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La Princesita “Llorona”
Érase una vez, en un reino muy lejano, vivían dos reyes que tenían una hija de la que estaban muy avergonzados; pues era una princesa que siempre lloraba y que nunca se reía, a la que todo el mundo llamaba “Llorona”.
-Rey: Tenemos que hacer algo. Nuestra hija tiene que ser una buena reina el día de mañana; y para casarse tendrá que cambiar, si no, ningún príncipe de ningún lugar querrá pasar su vida junto a ella.
-Reina: (Compungida) ¡Estoy de acuerdo! Mañana mismo convocaré al resto de la realeza de nuestro pueblo para ver que podemos hacer…
Dos días después, en la Reunión de “Altas Decisiones”.
-Rey: ¡Ya sé! Le podemos comprar un loro parlanchín, para que con sus chistes la haga reír.
-Reina: No… ¿por qué no le compramos una cotorra charlatana? El animal hablará tanto y le contará tantos chistes que seguramente se reirá hasta más no poder.
-Conde Marius: (Titubeando) …¡Ufff… No sé!... A mí no me convencen esas ideas majestades… ¿Y si?... ¡Ya sé! ¿Por qué no le ponemos una de esas nuevas bañeras de burbujas olorosas en su cuarto de aseo? De esas importadas de Francia. Así, cuando se vaya a lavar, lo cual seguramente hace a diario, el juguetón roce del agua contra su fina y tersa piel le provocará una risa casi instantánea.
No se habló más. La asombrosa e ingeniosa idea del conde Marius fue aprobada por mayoría y puesta en marcha de inmediato.
Al día siguiente, en uno de sus habituales recorridos por las centrales galerías de palacio, “Llorona” se encontró con unos constructores reales…
-Albert: ¿Qué tal señora? -saludó uno de aquellos constructores a la que para ellos era impensable que fuese la princesa-. ¿Cómo estáis en esta linda mañana primaveral?
-Llorona: ¡Bien, gracias!
-Albert: Por cierto, señora… ¿dónde están los reales cuartos de baño de palacio?... ¡Es que… tenemos que instalar esta súper bañera olorosa de burbujas en uno de ellos!... ¡y es urgente! -acertó a explicar el albañil a la que creía una sirvienta más del castillo.
-Llorona: ¿Cómo?, ¿qué decís?, ¿dónde? -exclamó sorprendida la princesa.
-Albert: En el baño…
-Llorona: Sí, sí… ¡eso ya me lo habéis dicho!... pero -tartamudeó Llorona- …en mi cuarto de… -y al fin acertó a preguntar-. Pero… ¿Para quién es esa bañera?
-Albert: Para la princesa de este castillo.
-Llorona: (Anonadada)… ¿Para quién?... ¿Para mí?
-Albert: No, no…-asombrado ante el descaro y la desfachatez de aquella dama que intentaba hacerse pasar por princesa-. No… ¡para usted no! Para la tal princesa Llorona esa… que mire… ¡se la han traído para hacerla reír!... aunque si le digo la verdad… ¡no sé yo! Nosotros estamos preparados para todo… -Albert mira a su compañero y ambos hacen un gesto de asentimiento.
-Albert: Mire… esta es… -se acerca a la princesa para mostrarle una fotografía-. Tenemos una instantánea suya…
-Llorona: (Extrañada observa la foto). Pero… ohhh… ¡no me…!, pero… ¿quién demonios es ésta?...
-Albert: Ohhh... -sin entender nada-. ¿Pues quién va a ser?. Es ella…la Princesa. La Llorona esa…
-Llorona: (Reflejando en su boca una mueca similar a lo que se podría denominar “Sonrisa”) Ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja… ¡Pero qué risa, qué pelos! -a mandíbula batiente-. Hoy, hoy, hoy… pero… ¡qué lunar más feo…! ¡Hay que ver…! ja, ja, ja, ja…
Atraídos y preocupados antes aquellas estruendosas carcajadas, los reyes, desde el salón real, se dirigieron al encuentro de aquel “gracioso”, para castigarle. Aunque, se encontraron con una gran sorpresa: Su hija.
-Rey: Pero hija…¿Qué te pasa?
-Llorona: Aiiiiiii, aiiiiii…ja, ja, ja, ja, ja…¡no puedo parar papá!... ¡no puedo dejar de reír!
-Reina: (Preocupada) ¡Hijita!... ¿pero qué es lo que tienes?
-Llorona: (Tranquilizándose) Pues qué va a ser… dile que te la enseñen… -Llorona mira a los constructores-. Pero… ¡qué pelo, qué cara, si es que parece una marioneta de feria…!
-Albert y Filip: Ehhhh…, -sin entender nada, pero disculpándose ante su majestad-. Nosotros no hemos hecho…
-Reina: (Mirando nuevamente a su hija) ¿Enseñarme el qué?
-Llorona: (Convencida) La foto que tiene en la mano el constructor…
-Reina y Rey: (Extrañados)… ¡Hija,… pero si eres tú!
-Albert y Filip: (Alucinando)
-Llorona: Sí, ya lo sé… pero, por eso… no me digáis que no os da coraje mi estilo… pero, ¡qué pintas! Pero si parezco un monicreque... ¡por eso me río! (tranquilizando a sus padres).
-Rey: (Alegrándose) Pues…¡esto quiere decir que estás curada hija mía, Josefina!...
-Reina: Pues, sí… A partir de ahora en el reino dejarán de llamarte Llorona para conocerte como la Princesa Risueña.
-Rey: A mí lo de los motes me da igual… ¡No me importa lo que piensen los demás!...-poniendo un punto y seguido a aquella conversación- Y vosotros, ¡lacayos!,… ¡id e instalad esa súper bañera de burbujas olorosas para mi hija Josefina!... Y si al final ella no la utiliza, la usaré yo para tratar el tema de mi reuma… ja, ja, ja- rieron cómplices el rey, su mujer y su hija.
Pasados varios meses…
La Princesa pasó a ser conocida entre los suyos como “Risueña” en vez de “Llorona” -apelativo que con los años se olvidaría por completo-, y se casó con el conde Eduard del vecino condado de Aubert.
-Sacerdote: Yo os declaro marido y mujer. Podéis besaros. -concluyó solemnemente Don Renato.
Al término de la ceremonia religiosa, todo el pueblo, que se había acercado hasta la capilla del castillo para seguir el evento de cerca, les gritaba… ¡Vivan los novios: ¡La princesa risueña y el conde valiente!
Mientras tanto ellos, se decían por lo bajito:
-Conde Eduard: ¡Ahora sí que seremos completamente felices!
-Princesa Risueña: Sí, mi amor. Lo seremos…jijijijijiji…
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