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EL CUADRO
Ese día se sentía especialmente aburrido y hastiado con su vida, quería morirse, desaparecer para siempre porque nunca le sucedía nada interesante; su única diversión era frecuentar una sala de exposiciones de cuadros que tenía cerca de casa...
Esa sala le atraía porque era distinta cada vez; ni la decoración, ni los muebles, cuadros, iluminación, color de las paredes, eran los mismos, ni una sola vez la había visto igual, por eso le parecía siempre un lugar nuevo que le entretenía. No se había dado cuenta de que todo en ese local reflejaba su estado de ánimo cada vez que entraba.
Ese día no sabía lo que le esperaba al llegar ahí con su estado de ánimo por los suelos. Se encontró con la puerta abierta, como si le invitaran a pasar, pero nada era como en las anteriores ocasiones: sintió mucho miedo al entrar y presintió que algo horrible le iba a suceder. Sólo había un cuadro enorme al fondo de la sala, esta vez oscura, vacía, con las paredes desconchadas, y con solo una mesa, una silla y una lámpara en una esquina que daba algo de claridad e iluminaba el cuadro tenuemente.
Se acercó lentamente hasta él bastante sobrecogido y confuso por ese ambiente que le rodeaba y se detuvo a mirarlo. No podía expresar el horror que le producía esa pintura, nunca había visto nada igual; representaba una noche oscura, al fondo unas montañas y la imagen en primer plano de una enorme serpiente dorada brillante que parecía que le estaba mirando. Quiso salir corriendo de allí cuando vio en el cuadro un punto de luz que se movía entre las montañas y se le iba acercando al tiempo que ese punto iba tomando la forma de una mujer. Intentaba convencerse de lo que estaba viendo acercándose cada vez más al cuadro hasta que de repente se vio absorbido por él y se encontró en medio de ese paisaje espantoso del que hacía poco rato quería alejarse.
Sentía un frío y un miedo enormes. Ahora estaba ahí dentro, al lado de ese punto de luz convertido en mujer. ¿Qué le había sucedido?, ¿quién era ella?, estar a su lado le producía terror. Iba a preguntarle todo eso cuando se dio cuenta de que no tenía voz, no podía hablar ni tampoco moverse, en ese momento ella se abalanzó sobre él y comenzó a besarle, pero él no sentía nada, comenzó a enroscarse por su cuerpo mientras seguía besándole al tiempo que se transformaba en una enorme serpiente dorada y se lo tragó. Entonces él se dio cuenta de cómo ese día que quería morirse había logrado conducirse a su propia muerte sin saberlo. Había vivido siempre anestesiado, lleno de miedos y sintiéndolo todo como una amenaza. Ahora había dos serpientes en el cuadro que miraban a un muchacho que acababa de entrar en la sala sin saber lo que le esperaba: su deseo de muerte que se iba cumplir.
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