Alfred llegó
tarde al trabajo por primera vez en su vida. Pero no parecía
importarle.
Sonreía con esa sonrisa maléfica de los gorditos
malvados. “No hay nada más espeluznante que un
gordito malvado”, solía presumir.
Sus deditos apretaban con fuerza el monedero.
Se paró en seco ante la máquina de las chucherías.
Abrió lentamente la cremallera y sacó una moneda.
Era justo la que necesitaba.
Cuatro, cinco, seis paquetes de gominolas de ositos. Galletitas,
pastelitos... ¡Qué delicia! ¡Gratis!
“Seré bueno” -pensó- y repartió
unos cuantos a sus compañeros, que los tiraron rápidamente
a la papelera sospechando de que se trataba de un “envenenamiento
masivo”, “armas de destrucción masiva”
afirmó Jhonny.
El día lo pasó silbando, alegremente, las melodías
del hilo musical.
-¡Qué tapen al canario! -se quejó una compañera,
pero Alfred no se daba por aludido.
-¡Pastelitos gratis! -y seguía silbando.Alfred
tardó poco tiempo en darse cuento de lo que tenía
entre los dedos. Vendió su viejo utilitario pistacho,
amigo entrañable, compañero de tantos embotellamientos,
tantos choques en cadena... y se compró un Audi Quatro,
que estrelló al poco tiempo contra el olmo, -el único
en toda la provincia- del vecino de su nuevo chalet en la urbanización
más selecta.
Entonces
se compró dos mercedes 600, uno color negro para pasear
el fin de semana por las calles de la urbanización, y
otro color plata para ir al trabajo -porque por supuesto que
no abandonaría nunca su puesto de trabajo, su madre ya
le enseñó de pequeño que el trabajo es
lo único que distingue al hombre de los animales, “y
tú hijo mío, no querrás ser como un animal,
¿verdad?” -y le daba una colleja, y la escoba...-.
Ahora Alfred vestía trajes de Armani para ir al trabajo.
Los fines de semana se paseaba por la urbanización en
su mercedes negro vestido con un chándal magenta de Ágata
Ruiz de la Prada.
Aun así Alfred se sentía solo. A veces regalaba
objetos de valor a desconocidos, pensado quizá en la
amenaza de la Dama de la Noche, como aquella vez que se compró
una lámpara Tyffani y se la regaló a una pareja
de turistas yanquis que encontró en la puerta de la tienda:
-¡Un suvenirg de la España, chatos! -les dijo.
Alfred era
feliz, pero estaba solo. Nadie podía soportar la soberbia
mezclada con la mala educación de que presumía.
Alfred era feliz, porque ni la gente soportaba a Alfred, ni
Alfred soportaba a la gente.
Según pasaba el tiempo sus escasos gestos de generosidad
fueron desapareciendo. La cosa comenzó a ir mal de verdad
una noche.
Alfred estaba hambriento y había llamado a Pizzas a Domicilio.
Un jovencito en una vieja vespa oxidada llamó a su puerta
para entregarle la Doble de Queso con Anchoas y dos litros de
cocacola.
DIIIIING
DOOOOONG
-¿Quién
llama a la pueerta?
-Pizzas a Domicilio.
Alfred corrió a abrir como un niño pequeño.
Iba vestido con un pijama de seda color pistacho.
-Su pizza señor. Son veinte con cincuenta y cinco, más
la propina, por favor -dijo de carrerilla el chico.
-¡Propina! ¡Has tardado más de media hora,
keko! ¡He dicho exactamente quince minutos, y os he dado
las indicaciones para llegar, joder, que no es tan difícil
llegar hasta aquí! ¡Y encima me la traes fría,
joder! Toma tus veinte -chilló Alfred con su voz afeminada.
Y cerró de golpe la puerta.
El repartidor se quedó un rato en la puerta del chalet
con la expresión de que esta no era una experiencia nueva
para él.
DIIIIING
DOOOOONG. Volvió a llamar.
-¿Quién
llama a la pueerta?
-Pizzas a Domicilio, señor. Se ha confundido y no me
ha pagado el envío.
-¡Qué quieres! -chillaba Alfred con la boca llena.
-Que no me ha pagado el envío, señor. Faltan cincuenta
y cinco céntimos y la propina por venir fuera de la ciudad,
señor.
Pero nadie contestaba.
Alfred seguía recostado en su sillón de piel,
con la pizza sobre sus regordetes muslos viendo una peli porno
en su supertelevisión de pantalla extraplana de plasma
líquido.
-¡UUURGL! -respondió a las voces que se oían
del exterior. Con estos superaltavoces te parece estar dentro
de la acción de la película.
DIIIIING
DOOOOONG.
No contestó.
Medianoche.
El viento mece las ramas de los árboles en los jardines
de la urbanización.
Alfred duerme recostado en su sillón de piel. La peli
porno hace mucho que acabó, pero ¡se está
tan cómodo en un sillón de piel! ¡Y la cama
está tan fría! ¡Y tan vacía!
TOC TOC
Alguien
golpea la puerta.
TOC TOC
Llaman.
-Sí, alguien llama a la puerta ¡Y es medianoche!
¡Joder, cómo es la gente! ¡Medianoche! ¡Seguro
que es el capullo ese del repartidor, por cincuenta y cinco
céntimos de mierda! ¡Vete a tu casa, joder!
TOC TOC
-Que no
te abro, capullo. ¡Que voy a llamar a la policía!
TOC TOC
-¡Que
voy a llamar a la policía! -repetía Alfred apuntando
a la puerta con el teléfono móvil.
-¡Soy la Luna! ¡Ábreme la puerta!
-¡Mira tío, si no te largas llamo a la policía!
¡Mira que la llamo, Eh, que la llamo! -Alfred se puso
en pie de un salto. La caja con los restos de la pizza cayó
al suelo desparramándose por la alfombra iraní.
-¡Soy la Luna y vengo a por mi recompensa! -se oyó
desde el otro lado de la puerta.
Alfred salió corriendo hacia su dormitorio y cerró
la puerta de golpe.
-¡Esta broma está llegando demasiado lejos! ¡Total,
por unos céntimos nadie se va a hacer rico! -chillaba.
TOC TOC
-Soy la
Luna y ya estoy en el salón. ¡Reclamo lo que es
mío!
Por la mente de Alfred pasaban un millón de imágenes:
la tabernera, aquel esquelético mendigo, la preciosa
lámpara tyffani, que si llega a saber esto, se la queda...
el estúpido del repartidor...
TOC TOC
-Soy la
Luna, ya estoy en el corredor, y te voy a tragar.
Alfred se ocultó dentro del armario. Abrazó fuerte
su colección de primavera-verano que no le había
dado tiempo a estrenar: Armani, Pedro del Hierro...
TOC TOC
-Soy la
Luna y estoy en tu dormitorio. ¡Sal del armario! -ordenó.
-¿Salir del armario? ¡Eso es algo que nunca admitiré!
-chilló Alfred.
-Soy la Luna y ya estoy dentro. ¡Ya te comí!
Cuentan
la viejas que en las noches de Luna llena se puede ver la sombra
de un hombre gordito que, preso de la avaricia, acabó
siendo tragado por la luna.
Y en las
noches de Luna menguada, el viento extiende una risilla por
todos los rincones de la tierra con un estremecedor: ¡VEEENGA!