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Las calles a sus pies. Esos enredados laberintos de asfalto engullidos por el apetito insaciable de un motor diseñado para dominar las distancias; las curvas se convierten en divertidas anécdotas, y los coches en atónitos espectadores de su innata capacidad.
Era un buen conductor, y le gustaba demostrarlo. Había malgastado casi todas sus habilidades, así que trataba de resaltar las pocas que le quedaban.
- ¿No te parece que vas un poco rápido?
Sandra le miraba compungida, sus brillantes ojos verdes le estaban pidiendo que fuera prudente, le decían que no había ninguna prisa, que ahorrar unos minutos no suponía ninguna ventaja. Ella no lo entendía. No podía entenderlo. No comprendía que, para él, ese coche no era un medio de transporte ni conducir una forma de desplazarse, como un viaje en metro o autobús. Era un fin en sí mismo, una manera de descargar la tensión que, día a día, le contagiaban la rutina y falta de expectativas del modo de vida que había elegido; era una forma de apaciguar la desidia que, al igual que un río forma el cauce que lo lleva al mar, lo arrastraba hacia un agobiante conformismo del que tantas veces había renegado.
Pero ella siempre se salía con la suya, así que Carlos decidió serenar su conducción. Una recta, esta última recta tras pasar la salida del metro, y a al final de la calle se ocultaría de nuevo entre la gran masa informe de conductores sin vocación. Pisó a fondo el embrague, redujo una marcha y, bruscamente, invadió el carril izquierdo para adelantar a quien se interponía entre él y su gozo efímero. A lo lejos, un coche, diminuto aún, se acercaba en sentido contrario. Su corazón se aceleró y una súbita sensación de peligro merodeó por su cabeza. Instantáneamente, calculó la distancia que los separaba y decidió que la maniobra era posible. Hundió el pie en el acelerador y sintió en sus manos toda la fuerza que le ofrecía el generoso vehículo. A su lado, Sandra cerró los ojos. Su oponente dejaba de ser un punto en el horizonte para mostrar su contorno de un modo cada vez más nítido. Aún les separaban varias decenas de metros cuando, con una maniobra de perfección asombrosa, el adelantamiento concluyó y Carlos devolvió el coche a su carril. El corazón recuperó su ritmo normal y Sandra abrió los ojos, aún conmocionada.
- Tranquila, todo estaba controlado. No te preocupes, no lo volveré a hacer.
Pero, de repente, algo cruzó por el carril contrario y obligó al otro vehículo a invadir el suyo. El corazón se le desbocó ante la inminencia de una colisión inevitable. Sus manos expertas sujetaron fuertemente el volante y, con un giro imposible, consiguieron desviar el coche a la derecha, escapando de una colisión frontal que hubiera resultado fatídica. No logró, sin embargo, acabar de esquivar a su oponente, cuyo faro izquierdo impactó en la parte trasera del coche, haciéndole perder el control y tomar la acera por la que paseaban varios transeúntes. Sólo tuvo tiempo de observar la aterradora mirada del niño antes de que su cabeza impactara en la luna delantera, y sus ojos dejaran por fin de interrogarle, acusadores.
Carlos sacó la llave del bolsillo y la introdujo en la cerradura. La puerta ya estaba abierta; había vuelto a olvidar cerrarla cuando salió. Entró en la casa; un olor agrio se había apoderado de la entrada desde hacía ya algún tiempo. Él apenas percibió el hedor pero, aunque lo hubiera percibido, no le habría dado ya ninguna importancia. Varias cajas se encontraban desperdigadas por el suelo del recibidor, y las cartas se apilaban desordenadas sobre una encimera de cristal que ahora era translúcida, casi opaca. Sólo tres de las cuatro bombillas de la lámpara alumbraban la estancia, que parecía invitar a quien la visitaba a volver sobre sus pasos y olvidar todo lo captado. No le importaba. Hacía tiempo que no recibía visitas; desde que dejó de coger el teléfono las llamadas eran escasas, y no había quedado con nadie en las últimas semanas, o meses, o años, o... (el concepto de tiempo ya no tenía ningún sentido concreto para él).
