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Carmen Javaloyes

LA NOCHE EN QUE LA LUNA SE TRAGÓ A ALFRED
 

Hubo un tiempo en que cielo y tierra permanecían unidos y el día y la noche se confundían. El sol calentaba la tierra mientras la luna hacía crecer los mares. Eran tiempos felices.

Alfred vivía lánguidamente en su chalet adosado. Nunca se preocupó por alimentar a su familia, por convivir con sus vecinos o por pasear a su perro, sencillamente porque no tenía familia, sus vecinos le aborrecían y vendió a su perro hace tiempo.
Todas las mañanas, con la salida del sol, Alfred dirigía su utilitario pistacho hacia el centro de la ciudad, vivir en los suburbios tiene esta desventaja, conducir durante horas para llegar -siempre el primero- al sitio al que odiaba: su puesto de trabajo.
Alfred llegó puntual, como siempre. Bajó del coche y arrastrando los pies se dirigió a La Bodega, un local regentado por una ancha y basta mujer que parecía haberse tragado un balón de playa.
Alfred desayunaba aquí su cocacola tibia, apoyando la cabeza en la barra, antes de comenzar su aburrida jornada.
-¡¿Qué, al trabajo?! -dijo la mujerona.
Alfred ni la miró. Su mala educación se extendía a todo aquel que no tuviera nada que ofrecerle.
-¡Oye, que t’estoy hablando! –gritó la mujer.
-¡URGL! -eructó.
-¡Que ese de ahí dice que te conoce! -insistía.
-¡Virgen santa! ¡Qué pinta! ¡Si parece no haber comido en siglos! -contestó Alfred.
-Toma , tu recompensa –dije YO dejando caer al mostrador un viejo monedero de piel.
-¡Y tú quién eres! ¿Eres amigo de Antón? ¡Dile que todo lo que me debe no cabe en ese monedero tan guarro! -dijo Alfred con desprecio.
-Es tu recompensa, por todo lo que has hecho en mi nombre -susurré en su oído.
-¡En tu nombre! ¡Ay, que gracia, chato! ¿Por quién me tomas, por una hermanita de la caridad? Porque con esa pinta de muerto de hambre...
-Soy el diablo -contesté.
-Y yo también, chato.
-¡Más quisieras, insensato! Esta es tu recompensa -dije señalando el monedero-: el libre albedrío; puedes elegir entre seguir el camino que hace tiempo tomaste y emplear el dinero que encontrarás en el fondo de este monedero para tu provecho, o puedes emplearlo en beneficio de todos los hombres -sonreí- de ti depende.
Alfred cogió el viejo monedero. Apestaba a piel de cabra.
-Si lo empleas en el sentido correcto, tendrás una vida plena y nada te faltará. Si lo empleas en el sentido incorrecto -volví a sonreír- te visitará la dama de la noche y te tragará.
-¡Uy, que me tragará, dice! ¿¡Una dama me tragará?! ¡Pues qué tragaderas tendrá para ser una dama...!
-¡LA LUNA TE TRAGARÁ, IMBÉCIL!
Alfred tenía esta facilidad: era capaz de irritar al mismísimo diablo.
-¡He de irme! ¡En unos minutos amanecerá! -y desaparecí.
-¡Virgen santa, qué fantasma! -dijo Alfred tragando de golpe la cocacola que aún le quedaba en el vaso.
Apretando el monedero contra sus pechos, Alfred salió de la bodega hipnotizado en sus pensamientos.
-¡Eh, tú, el baboso! -gritó la bodeguera- págame la cocacola, sinvergüenza.

Alfred llegó tarde al trabajo por primera vez en su vida. Pero no parecía importarle.
Sonreía con esa sonrisa maléfica de los gorditos malvados. “No hay nada más espeluznante que un gordito malvado”, solía presumir.
Sus deditos apretaban con fuerza el monedero.
Se paró en seco ante la máquina de las chucherías. Abrió lentamente la cremallera y sacó una moneda. Era justo la que necesitaba.
Cuatro, cinco, seis paquetes de gominolas de ositos. Galletitas, pastelitos... ¡Qué delicia! ¡Gratis!
“Seré bueno” -pensó- y repartió unos cuantos a sus compañeros, que los tiraron rápidamente a la papelera sospechando de que se trataba de un “envenenamiento masivo”, “armas de destrucción masiva” afirmó Jhonny.
El día lo pasó silbando, alegremente, las melodías del hilo musical.
-¡Qué tapen al canario! -se quejó una compañera, pero Alfred no se daba por aludido.
-¡Pastelitos gratis! -y seguía silbando.Alfred tardó poco tiempo en darse cuento de lo que tenía entre los dedos. Vendió su viejo utilitario pistacho, amigo entrañable, compañero de tantos embotellamientos, tantos choques en cadena... y se compró un Audi Quatro, que estrelló al poco tiempo contra el olmo, -el único en toda la provincia- del vecino de su nuevo chalet en la urbanización más selecta.

