Una vez conseguidos estos previos y escasos
requisitos, los anexé a mi ya famoso ridículum vitae y los envié con la esperanza
de que al fin me llamaran para alguna entrevista de trabajo. En el sector
público, según la constitución, cualquiera podría llegar a ser Presidente
de la República u ocupar cargo público y aunque eso estaba ya más que demostrado,
(sobre todo en lo que cualquiera llegaba a presidente), quería al menos intentar
llegar a obtener una entrevista.
Luego de haber enviado un sobre con los documentos
y cuarenta sobres con los papeles que eran pre-requisito para lo del cargo
en la entidad del sector público, comenzó mi angustiosa espera frente al
teléfono. La mañana siguiente, me desperté sobresaltado con un repique insistente
del aparato, al fin, la esperada llamada, la cita para la entrevista, mi
primer empleo, el mundo a mis pies, en una milésima de segundo descolgué
el teléfono y antes de decir aló, descubrí que el maldito reloj despertador
imitaba a la perfección el sonido del teléfono. Aunque fue una falsa alarma,
demostraba mi actitud ante la inminente llamada del destino, así que rápido,
sin pérdida de tiempo pasé a la ducha, y luego, a ponerme la mejor ropa
para la posible entrevista. Vestido, afeitado y oliendo a perfume, ensayaba
frente al espejo las mejores posturas para acompañar las ingeniosas respuestas
a las preguntas de mi posible entrevistador; la imagen mostraba una manera
de expresarse, una forma de gesticular, que ni un político en plena campaña
lograría mejorar.
Luego de casi una mañana de ensayo ante el
espejo, de la que ya me empezaba a aburrir, sonó por primera vez el teléfono
y allí estaba mi ágil brazo y mi melodiosa voz contestando... ¿aló? ¿A quién
necesita?.... Claro... un momento... mamá es para ti... Mi madre al teléfono
con su mejor amiga; no había previsto esa posibilidad, era un hecho cumplido
que se tardarían más de lo normal en colgar el teléfono, lo que no daría
espacio a que entrara mi tan esperada llamada; así que debía elaborar rápidamente
un plan de reacción para retomar el control sobre el aparato.
Mi hábil cerebro (sí, ese que aún no conseguía
empleo en ninguna empresa) buscaba la estrategia, que combinada con una
excelente táctica, devolvería el auricular a su estado original, una vez
planeada la estratagema, la ejecución fue inmediata... mamá, muévete, vas
a llegar tarde a la cita con papá y a él no le gusta esperar... Lo dicho,
reacción inmediata, pronta despedida y por fin el teléfono disponible, solo
pasaron varios segundos y de nuevo, el repique de la máquina, música celestial
para mis oídos, ¿aló?... ¿a quién necesitas?... lo siento... estás marcando
número equivocado. Que irrespeto, marcar equivocado cuando necesito la línea
libre. Ahí suena de nuevo, ¿aló?... hola, buenos días... si, como no...
un momento... "manita" (así le digo a mi hermanita) al teléfono,
cuelga rápido que estoy esperando llamada o le digo a tu novio que ayer
te fuiste a la discoteca con otro amigo... por supuesto la llamada duró
poco.
Pasó la mañana, la tarde, y varios días más
en los que la historia narrada en los párrafos anteriores se repitió hasta
agotarse y agotarme, aunque a veces con unas variaciones que me llenaban
de negra envidia, pues también me llamaban ex-compañeros de la universidad
a comentarme que los habían citado a entrevista.
Hasta que un día, por fin, mi espera se vio
compensada; ahora ya surtían efecto las diecisiete velas encendidas, las
trece novenas que le recé a San Antonio, las miles de promesas al Divino
Niño Jesús, por fin la llamada que de tanto esperar me hacía desesperar.
La cita sería dentro de los dos días siguientes. La velocidad tan aplastante
con que pasaron los días después de recibir la llamada que me citaba, por
fin, a una entrevista para un cargo en una empresa del sector público, no
me dejó espacio para contarle de ella a todas las personas que yo quería
enterar; solo puede contarle a mis dos padres, dos hermanos, quince primos,
doce tíos, cuatro abuelos, cuarenta y tres vecinos, veinticinco amigos y
treinta y tres ex-compañeros de Universidad.