Se dirigió a la cocina, donde varios utensilios asomaban sus metálicas y pringosas superficies por encima del fregadero, como queriendo escapar de las fauces de un horrible monstruo que, muy lentamente, los iba devorando. Eligió un vaso a través del cual aún se intuían las formas de algunos objetos situados detrás de él y, tras verter un líquido de color indescifrable, contenido en una botella encontrada casi por azar, se quedó observando una fotografía de Sandra que aún permanecía adherida a la puerta de la nevera.
Sandra se marchó cuatro meses después del accidente. Ella nunca le reprochó nada de lo ocurrido; en realidad, siempre había tratado de ayudarle a superarlo. Pero él no se había dejado. Después de salir del hospital, se encerró en sí mismo, negándose a solucionar el problema que simulaba no tener. Pero el problema seguía allí. No podía conciliar el sueño por las noches, y cuando por fin lo lograba, acababa despertándose sobresaltado poco después, aterrado ante la visión del rostro acusador de aquel niño que murió el día en que él subastó su carné de ser humano. Su continua apatía, la falta de ilusión, una tristeza permanente y, sobre todo, la invisible presencia de la víctima entre él y Sandra, precipitaron una situación irreversible. No fue culpa de nadie, pero el aire que ambos respiraban se volvió tóxico. Cada uno de ellos se convirtió en parásito del otro, hasta que llegó la huida de ella. O quizás no fuera una huida, tal vez la hubiese empujado hacia fuera para salvarla, consciente de que él acabaría destruyendo todo lo que se pusiera a su alcance. Al menos ella se había librado. Era su única victoria. Aún la quería, pero sabía que nunca podría volver junto a ella. También perdió a todos sus amigos, aunque esto no pareció importarle. Puede que, en realidad, nunca hubiera tenido amigos.
Arrancó la fotografía de la puerta y la rompió en cuatro pedazos desiguales, al igual que desiguales habían sido los cuatro años que pasó junto a Sandra. Avanzó hacia el cuarto de baño arrastrando los pies, como retenido por unas cadenas invisibles que estuvieran haciendo efectiva su merecida condena. Se situó frente al espejo y observó la imagen que en él se reflejaba. La miró horrorizado, del mismo modo que cada día de esta autoimpuesta penitencia. No se reconocía al otro lado, no sólo por la descuidada barba y el pelo lacio que ahora le caracterizaban, sino porque lo que él percibía era un cuadro de su alma putrefacta, un monstruo informe que él se obligaba contemplar hasta que las arcadas le hacían vomitar buena parte de la maldad que creía tener acumulada. Se odiaba, se despreciaba con una intensidad imposible de medir. El asco que le producía su propia persona le impedía permanecer más de cinco o seis minutos observándose antes de que las náuseas le hicieran expulsar lo que llevaba dentro. Había destruido todo su mundo, no había sido capaz de conservar ni siquiera un pequeño fragmento de lo que un día poseyó. Había pensado en el suicidio, pero su odio no le permitía poner fin a su sufrimiento. Tenía que pagar su deuda.
Salió del baño caminando con dificultad hasta su cuarto. Se tumbó sobre la cama y cerró los ojos. Estaba cansado, muy cansado, pero sabía que no podría conciliar el sueño. El día siguiente sería igual que anterior, igual que el próximo. Así hasta que su odio acabara diluyéndose, engullido por un olvido que ahora se escondía, indefenso. O hasta que su cuerpo se rindiera. Lo que ocurriera antes. Una pequeña lágrima se deslizó solitaria por su mejilla, hasta caer silenciosamente sobre las sábanas y desaparecer, sin que su breve existencia fuera a ser alguna vez reivindicada.
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