con la imagen de la escalera o gradería. Al fin del largo corredor, don Félix sigue a su guía mientras va bajando una escalera.

La escalera representa en casi todas las culturas el ascenso hacia el cielo o el descenso hacia los infiernos, como aquí. La escalera es el símbolo de la pérdida de los sentidos. Al caer por la escalera, desciende a un profundo abismo donde le espera en una estancia un sepulcro, mezcla de tumba y lecho. don Félix ve allí su tumba. Se escucha un rumor que va aumentando poco a poco de volumen hasta convertirse en un ruido estruendoso producido por las huestes de huesos de muertos que se van alzando de sus tumbas y acercándose a su tálamo, utilizando un in crescendo musical. Se inicia luego un decrescendo simétrico espejo del anterior.

los principales versos in crescendo describen la sensación de ruido, el rumor que provocan los muertos al levantarse. Luego ese rumor se convierte en un quejido dolorido, luego en una triste música, hasta que se convierte en un griterío, en un estallido de dolor.

Los versos centrales relatan el descubrimiento de la cara de la Dama (que es una calavera) y a continuación la unión de la calavera y don Félix (1510 y ss.)

Y a su despecho y maldiciendo al cielo, 1510
de ella apartó su mano Montemar,
y temerario alzándola a su velo,
tirando de él la descubrió la faz.
¡Es su esposo!, los ecos retumbaron,
¡La esposa al fin que su consorte halló! 1515
Los espectros con júbilo gritaron:
¡Es el esposo de su eterno amor!
Y ella entonces gritó: ¡Mi esposo! ¡Y era
-¡desengaño fatal! ¡triste verdad!-
una sórdida, horrible calavera, 1520
la blanca dama del gallardo andar!...

El decrecendo expresa la imagen de que la vida de don Félix se va extinguiendo progresivamente cuando llegamos al último verso “son” sabemos que don Félix ha muerto.

Tal, dulce 1670
suspira
la lira
que hirió
en blando
concento 1675
del viento
la voz,
leve,
breve
son.
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