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ÍÑIGO SANTAMARÍA

 

GUSTO   OLFATO

MELOCOTÓN

 

AROMAS

INDISCRETOS

 

Abandona la calma de su privilegiada atalaya avergonzado, quizás de su osadía. Basta una mirada, aunque sea silenciosa, y un suave rubor de terciopelo acaricia sus mejillas, halagadas por el sol.

Comienza, o termina, o tal vez continúa en una pequeña sima revoltosa que invade su orografía, regular por lo demás. Su piel áspera y mimosa agradece una caricia solidaria, aunque suele resignarse a la piadosa. No tiene, ciertamente, la apariencia de un sultán de oriente pero, de modales exquisitos, sublima una elegancia sólo interrumpida por un leve parpadeo insurgente.

Emana una fragancia entrometida que, dicen, embriaga a las flores rosadas en verano y a los pájaros azules, también en verano. Y es ese aroma voluptuoso quien inspira a los dementes de mente, pero sensatos de alma.

Su canto se reduce a dos notas que, bien matizadas, componen asombrosas melodías enfundadas en nostalgia. Pero son, por desgracia, inaudibles para el ser humano, anclado en la obviedad de la evidencia, que ha perdido la capacidad de suspirar en soledad.

Un trato amable relaja sus virtudes, por eso es conveniente observarlo con ternura, aunque finja indiferencia. Y es ese orgullo fatigado lo que le da un aire insolente y le impide responder a los silbidos de la brisa que le agobia, traviesa, sin saber que se aficiona a una pasión de tímidos presagios.

Porque es toda su vida una sabrosa intención irrealizable, y a su muerte llega el juicio de un tirano que sólo atina a una torpeza. Y para eso tanta literatura.

 

 

 

 Un perfume de lavanda con matices de canela comparte pacíficamente con él la pequeña habitación. No se adoran, aunque se soportan. Ni a él le agrada la canela, ni a ésta ser invadida por un desconocido. Ambos sentimientos se neutralizan y permiten la convivencia.

Abandonada en un rincón, una antigua mesa de roble trata de expandir su triste olor a vieja madera mojada sin que sus pobres intentos consigan hacer llegar su esencia más allá de la esquina en que ha sido olvidada.

La impaciente alfombra persa que ocupa casi todo el suelo lucha por librarse del hedor a polvo que le acompaña desde su última sacudida, la cual se remonta a tiempos lejanos en que todavía conservaba gran parte de su natural encanto. Ahora, vieja y sucia, se revuelve desde su incómoda posición, tratando de zafarse del tufo a muerte desprendido por las termitas, instaladas hace ya algún tiempo en el entablillado piso de la estancia.

Solemne, desde las alturas, una dorada lámpara exhala imperturbable cierto gas de cáustico olor, procedente del calor que desprenden los filamentos consumidos de una bombilla cansada de dar luz.

Súbitamente, una ventana revoltosa descuida su quehacer y, empujada por el soplido de Eolo, permite la entrada en el (casi) hermético escenario a una ráfaga de fragancia exterior, que perturba el caos ordenado reinante hasta ese momento. Los aromas se mezclan y revuelven sin criterio aparente, y la estructura imperante se derrumba en pocos segundos.

Esta anarquía aromática hace que él despierte de un modo inconsciente. Se coloca la corbata, coge la chaqueta nueva y sale de la casa. Cree percibir una desagradable peste a humedad al bajar las escaleras.

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