Entonces se compró dos mercedes 600, uno color negro para pasear el fin de semana por las calles de la urbanización, y otro color plata para ir al trabajo -porque por supuesto que no abandonaría nunca su puesto de trabajo, su madre ya le enseñó de pequeño que el trabajo es lo único que distingue al hombre de los animales, “y tú hijo mío, no querrás ser como un animal, ¿verdad?” -y le daba una colleja, y la escoba...-.
Ahora Alfred vestía trajes de Armani para ir al trabajo. Los fines de semana se paseaba por la urbanización en su mercedes negro vestido con un chándal magenta de Ágata Ruiz de la Prada.
Aun así Alfred se sentía solo. A veces regalaba objetos de valor a desconocidos, pensado quizá en la amenaza de la Dama de la Noche, como aquella vez que se compró una lámpara Tyffani y se la regaló a una pareja de turistas yanquis que encontró en la puerta de la tienda:
-¡Un suvenirg de la España, chatos! -les dijo.

Alfred era feliz, pero estaba solo. Nadie podía soportar la soberbia mezclada con la mala educación de que presumía.
Alfred era feliz, porque ni la gente soportaba a Alfred, ni Alfred soportaba a la gente.
Según pasaba el tiempo sus escasos gestos de generosidad fueron desapareciendo. La cosa comenzó a ir mal de verdad una noche.
Alfred estaba hambriento y había llamado a Pizzas a Domicilio.
Un jovencito en una vieja vespa oxidada llamó a su puerta para entregarle la Doble de Queso con Anchoas y dos litros de cocacola.

DIIIIING DOOOOONG

-¿Quién llama a la pueerta?
-Pizzas a Domicilio.
Alfred corrió a abrir como un niño pequeño. Iba vestido con un pijama de seda color pistacho.
-Su pizza señor. Son veinte con cincuenta y cinco, más la propina, por favor -dijo de carrerilla el chico.
-¡Propina! ¡Has tardado más de media hora, keko! ¡He dicho exactamente quince minutos, y os he dado las indicaciones para llegar, joder, que no es tan difícil llegar hasta aquí! ¡Y encima me la traes fría, joder! Toma tus veinte -chilló Alfred con su voz afeminada.
Y cerró de golpe la puerta.
El repartidor se quedó un rato en la puerta del chalet con la expresión de que esta no era una experiencia nueva para él.

DIIIIING DOOOOONG. Volvió a llamar.

-¿Quién llama a la pueerta?
-Pizzas a Domicilio, señor. Se ha confundido y no me ha pagado el envío.
-¡Qué quieres! -chillaba Alfred con la boca llena.
-Que no me ha pagado el envío, señor. Faltan cincuenta y cinco céntimos y la propina por venir fuera de la ciudad, señor.
Pero nadie contestaba.
Alfred seguía recostado en su sillón de piel, con la pizza sobre sus regordetes muslos viendo una peli porno en su supertelevisión de pantalla extraplana de plasma líquido.
-¡UUURGL! -respondió a las voces que se oían del exterior. Con estos superaltavoces te parece estar dentro de la acción de la película.

DIIIIING DOOOOONG.

No contestó. Medianoche.
El viento mece las ramas de los árboles en los jardines de la urbanización.
Alfred duerme recostado en su sillón de piel. La peli porno hace mucho que acabó, pero ¡se está tan cómodo en un sillón de piel! ¡Y la cama está tan fría! ¡Y tan vacía!

TOC TOC

Alguien golpea la puerta.

TOC TOC

Llaman.
-Sí, alguien llama a la puerta ¡Y es medianoche! ¡Joder, cómo es la gente! ¡Medianoche! ¡Seguro que es el capullo ese del repartidor, por cincuenta y cinco céntimos de mierda! ¡Vete a tu casa, joder!

TOC TOC

-Que no te abro, capullo. ¡Que voy a llamar a la policía!

TOC TOC

-¡Que voy a llamar a la policía! -repetía Alfred apuntando a la puerta con el teléfono móvil.
-¡Soy la Luna! ¡Ábreme la puerta!
-¡Mira tío, si no te largas llamo a la policía! ¡Mira que la llamo, Eh, que la llamo! -Alfred se puso en pie de un salto. La caja con los restos de la pizza cayó al suelo desparramándose por la alfombra iraní.
-¡Soy la Luna y vengo a por mi recompensa! -se oyó desde el otro lado de la puerta.
Alfred salió corriendo hacia su dormitorio y cerró la puerta de golpe.
-¡Esta broma está llegando demasiado lejos! ¡Total, por unos céntimos nadie se va a hacer rico! -chillaba.

TOC TOC

-Soy la Luna y ya estoy en el salón. ¡Reclamo lo que es mío!
Por la mente de Alfred pasaban un millón de imágenes: la tabernera, aquel esquelético mendigo, la preciosa lámpara tyffani, que si llega a saber esto, se la queda... el estúpido del repartidor...

TOC TOC

-Soy la Luna, ya estoy en el corredor, y te voy a tragar.
Alfred se ocultó dentro del armario. Abrazó fuerte su colección de primavera-verano que no le había dado tiempo a estrenar: Armani, Pedro del Hierro...

TOC TOC

-Soy la Luna y estoy en tu dormitorio. ¡Sal del armario! -ordenó.
-¿Salir del armario? ¡Eso es algo que nunca admitiré! -chilló Alfred.
-Soy la Luna y ya estoy dentro. ¡Ya te comí!

Cuentan la viejas que en las noches de Luna llena se puede ver la sombra de un hombre gordito que, preso de la avaricia, acabó siendo tragado por la luna.

Y en las noches de Luna menguada, el viento extiende una risilla por todos los rincones de la tierra con un estremecedor: ¡VEEENGA!

©Realidad literaL
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