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Maribel Carbonell
El Gatopardo se inicia en un momento histórico importante: en el proceso de la unificación política de Italia. Es en mayo de 1860, cuando ya reina el Borbón Francesco II (historia), al que visita en Caserta el príncipe di Salina (personaje literario). Historia y ficción se hermanan para concretar la verosimilitud narrativa. Y se muestra también una oscilación entre historia y memoria individual, entre documento y autobiografía, con sabor decadentista a veces, y prevalencia de elementos líricos autobiográficos.
Tal oscilación entre historia y memoria crea en la novela un positivo movimiento de ambigüedad que explica, en parte, la diversa aceptación que tuvo desde el momento de su aparición: elogios y críticas negativas.
Es la transformación de la historia en la memoria individual, la necesidad de existirse. Lampedusa en el príncipe Fabrizio. También la sociedad aristocrática siciliana, con su nobleza declinada, llena de pasividad, Don Fabrizio era un ser atípico, incluso en sus relaciones con el jesuita padre Pirrone, al que dirá: Non siamo ciechi, caro Padre, siamo soltanto uomini. Le señala también al jesuita: Viviamo in una realtà mobile... En cierto modo, la realidad móvil la transporta el sobrino de Don Fabrizio, Tancredi Falcone, quien adopta una posición discreta (Lope de Vega había escrito que la mayor discreción es acomodarse al tiempo), combatiendo con Garibaldi y casándose con Angelica, hija de un excelente ejemplar de los nuevos ricos y de la transformación social. A Falconeri se debe la frase realista si vogliamo che tutto rimanga com´è, bisogna che tutto cambi. Pero esta necesidad de que todo cambie, para que todo permanezca como es, es un movimiento que no acepta la memoria aristocrática del príncipe Fabrizio, asentada en el estatismo de una melancolía cuya conciencia desilusionada odia la eternidad y se abraza a la muerte. Muerte personal, con nudos ideológicos que no se desatan, porque sería desatar al hombre de su credo, y que connotan la involución aristocrática de una clase social y de la propia Sicilia.
Al final del capítulo IV, el príncipe espera al enviado Chevalley en su despacho. Es una pequeña habitación en la que junto con los libros hay miniaturas de la familia: el príncipe Paolo, la princesa Carolina, la princesa de Falconeri... Se trata del mundo de Don Fabrizio, del estatismo de su memoria, al que llega la novedad dinámica de la propuesta política de Chevalley, representante del nuevo gobierno. Este encuentro entre ambos expresa la antinomia, con su polisemia, que corre por la novela. Después vencido el tiempo histórico por el psicológico, el príncipe Fabrizio proseguirá su cortejo de la muerte hasta encontrarla en una vulgar habitación de hotel.
Con Don Fabrizio muere la familia y aparece la desilusión. Y el perro Bendicò, que corría por las primeras páginas de la novela, se asoma momificado en la última página, llena de melancolía, de derrota por la voz heredada de una Concetta que continuò a non sentir niente. Y es la voz de Concetta, desde su vacío interior, la que se levanta para ordenarle a Anneta que tire a la basura al apolillado y cubierto de polvo Bendicò: Portatelo via, buttatelo. Son las últimas palabras que pronuncia un personaje de Il Gattopardo. Pero en su camino hacia la basura, la apolillada piel de perro pareció erguirse momentáneamente para cobrar la imagen de un cuadrúpedo de largos bigotes. El viejo perro disecado había atrapado, en su final andadura, la soberbia imagen del gatopardo rampante del blasón glorioso de los Salina, del príncipe Fabrizio.
Gatopardo según el Vocabolario della lingua italiana, de Zingarelli, es un felino de formas elegantes, similar al gato doméstico pero mucho más grande. En castellano, el animal recibe varios nombres: gato cerval, gato clavo; su pelaje es gris con manchas negras. Pero la criatura que evoca Lampedusa no pertenece al mundo natural sino al estilizado campo de la heráldica. El personaje de don Fabrizio Salina está inspirado en la figura de Giulio IV de Lampedusa, bisabuelo del autor. El blasón de la familia exhibía, no un gattopardo, sino un leopardo; aunque no el leopardo con la cara de frente, habitual en la heráldica, sino un leopardo rampante (erguido sobre las patas posteriores, posición distintiva del león). En la novela ese animal sufre doble mutación de rampante pasa a ser danzante y de leopardo, gattopardo, no gris y negro, sino rubio, color de miel. El primer cambio y esta última muda de color, hay que atribuirlos a la fantasía del autor; el segundo a una corrupción dialectal de la palabra leopardo en boca de los campesinos de Torreta y de Palma, feudos de Lampedusa.
Todo lo que era Giuseppe Tomasi di Lampedusa (su sensibilidad, inteligencia, ironía y su soledad) se construye y forma en Il Gattopardo. Lampedusa está, es así en El Gatopardo, donde él intenta explicarse, comprenderse mejor narrándose. Y en ese hacerse materia novelística, está inherente su concepción literaria, su gran admiración por Stendhal, la concepción del tiempo histórico de Balzac se convierte en el tiempo psicológico de Marcel Proust a la recherche du temps perdu. Conversión importante para la consideración como novela histórica de Il Gattopardo y para la consideración general de la novela histórica como algo fuera del tiempo del narrador e incluso de su idiolecto.
El autor era hijo del príncipe Giulio Maria Fabrizio y nació en Palermo en 1896. Hijo único, puesto que su hermana murió precozmente, su infancia transcurrió en los palacios paternos de Palermo y de Santa Margherita Belice, por cuyas estancias fue aprendiendo el camino de la soledad y la compañía de los libros. En los objetos, como símbolos, en la exploración de las villas aristocráticas, en los diálogos no pronunciados, iba advirtiendo la caída de una aristocracia siciliana, el declive de un momento histórico que reclamaría su nostalgia y que no borrarían sus frecuentes estancias familiares en París, aprendiendo su cultura. De ahí, ese carácter forjado en la infancia, de ese abrazo consigo mismo percibiendo el declive de una vida siciliana, nacerá en Lampedusa para El Gatopardo ese sedimento de lutto, ese corteggiamento della morte que correrá enlazando los sentimientos lírico-autobiográficos e histórico-sociales.
Lampedusa tiene su soledad, que puede defenderse con la ironía, y un profundo amor a la literatura. Tiene así la génesis de su mundo narrativo. Tras la segunda guerra mundial su abrazo con la soledad se intensifica. El tiempo histórico de su clase social está perdiéndose, su melancolía busca expresarse. Sale de su soledad relacionándose con amigos de Palermo, algunos autores, así conoce la literatura europea y nace su admiración por Stendhal. Esto permite que su mundo interior aflore, se exprese con El Gatopardo que comienza a escribir a finales de 1954, pertrechado no ya de su afinidad con el tiempo psicológico de Proust, sino del sistema analítico del Ulysses de Joyce, que se ve en la descripción de veinticuatro horas en la vida de don Fabrizio Corbera, príncipe de Salina, y que se cubre en la primera parte de la novela con la fecha de mayo de 1860.
Bibliografía
El Gatopardo.Giussepe Tomasi di Lampedusa. Colección Austral. Prólogo Antonio Prieto.
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