Así, que por fin me llamaban para una entrevista
de trabajo, al fin una empresa se había dado cuenta de que contratarme traería
consigo a un invaluable trabajador, un tomador nato de decisiones, un visionario,
un gurú de las finanzas, un desempleado menos. Tenía muy clara en mi memoria
la fecha y la hora para esta cita, no podía fallar nada, ya tenía planes
para la compra del automóvil último modelo, solo en el remoto caso de que
la empresa no me proporcionara alguno; por supuesto, también tenía claro
que muebles servirían para redecorar mi amplia y confortable oficina; y
por último pero no menos importante tenía claro el largo de la minifalda
que debía lucir mi secretaria privada.
Me arreglé impecablemente, hasta lustré mis
zapatillas negras y salí de mi casa confiando en que el mundo se rendiría
a los pies de este conquistador; llegué temprano a la cita: quince minutos
antes, para sondear el territorio, para darle una primera y última mirada
a esta empresa con ojos de visitante, pues yo sería de ese momento en adelante,
el ejecutivo más prominente y respetado.
Había varias personas en el gran salón, que
al parecer tenían dispuesto para la reunión, todos con ese fuego en los
ojos que me parecía familiar; parecía que no se conocieran entre sí, unos
miraban las carteleras, otros el ascensor, otros miraban la hora y algunos
usaban su teléfono portátil celular, claro
a mí también me asignarían
un práctico utensilio de esos, pensé.
Solo una joven mujer, de aspecto normal, estaba
tras un escritorio y al verme entrar me pidió que me acercara; ya lo suponía
yo, una admiradora y aún sin empezar a trabajar... suponía mal, era la secretaria
auxiliar de personal que requería mis datos, que firmara una constancia
de llegada y que esperara a la persona encargada de las pruebas, le pregunté
entonces si alguno de los que estaban presentes era el hombre clave y me
dijo sonriendo que no, que todos ellos eran aspirantes. ¿Aspirantes?, que
cargo tan extraño, ¿qué labores desempeñarían? Aunque debe ser muy bien
remunerado, ya que todos parecían estar muy felices, con los zapatos bien
lustrados y estrenando ropa; una nueva mirada al salón, me demostró que
eran más y más los aspirantes que estaban como a la espera, ¿porqué no hacen
nada productivo? me preguntaba, así que para irme socializando interrogué
a una despampanante, voluptuosa y curvilínea rubia acerca de lo que ella
estaba haciendo concretamente en esa empresa. Me respondió de inmediato,
y su respuesta me hizo abrir los ojos aún más de lo que los había abierto
cuando noté bajo su escote las redondeces con que la había dotado la madre
naturaleza (o quizás la madrina cirugía).
Me quedé de una sola pieza cuando ella me
dijo que "hago lo mismo que tú y toda esta cantidad de profesionales
recién graduados, vengo a lo de la entrevista, también soy aspirante al
único cargo vacante de esta empresa". Ella con su respuesta había batido
el récord de número de minutos en dejarme con la boca abierta, el depuesto
récord de diez minutos lo tenía mi odontólogo.
Una conclusión rápida me llegó a la confundida
y ahora desilusionada mente: El número de aspirantes al cargo es directamente
proporcional a la necesidad de conseguirlo. Entonces allí estaba yo, perdido
entre medio centenar de aspirantes al único cargo vacante para la empresa
del sector público, sintiendo como mi ego profesional se escurría por debajo
de la alfombra que cubría el piso del amplio salón que habían dispuesto
para la cita. Un señor de edad avanzada, que por su apariencia nos superaba
a todos en edad, con una relación de tres a uno, nos habló con voz fuerte
y concreta, nos ordenó (literalmente) que por favor hiciéramos el silencio
necesario para escucharlo (gritó "cállense") y ocupáramos las
sillas dispuestas y distantes unas de otras (gritó "siéntense").
Continuó él, informándonos con su peculiar forma de hablar, que la selección
del aspirante al cargo, se haría por partes y que ésta primera cita constituía
de un sencillo cuestionario de selección múltiple que él llamó "prueba
de selección" y que repartió entre los ansiosos y desorientados aspirantes.
El llamado sencillo cuestionario, resultó
ser en realidad una prueba de conocimientos muy parecida a la que usaban
en la Nasa para elegir a sus astronautas, porque tenía unas preguntas muy
complicadas, así que cualquiera las hubiera dejado en blanco, cualquiera
que no tuviera mi gran habilidad para seleccionar una respuesta entre varias
sin tener que lanzar una moneda. La habilidad la había usando bastantes
veces durante mis exámenes de la Universidad y consistía en ir cantando
"tin marín de do pin güe, cucuru, macara, ti ti ri fue" y marcar
como cierta la respuesta que coincidía con la terminación de la letra de
la profunda canción.
