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EL RAYO DE LUNA
Enmarcada por breve diálogo y bravísimo epílogo y conducida por el hilo protagónico de Manrique, la narración lineal está estructurada en cuatro momentos básicos: etopeya, alucinación, búsqueda y desengaño. Prólogo y epílogo, unidos por la aparición del yo narrativo en primera persona, son un testimonio del reconocimiento intelectual de la primacía de la realidad sobre la ensoñación, primacía a la que Bécquer, desde el punto de vista del creador artístico, reconoce escasa virtualidad práctica en sus avatares biográficos, porque su cualidad irrenunciable de soñador se resiste a ver y admitir el perfil siempre hiriente de la realidad.
Rápidamente lleva a cabo Bécquer la caracterización (etopeya) del protagonista y la fijación del relato en un determinado tiempo histórico (final del medioevo). En Manrique se conjuga el ideal renacentista de las armas y las letras, aunque con acusada descompensación hacia las últimas. No solo siente Manrique inclinación hacia los viejos pergaminos donde aletean versos de trovador, sino también hacia el ejercicio solitario de la poesía y la ensoñación. Aquí se anticipa Bécquer a la afirmación rilqueana de que toda obra de arte es de infinita soledad. Subraya intensamente el requisito de soledad como indispensable para que se produzcan figuraciones, nazca la poesía, brote el verso, se escuche el latido de una flor o el aroma del sueño. Manrique, loco soñador de quimeras e imposibles, acierta a ver lo que solo puede vislumbrar un poeta: los mundos invisibles que se esconden bajo la apariencia.
¡Cuánto de autobiográfico hay en ese Manrique soñador, buscador de soledades, perseguidor de formas invisibles y de idealizadas siluetas de mujer! ¡Cuántas resonancias becquerianas laten en esos paseos manriqueños por las ruinas solitarias, llena el alma de efluvios y notas, melancolías y nostalgia! Es evidente la identificación entre Manrique y Bécquer, suspiradores ambos por lo inefable. En el primero el poeta proyecta sus ansias de ideal, su fibra de artista amante de la soledad y ensoñación, su aspiración y búsqueda de la belleza soñada, concretada en forma de mujer o esencia de poema.
El hecho de recalcar como rasgo de la etopeya del protagonista su carácter de soñador de formas imaginarias tiene como fin el preparar la verosimilitud novelesca de las figuraciones. Para que surjan visiones y reinterpretaciones es preciso que exista, además del concurso de la luna como desatadora de lo mágico, una disposición en el poeta hacia el arrebato místico-lírico, una situación de trance emocional-estético. Los elementos de la realidad de los que surge la figuración imaginaria poseen un componente estético y sensorial de no despreciable calidad: rayo de luna entre las hojas de los árboles, rielación de la luz lunar sobre la estela del agua, gótico ventanal iluminado. La luz como inductora de la confusión entre la realidad y sueño. Pero sobre el componente estético de la realidad, la imaginación del artista, reinterpreta esos elementos de acuerdo con los deseos más íntimos y los sueños más largamente acariciados. La reinterpretación de la realidad se hace coincidir con el sueño, cristalizando en un pronombre que resume la esencia del ideal y el aroma de lo soñado: ella, mujer, forma, poesía, ecuación de perfume y misterio.
Tras la confusión, la afanosa búsqueda -por las regiones de la realidad- de lo que solo tuvo existencia en una imaginación alucinada. Manrique recorre las estrechas, oscuras y tortuosas calles sorianas y espera la llegada del alba para sufrir el primer desengaño. Prosigue la infatigable peregrinación en pos del ideal, mientras comienza a resquebrajarse el muro de su esperanza. En sus búsquedas posee inicialmente la certeza de la obstinación fanática. Pero con el paso del tiempo esa certeza se desmorona cuando la realidad resquebraja sus figuraciones.
Tras diversas etapas, la búsqueda acaba con el descubrimiento de la desnuda realidad formal que fue revestida con las galas de la imaginación fantástica. Era una realidad recreada por un espíritu ansioso de belleza, una realidad de naturaleza estética, situada en las regiones donde es posible percibir un reflejo como una totalidad, un brillo fugaz como una forma fugitiva. Pero el rayo de la luna se desnuda al fin de vanas figuraciones y queda convertido solo en sílaba rota de una noche vacía e inservible.
Tras el espejismo, el desengaño, la reflexión y el reconocimiento de la primacía de la realidad sobre el ensueño. La conclusión del relato no puede ser más desoladora: todo, hasta la luz y el aire, es solo espejismo. El amor, la gloria, la felicidad son solo producto de la imaginación febril y desbocada. Siempre quedará al final la soledad descarnada y desnuda y el hueco de la luna despoblado de sintagmas.
Manrique es sensibilidad, capacidad de ensoñación, derroche de emoción y confesada impotencia. Vive solo en el plano del ideal.
Las coordenadas espacio y tiempo están perfectamente definidas en esta leyenda: reloj de Postigo, murallas medievales, ribera del Duero, ermita de San Saturio, ámbito de la ciudad castellana. Recrea el escenario donde va a producirse la visión alucinada de Manrique, con inclusión de elementos precisos de arquitectura y naturaleza: ruinas a punto de desplomarse, virginidad y exuberancia de las vegetaciones. La acción narrativa se localiza al final del medioevo. Chimenea gótica del castillo manriqueño, ventana gótica del caserón de piedra, caballeros templarios que han abandonado sus fortalezas, de las que ya solo quedan ruinas. Aprovecha la ocasión par mostrarnos las costumbres medievales en el interior del castillo: pajes, soldados, halcones, lanzas... Además del marco temporal genérico, un tiempo muy característico del poeta: noche llena de sugerencias y, en su mitad, luna generadora de figuraciones y soporte de lo mágico:
La noche estaba serena y hermosa; la luna brillaba en toda su plenitud en lo más alto del cielo; y el viento suspiraba con un rumor dulcísimo entre las hojas de los árboles.
BIBLIOGRAFÍA
-Jorge Manrique, Obra completa, Madrid, Ed. Cátedra.
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