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La emperatriz imprudente
Íñigo
Santamaría |
Había una vez una linda señorita de dorada cabellera y preciosos ojos, de mirada inquieta y sonrisa traviesa, que soñaba ser la reina de los Silimantes, pequeños hombrecillos que disfrutaban en su ignorancia de una tranquila y apacible vida en los confines del mundo, en la diminuta aldea de Ledincia, allí donde las noticias no llegaban (ni las buenas ni, qué alivio, tampoco las más numerosas malas).
Los Silimantes eran un pueblo trabajador y discreto, se consideraban a sí mismos generosos y solidarios. Eran una aldea de gente buena y honrada, se ayudaban en lo que podían y no había en toda la comarca un solo habitante que se no se sintiera dichoso. Ledincia era un lugar en el que todos los días brillaba el sol (Recientemente se publicó un decreto que prohibía las tormentas, el fuerte viento y las nubes oscuras, excepto en los días señalados o cuando todo el mundo lo deseara). Esto era algo que los Silimantes habían conseguido tras muchos años de esfuerzos, penosas y largas guerras, tiempos de hambre y desgracias (con esto quiero decir que nuestros vulgares protagonistas también habían sabido sufrir). Sólo de vez en cuando alguna inoportuna nube cruzaba el cielo indicando un pasajero malestar de alguien que creía no ser afortunado.
Entonces, la gente se reunía y tomaban las medidas necesarias para que aquel que se sintiera desdichado recuperara la alegría. Solía ser fácil. Todo el mundo cooperaba. La triste nube abandonaba el monótono cielo azul, y se organizaba una fiesta en la plaza del pueblo. Todos cantaban, bailaban y volvían a ser felices. Porque, no sé si os lo había dicho, pero en Ledincia estaba prohibido no ser feliz. Quien se encontrara triste o abatido, era condenado al Circo de Ledincia. Las normas eran muy estrictas en ese punto. Allí en el circo se encontraban los payasos de Ledincia, mucho más graciosos que cualquier payaso que jamás hayáis podido contemplar en cualquier circo del mundo entero. Si esto no daba resultado, se llevaba al condenado al Gran Cine de Ledincia, donde sólo se proyectaban comedias. La primera sesión era de los Monty Python, y si esto no daba resultado se pasaba una de los hermanos Marx. Sólo hubo una vez que se debió recurrir a Amanece que no es poco y Arsénico por compasión, reservadas para los casos considerados casi irreversibles.
Así de simple era la vida en Ledincia, patria de los Silimantes. Así de simple, hasta que llegó la tierna muchachita de breve pero impronunciable nombre. Llegó un día oscuro, en el que los habitantes de la pequeña aldea estaban extrañados porque, siendo casi media mañana, el sol no había salido aún. Ciertamente, eso no habría sido preocupante (al perezoso sol no había quien le despertara las mañanas de Lunes, y los Martes no se levantaba hasta bien pasada la siesta) si no fuera porque los Miércoles nunca faltaba a sus tempranas sesiones de gimnasia matutina. De pronto apareció ella; no necesitaba al sol, su radiante belleza bastaba para iluminarla. Era lo más bonito que los ingenuos Silimantes habían visto nunca, y no tardó en conquistarlos con su voz melódica y sus dulces susurros. Así pues, enseguida la etérea princesa se convirtió en reina del pequeño pueblo, elegida unánimemente por sus habitantes, locamente enamorados, que no pudieron o no quisieron ver el peligro que sobre ellos se cernía. Porque bajo su frágil apariencia de muñequita de porcelana se escondía una ambición y una osadía sin límites.
Quizás hubo quien sospechó algo ya desde el principio, unas pocas voces apenas musitaron los peligros que podía acarrear confiar tan ciegamente en alguien aún desconocido, en verdad que adorable, pero desconocido al fin y al cabo. Y que, además, había hecho huir al sol, que había dejado ya de ser la más brillante luz del valle. Lo cierto es que la descarada emperatriz de piel suave e intenciones inciertas llegó cargada de innumerables quimeras que, ingenuamente, pretendía realizar. Venía de recorrer el mundo exterior, donde había visto paraísos de belleza irreal e infiernos de imborrable pesadilla, gentes amables y pueblos rastreros, palacios imperiales con sultanes colmados de riquezas y enfermos indigentes mendigando en tristes lugares no imaginados siquiera en sus más ingratos sueños. Y llegó dispuesta a cambiar lo que no estaba bien. En sus viajes descubrió que la tierra estaba enferma y necesitaba una intervención de urgencia para salvarla de una muerte segura. Eligió a los tranquilos Silimantes como protagonistas de sus fantasías y, tras persuadirlos fácilmente, se dispuso a ordenar el mundo tal como ella creía que estaba mejor ordenado (y, por qué negarlo, la verdad es que su idea de la perfección se podría considerar como algo justo e incluso lógico; digamos, por lo tanto, que era ciertamente una entelequia).
El caso es que los incautos hombrecillos acabaron convencidos (o dejándose convencer) por la sutil dama de cerviz irresistible, y abriendo los ojos a un mundo del que nada habían querido saber hasta entonces, encontraron que la tierra estaba convaleciente y que ellos habían vivido felices en su ignorancia hasta aquel momento, sin siquiera molestarse en tratar de conocer el exterior, a sus tristes y afligidos vecinos por los que nada habían intentado hacer en todo ese tiempo. Y sintieron entonces un gran complejo de culpabilidad por no haber sido más generosos con su prójimo, por haber vivido encerrados en sí mismos, por su gran egocentrismo y misantropía, por su... en fin, por su cobarde comportamiento para con el resto del planeta.
