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Daniel Montoly

La ironía del trueno

Se encargó de gobernar
y rara vez hubo paz
en las médulas blandas
de los humanos.
 
Trazó con ironía
una línea de despojos
dividiendo la ciudad
definitivamente
entre muertos, y menos muertos
golpeándose los pechos
en la eterna noche.
 
Era todavía peor
los truenos cundían con asco
sobre todo
los suscritos a pájaros,
sus cantos alegóricos
se silenciaron
aferrados a los equinoccios.
 
No hubo orfebre
que rompiera
sus hechizos de bacanal
o el negocio de su vientre
lascivo a cuerpos jóvenes.
 
Ella bordonea las puertas
con estipendios,
toca trompetas funerarias
con sus famélicos dedos:
cirios de tripas inocentes.
 
Su majestad:
la reina de las miserias
está de vuelo en las alturas,
reacciona de nuevo
en la mañana del siglo
como negro eclipse para los inocentes.
Semíramis 
Con los alientos enganchados
en rojas estalactitas
fuimos aprendiendo
a sentirnos indefensos
y vulnerables a su presencia.
 
Ciegos de ira
las señalamos con miedo:
ella asomó sus ojos
con los días de niebla
y sus palabras engendraron
alambradas con números.
 
No existe ciego o mudo
que no narre sus historias
con un dedo
en dirección al pasado
y cuatro apuntando
al horizonte.
 
Ella volvió
e hizo cuantas amenazas
de ráfagas pueden soportar
nuestras memorias,
testificó su rudeza
reduciendo aquelarres
las vísceras de los pobres huérfanos
bajo las ínfulas de Marte.
 
¡Oh, Semíramis maldita!
¿A qué vienes?
¿A edificar jardines de cadáveres
entre los vivos?
 
¡Vuelve al pasado!
 
Donde debiste quedarte
como la amnesia o el olvido humano.
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