Sin embargo, aunque yo iba contestando con
mucha determinación las preguntas sencillas y usando el método arriba descrito
para las preguntas difíciles, (lo que me permitía avanzar con rapidez),
el número de éstas se extendió más allá de mi paciencia, mi tiempo y mi
ansiedad; así que cuando dieron la orden de recoger, tuve que rellenar las
quince que me restaban con la habilidad que me permitía el lápiz en mi cansada
mano, y usando el difícil método científico del azar. Recogieron todas las
hojas de respuestas y quedaron en el salón muchas caras cansadas, y con
sensación de derrota, es que con tantos aspirantes y con esa manera de seleccionar,
quedaban pocas esperanzas de ser llamado a la siguiente prueba, y pocos
ánimos para enfrentarse a la realidad de que no estábamos solos en este
asunto de buscar nuestros primeros trabajos... trabajos, eso era lo que
íbamos a pasar para conseguir uno bueno.
Haber acudido junto a medio centenar de aspirantes
a la prueba de selección, cuyo extenso cuestionario yo respondí a conciencia,
me fue dando herramientas (ya era hora) para enterarme que no estaba solo
en esta búsqueda y que la competencia iba a estar muy reñida. Sin embargo
el destino premia a quien persevera y por supuesto a mí, que siempre he
persistido en los errores, no me iba a dejar sin regalo; así que el obsequio
no se hizo esperar y me citaron para una segunda prueba.
Se había reducido considerablemente la cantidad
de aspirantes, solo quedábamos unas quince personas a las que al parecer
nos iban a efectuar unos nuevos exámenes, para seguir como en los reinados
de belleza, hasta que solamente quedara una terna y escoger allí, reina,
virreina y primera princesa; con la diferencia de que en este concurso solo
habría reina, pues después del primero los demás serían perdedores.
Hablando de reinas, allí estaba de nuevo la
despampanante rubia, la que me había hecho ver a la altura de las suelas
de los zapatos con su acertada respuesta; se le veía serena, tranquila,
en contraste con mi persona, pues me sentía nervioso, ansioso y con ganas
de salir de una vez por todas del famoso examen usando mi ya demostrado
método científico del azar. Pero el destino te cobra lo que te regala haciéndote
malas jugadas, resulta que ahora el examen consistía en dos partes, una
era algo así como un test de personalidad, cuyo nombre era como de asteroide
intergaláctico (16PF) y el otro un cuestionario de motivación para el trabajo,
cuyas siglas formaban un nombre de agencia de noticias (CMT). Obviamente,
el método probado con anterioridad no iba a dar resultados en este nuevo
escenario y me tocó sincerarme y hacerme el diagnóstico clínico psicológico
psiquiátrico, que me hizo sentir como analizado por el mismísimo Sigmund
Freud y varios de sus secuaces.
Me preguntaban acerca de gustos, preferencias,
formas de hacer, decisiones ante casos específicos, y lo extraño era que
intercalaban las mismas preguntas pero hechas de una manera diferente, como
buscando que te reafirmaras en tu respuesta anterior, o que te contradijeras,
o te confundieras, o ninguna de las anteriores, o todas las anteriores,
o no sabe no responde.
Terminé mi autodiagnóstico sin tener idea
de cuales deberían ser las respuestas correctas, pues todas parecían serlo,
claro que había unas que reflejaban la manera como yo las resolvería y otras
que reflejaban la manera como alguien experto las resolvería, así que siempre
me decidí por las mías; confiado en que si no pasaba estas duras pruebas,
de una vez por todas me enviarían al hospital mental o clínica de reposo,
que me merecía.
Pasada esta dura prueba, quedamos tres de
los candidatos y nos hicieron pasar juntos a entrevista con el Jefe de Personal,
yo me senté en el borde de la silla que me asignaron, otra joven se sentó
en una silla a mi lado y la despampanante rubia se sentó a todo el frente
del entrevistador, justo a la distancia de un mal pensamiento; pasando coquetamente
su mano sobre su minifalda y cruzando las piernas... yo solo atiné a cruzar
los dedos. El puesto lo obtuve yo, no supe como
luego les contaré
como me va en el trabajo.
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