| La
ironía del trueno
- Se encargó de gobernar
- y rara vez hubo paz
- en las médulas blandas
- de los humanos.
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- Trazó con ironía
- una línea de despojos
- dividiendo la ciudad
- definitivamente
- entre muertos, y menos muertos
- golpeándose los pechos
- en la eterna noche.
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- Era todavía peor
- los truenos cundían con asco
- sobre todo
- los suscritos a pájaros,
- sus cantos alegóricos
- se silenciaron
- aferrados a los equinoccios.
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- No hubo orfebre
- que rompiera
- sus hechizos de bacanal
- o el negocio de su vientre
- lascivo a cuerpos jóvenes.
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- Ella bordonea las puertas
- con estipendios,
- toca trompetas funerarias
- con sus famélicos dedos:
- cirios de tripas inocentes.
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- Su majestad:
- la reina de las miserias
- está de vuelo en las alturas,
- reacciona de nuevo
- en la mañana del siglo
- como negro eclipse para los
inocentes.
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Semíramis
- Con los alientos enganchados
- en rojas estalactitas
- fuimos aprendiendo
- a sentirnos indefensos
- y vulnerables a su presencia.
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- Ciegos de ira
- las señalamos con miedo:
- ella asomó sus ojos
- con los días de niebla
- y sus palabras engendraron
- alambradas con números.
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- No existe ciego o mudo
- que no narre sus historias
- con un dedo
- en dirección al pasado
- y cuatro apuntando
- al horizonte.
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- Ella volvió
- e hizo cuantas amenazas
- de ráfagas pueden soportar
- nuestras memorias,
- testificó su rudeza
- reduciendo aquelarres
- las vísceras de los pobres
huérfanos
- bajo las ínfulas de Marte.
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- ¡Oh, Semíramis maldita!
- ¿A qué vienes?
- ¿A edificar jardines de cadáveres
- entre los vivos?
-
- ¡Vuelve al pasado!
-
- Donde debiste quedarte
- como la amnesia o el olvido
humano.
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