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Amor Caníbal
Hoy, nadando en la playa, como cada mañana, temprano, he sentido un escalofrío. Me he sentido totalmente aterrorizada. Necesito recordar todo lo que ha pasado. No puedo esperar más, hay algo en mí que sugiere que otras personas han actuado de forma similar a la mía o que están contemplando esa posibilidad. He de avisarlas. No perderé más tiempo. ... Ocurrió, como suelen suceder estas cosas, de la forma más inesperada. Una primavera, mi sangre adolescente pedía amor apasionado. Él no tardó en aparecer, envuelto en un halo de misterio, con los ojos inyectados en sangre. Besó mis labios, hirió mis oídos de palabras dulces y llenó mi corazón de mentiras piadosas. No voy a perder el tiempo en detalles, lo que sí que os diré es que después de innumerables entrevistas, una noche, mientras nuestras copas rebosaban de licores dulces, él me prometió amor eterno. Amor eterno. Quiero hacer hincapié, a quienes podáis oírme, en estas bellas pero espeluznantes palabras. Ningún mortal puede escapar a su embrujo, y cuerpo y alma se tambalean. No, yo tampoco pude escapar. Intenté alejarme todo lo que pude, pero no lo conseguí. Decidimos la boda tan sólo un mes después. La vida de casada me resultaba totalmente cómoda. Mi marido viajaba prácticamente todo el año y yo me quedaba en casa, esperándole. De vez en cuando, recibía noticias suyas. Eran cartas interminables donde daba buena cuenta de su exquisita cultura clásica. Yo me entretenía leyéndolas, y estoy segura de que no existía una dicha mayor que la mía en toda la faz de la tierra. El 8 de octubre del año pasado, recibí carta suya. Ojalá nunca la hubiera recibido. Era una carta distinta. Sin ningún rasgo poético, ni doblez, ni figura literaria alguna, ni frases en latín o griego, sin, ni tan siquiera, referencia a filósofo alguno. En ella me anunciaba su llegada, y, escrita con rasgos temblorosos, una terrible frase final: "Soy todo tuyo: mi alma y mi cuerpo te los cedo, ¡oh, amada mía! Cuando por fin nos veamos el mes que viene, estaré contigo para siempre. Toda mi vida es tuya". Aturdida y casi desmayada, esperé que el aliento volviera a mis pulmones. Esa frase resumía en sí misma toda su culpa. Cuanto más leía la carta, más cuenta me daba de que todo había sido una farsa. Analizando toda la carta, cada párrafo, cada signo de puntuación, cada nueva frase llegué al convencimiento de que todas las anteriores habían sido falsas. No estaban escritas por la misma persona. ¿Mi marido me engañaba? ¿Había encargado a alguien la redacción de las anteriores cartas? ¿Por qué había dedicado tanto esfuerzo, y supongo que dinero, en entramar esta coartada? No dudé entonces, ni lo dudo ahora, que mi marido me engañaba incluso antes de casarnos. Una serie de pensamientos negros y macabros se fue apoderando, poco a poco, de toda mi conciencia. Ahora eran mis ojos los inyectados en sangre. Busqué una a una todas las cartas que había recibido durante estos años, y las apilé en el jardín. Las quemé en una gran hoguera, apurando una botella de oporto mientras lloraba por última vez. Después lo planeé todo. Cuando mi marido volvió, no sospechaba nada. Yo había preparado una cena especial de bienvenida, y le esperaba un tanto ansiosa. Él llegó del viaje un poco cansado. Nada más verme, me dio un fuerte abrazo y casi estuvimos así, entrelazados, unos cinco minutos. Mi corazón no dejaba de palpitar. Le ayudé a subir las escaleras de la entrada, le preparé un caliente y confortable baño, besando sus rojos labios lavé todo su cuerpo y le envolví en una confortable bata de seda. -Vamos, querido, la cena está ya preparada, pero primero bebe un poco de vino... El vino me había ayudado a prepararlo una antigua amiga mía, que curiosamente estaba especializada en fitoterapia y farmacología. Bajo sus efectos, algunas conexiones en el córtex cerebral eran totalmente destruidas, con lo que se mantenía plenamente la consciencia, pero el dolor es inexistente. Él me sonreía dulcemente, mientras se tendía en la mesa. Yo servía el banquete, asando su carne recién cortada y comiéndola gustosamente. Uno a uno, los días se sucedían, mientras yo apuraba su cuerpo con deleite. Cuando sólo le quedaba la cabeza, noté que una lágrima resbalaba por su mejilla. Aun así, no había dejado de sonreírme. -Sí, querido. Como ves, soy una buena y obediente esposa. Me encanta complacer tus deseos. Estarás conmigo para siempre. Ya nunca nos separaremos más. ... Hace tan sólo un año que mi amado vive en mí, y estoy segura de que nadie sospecha el terror que se apodera de mí cada vez que estoy sola. Nadie que tenga deseos de venganza, tal y como yo los tuve, debe llevarlos a cabo por muy destrozados que estén sus corazones. Todo mal que podamos hacer a otro ser, se paga con creces, creedme. Al comerme a mi marido, hubieron ciertas partes que, por parecerme especialmente apetitosas, comí totalmente crudas. He de reconocer que el placer de notar la sangre caliente y palpitante en la boca, es el más sorprendentemente dulce que he sentido nunca. La glotonería se apoderó de mí y decidí acabar de comérmelo así. A los pocos días, empecé a notar que no tenía más hambre. Llevaba dos semanas sin comer y apenas bebía algo de agua, sin embargo me sentía estupendamente bien. Tampoco notaba los tentáculos del remordimiento. Esta mañana, como cada mañana al amanecer, me he puesto el traje de baño para bajar a la playa a nadar. No he notado nada raro, hasta que ya dentro del agua me he dado cuenta de que algo flotaba a mi alrededor. ¡Eran mis tripas! Pronto comprendí todo lo que me había sucedido: al comer la carne cruda bajo los efectos del vino hipnótico, yo también había bebido ese vino, y sin dolor alguno yo también había caído víctima de mi voraz glotonería... ¡HABÍA ESTADO COMIÉNDOME A MÍ MISMA! |
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