Pero sumerjámonos de nuevo en el relato, dejando aparte los benévolos calificativos con que al fin se ha definido a un pueblo tan rastrero y mezquino, que no se preocupa por sus hermanos ni sacrifica su ilusoria felicidad por la remota eventualidad de que alguien, en algún ignoto lugar de la tierra, tenga la ínfima posibilidad de llegar a pensar que puede creerse un poco menos desgraciado de lo que en realidad es. Y, por mucho que nos cueste, trataremos de solidarizarnos con esa gente vil que pretende buscar el camino de la redención mediante un supuesto gesto solidario, inducido por esta moderna Doncella de Orleáns, desordena conciencias y bienhechora de la humanidad, ángel de sedosas alas y mente portentosa que, guiada por la voz de Dios y con la ayuda del Espíritu Santo, mostrará a los Silimantes la forma de purgar los terribles pecados cometidos (por omisión) hasta entonces.
Cierto día de primavera (creemos que de primavera, porque desde que el sol hizo las maletas nadie tenía muy claro en qué momento vivía), la bella musa decidió que ya había llegado el momento de actuar y preparó a los Silimantes, que por fin creían haber hallado el sentido de su existencia, para restablecer la paz y el orden en el mundo, combatiendo las injusticias y ayudando a los que verdaderamente lo necesitaban. Dispuestos ya a partir, observaron en el cielo la presencia de algunas nubes que hacían presagiar un comienzo de viaje cuando menos algo complicado. Pero los pequeños Silimantes, dispuestos ante todo a buscar su redención, no dudaron, y partieron presurosos buscando con impaciencia un lugar en el que comenzar su aventura. Todo el pueblo se unió a la causa de la persuasiva doncella, y sin más experiencia que la de su hábil conductora, pero con la fuerza que proporciona el ferviente deseo de realizar con éxito su misión, salieron tras ella convencidos de que iban a ser capaces de, por fin, convertir el mundo en un lugar donde poder vivir y la existencia en una continua búsqueda de la felicidad a través del disfrute de otras gentes y la solidaridad con los demás.
No era fácil la empresa, sin embargo, y a cada paso que avanzaban más y más lo comprobaban. Pero sus grandes ilusiones y la firme decisión de quien los guiaba hacían que no minara su moral, pese a las grandes dificultades que encontraban en su camino. No era solamente que quien abusaba y causaba sufrimiento no atendiera a razones, tampoco quien estaba oprimido era consciente de su dolor ni de las causas por las que lo padecía, y cuando realmente confesaba sufrirlo, no quería o no se atrevía a combatir a quien lo producía. Veían a los amables Silimantes como intrusos que venían a desordenar lo establecido y los echaban sin siquiera escuchar lo que querían proponerles. Pueblo a pueblo, las pocas nubes que les acompañaban al inicio del viaje fueron haciéndose más numerosas, y tomaron un color negro nada agradable para unos hombrecillos no acostumbrados a tantas dificultades. Cuando súbitamente se desató la tormenta, muchos de nuestros desdichados amigos perecieron sin remedio a causa del miedo provocado por el aterrador suceso, presa del pánico por ver a sus compañeros caer sin remisión, o debido a la tristeza provocada por sus infructuosas tentativas de llevar la felicidad al mundo y, así, poder ser ellos también felices conociendo la dicha de los demás. Pero la tormenta infinita causada por la angustia de los hombres no estaba dispuesta a dejar tranquilos a los frágiles Silimantes y, finalmente, tras días y días de lluvia y viento dirigidos sin piedad, la última de las inocentes criaturas cayó al borde de un camino nunca transitado, muerta de miedo y de pena al no poder concluir con éxito ni siquiera una pequeña parte de la misión que se habían propuesto llevar a cabo.
Sólo quedó la emperatriz imprudente que, guiada por sus buenos sentimientos, llevó a este sencillo pueblo a una muerte sin remisión al tratar de enfrentarse a fuerzas para ellos desconocidas, a todas luces superiores a su arrojo y valentía, que los condenaron sin compasión a un cruel final, no por esperado menos doloroso. El mundo no lloró a los Silimantes, criaturas desdichadas a quienes una inocente dama con las mejores intenciones sacó de su ignorancia y falsa felicidad para abrirles los ojos y mostrarles la realidad del mundo en que vivían. Cierto es que perdieron su ignorancia, pero con ella se fue también su insignificante pero preciada existencia. Cierto es también que la obstinada princesita obró guiada por unas intenciones nobles y honestas, pero intentó una empresa irrealizable para unos seres débiles e indefensos ante un mundo lleno de peligros desconocidos que acechan en cada esquina y acaban con los inconscientes que pretenden más de lo que pueden.
Pero nuestra porfiada emperatriz no cejó en su empeño de salvar a la tierra, y siguió buscando quien pudiera arreglar el triste lugar al que hemos sido arrojados sin ser preguntados, donde padecemos y disfrutamos, donde lloramos y reímos, donde, en fin, consumimos nuestro precioso y ¿preciado? tiempo. ¿Logró la confiada princesa su objetivo? ¿Quién, si es que hubo alguien, ayudó a nuestra bella amiga a hacer realidad su sueño? No nos toca a nosotros responder a estas preguntas y, si nos correspondiera hacerlo, sería en otra larga y aburrida historia de final impredecible y quién sabe si feliz. Preguntadle a ella si es feliz.
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