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San Felipe, Primavera de 2002“Si los amantes del vino y del amor se van al infierno, cuán vacío debe estar el Paraíso (Omar Khayyam) POESIA DE VIVENCIAS EN BUSCA DE UN DESTINOHace ya casi ocho años, tuve el agrado de prologar “Veinte años de poesía”. Libro en que Pablo Cassi reunió tres poemarios suyos escritos entre 1984 y 1989. Tras leer ahora este nuevo volumen suyo, percibo que podría válidamente presentarlo reiterando muchas de las afirmaciones que entonces formulé. ¿Significa ello que el poeta no ha evolucionando, no se ha renovado? En modo alguno. Mis dos asertos fundamentales, los de que ya en aquellos tiempos era un poeta joven-maduro y sanfelipeño-universal, siguen vigentes, y explican que esta cosecha de hoy conserve en mucho la impronta del mismo sembrador: su amplitud temática –con obvias preferencias dentro de ella-, su modo de organizar sus textos, la soltura de su lenguaje poético, entre otras manifestaciones muy marcadas de su identidad lírica. Pero, a la vez, se han enriquecido y complejizado sus experiencias –es cada vez menos joven y más maduro- y ha ido ensayando una mayor diversidad de modalidades expresivas, en una clara línea de libertad y flexibilidad creativas dignas de encomio. La voz que puebla estas páginas con sus confesiones es la de alguien que se identifica como “poeta” y “bohemio” y que a todas luces sufre de “soledad”, vocablo el más recurrente en su decir. La soledad es un conflicto que se lleva dentro, pero que al mismo tiempo está condicionado por el contexto en que se vive y por la carencia de plenitud en la relación con los “tú” con quienes necesitamos compartir. En la primera veintena de estos poemas que hoy se nos ofrecen, el poeta bohemio busca saciar su soledad recorriendo nuevos ambientes –el fascinante mundo europeo, con París, San Sebastián, Hondarribia, Lisboa- e intentando en él efímeras vivencias eróticas. Su saldo evidente, en la inmensa mayoría de los casos, será el de la nostalgia de fugaces momentos ya inevitablemente irrepetibles, si bien “A veces me pregunto qué haríamos el uno sin el otro” y “No imagino mis próximos días sin tu existencia” y, en ese marco, se propone –en contrapartida- el olvido, resignado, empero, a que “el olvido está también lleno de memoria”. En medio de esa tensión de sentimientos encontrados, el viajero retorna a su hábitat natural: “mi calle”, “mi pueblo”, a sus lares regionales –La Ligua, Putaendo, San Felipe, Catemu”, más ocasionalmente a otros puntos de Chile –San Fabián de Alico, Santiago-, y allí lo invaden sensaciones de melancolía –acentuadas por la disconformidad ante tiempos nuevos y afanes bastardos-, conciencia de envejecimiento, percepción de cercanía de la muerte. Esta última es el leitmotiv de la tercera parte, constituida por un manojo de evocaciones de ilustres difuntos, poetas, bohemios. Es como la premonición de los siguientes tramos de la propia bitácora... De ahí la desazón de la sección final, que nos parece quintaesenciada en ese verdadero mensaje global del libro condensado en uno de sus poemas: “Es difícil imaginar algo distinto a la incertidumbre, creer en la existencia de alguna esperanza, desafiar a la majestuosa pena de andar con el cuerpo a duras penas”, pero que es no menos visible a través del tono de antipoesía que con su óptica de sórdidas marginalidades y con su realista lenguaje concreto la traspasa, como proclamación de desesperanza, hasta rematar en el verso de cierre “Después de todo nadie sabe hacia donde vamos”. Es esa sección final es donde Cassi alcanza, nos parece, su mayor grado de libertad y flexibilidad poéticas en medio de su itinerario lírico que siempre las ofreció. Con todo, nunca la amargura es absoluta. Nuestra precariedad, si somos sensibles, nos agobia, ciertamente, mas no nos condena inexorablemente al abismo sin salida: busca una puerta hacia otro abismo que pueda trascenderla y confiarnos su sentido íntimo profundo. Y ese vislumbre está en el preciso lugar donde debía estar: en la parte segunda del poemario, la ambientada en nuestra cotidianidad. Allí hay alguien que, aunque aparentemente extraviado, lleva la dirección correcta:
(“El Idioma de la Mañana”). No importa. Es suficiente mensaje, noticia interior para el poeta bohemio que, en su soledad, buscó lejanos o ineficaces lenitivos. Ahora sabe que ahí, a dos metros de la esquina en su calle, en su pueblo, un hombre lleva –y propone- la dirección correcta. Ernesto Livacic Gazzano
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