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Genma M. Pardo

Madre e Hija: 2x1

EN UN INSTANTE DE LUCIDEZ

Etapas duras de una vida repleta de sueños...
... Los hechos se repiten


Hola Paco, hoy te voy a contar mi historia:


Me levanto de la cama por la mañana y ya no estás. Entonces, todo se torna claro ante mis ojos y dejo de soñar. Nada ha dejado de ser como fue ayer.
Miro por la ventana una y otra vez a ver si te veo -quizás estés en el bar de enfrente, ¡como siempre!-. Voy de un lado a otro de esta casa buscando un refugio, intentando pensar que no va a volver a suceder, pero a medida que pasan las horas puedo intuir lo que me espera... ¡Y lo malo, es que sucede!

Llegas y me insultas, gritas, vociferas... Entras, sales, vienes y te vas... ¡vuelves una y otra vez! .. ¡es insoportable! No cejas en tu empeño. Quieres que entre en tu juego y haces lo posible para lograrlo. Una minucia puede ser el detonante de ”algo gordo”; de una pelea en toda regla. Golpes, agarrones, bofetones, portazos, platos por el aire, mesas y sillas rotas, el teléfono desconectado... ¡Y la culpa, como tú ”bien dices”, eternamente mía! Mía porque hice, dije o dejé de hacer algo que supuestamente ya debería estar hecho. Yo, la víctima indefensa, convertida en eterna culpable.

Pero como ya viene siendo habitual en nuestro matrimonio, después de una noche de tormenta... llega la calma. ¡El acoso termina y mi corazón deja de latir con fuerza! Estoy “un poco más relajada”, aunque alerta. Ahora, el miedo deja paso a las lágrimas, a la amargura, al resentimiento, al odio... a la autocompasión. Nunca he sabido a dónde debo ir, a quién debo pedir ayuda, pero quiero una solución. Una cura a esta “larga y tediosa enfermedad” que no llega y que nadie es capaz de ofrecerme.

No obstante, ¿sabes?; hoy me han dicho que “los poderosos” pronto intervendrán en nuestras vidas y que después, la mía, volverá pronto a “la normalidad”. ¿Normalidad? Aunque, como ya ha sucedido en otras ocasiones, temo que todo vuelva a quedarse en un mero espejismo de lo que pudo ser y al final no fue...

Y yo, Paco, la esposa sacrificada, acabo convirtiéndome en tu más fiel aliada porque creo que aún te quiero y puedo hacerte cambiar y porque en realidad he asumido lo que me pasa.

Pobre, pobre ingenua que aún confío en ti y en tus promesas repetidamente incumplidas. Y mañana... sé que volverás con tus insultos, con tus gritos, con tus quejas, las palizas y “el vino”... Y volverás a hacerme sufrir.

Benditas aquellas mujeres que lidian a diario con la muerte.

¿Sabes Paco? En este instante de lucidez, creo que entre tú y yo, ya nada volverá a ser igual.

“Siempre tuya”
Sara

CARTA A MI ALMOHADA

Betanzos, 16 de febrero de 1995

Querida almohada mía:


(Acostada, mirando hacia el techo)

La vida es, por momentos, tan dura. Soy tan joven y he vivido tanto... ¡a veces creo que mucho más de lo que debería! Son tantos los días y tantas las horas a las que te planteas que por qué a ti y desde las que tratas de vislumbrar una solución, que al final la parte anormal de la realidad se acaba transformando en dura rutina.
Pides ayuda y aunque la recibes de inmediato, pronto sientes que pocos serán los que estarán ahí dispuestos a animarte pase lo que pase; incondicionalmente. Y entonces, te quedas de nuevo sola, con tus dudas.

(De lado, sobre el costado izquierdo. En posición fetal)

Tengo pavor a la “oscuridad”, a “no poder volver a ver la luz de nuevo”, a “no poder ver más allá de lo que ya he visto”, “a seguir sufriendo”… a “continuar esperando”.
¿Qué por qué no huyes cuando tienes “las puertas abiertas”? La respuesta la componen la indecisión, la cobardía, la inseguridad, el temor, tus miedos, los reencuentros, la soledad...
Y tras la marea de sentimientos, los eternos porqués: El ¿por qué a mí?; el ¿por qué dejo que arruine mi vida?, el ¿por qué me cuesta tanto “romper”?, el ¿por qué soy una amargada?

(Del otro lado, sobre el costado derecho. Cada vez más encogida)

Sé que mi madre siente mi desesperación, pero creo que por mucho que lo desee “jamás será capaz de soltar amarras y arribar a un nuevo puerto”.
Queremos irnos, quiere irse, ¡pero no puede... y me arrastra! ¡Qué ironía!

(Incorporada sobre la cama. Gesticulando. Con la cara contraída por la rabia)

¡Odio mi vida y la suya! ¡Me doy asco!, ¡ya no me reconozco!…
Amiga mía: ¿Acabará esta cruz alguna vez?

Gracias por ser tan comprensiva
Rebeca

©Realidad literaL
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