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pacoguijarro

ATENAS 3004

Y la llama se apagó.

Habían ensayado la ceremonia de inauguración cientos de veces. El atleta había subido aquellas mágicas escaleras y conocía cada escalón de memoria. Bajaba el pebetero, acercaba la antorcha y prendía la llama. Todo el mundo aplaudía en los ensayos.

Llegó el gran día. Todo estaba saliendo perfecto. Luces, sonido... Todo el estadio se levantó cuando entró la antorcha del último relevo. Todo el mundo pendiente del televisor. El espíritu olímpico, la llama encendida por el sol en el monte Olimpo, tras dar la vuelta al mundo, iba a inaugurar los juegos. Bajó el pebetero y el atleta acercó la antorcha, que prendió al instante y todo fue alegría y algarabía.
Lo habían conseguido.

Y la llama se apagó.

Enmudeció el estadio. Enmudeció el mundo entero. Nadie supo qué decir, qué hacer. No había fallado nada. Todo era perfecto... Pero la llama se apagó.

Relatan las crónicas de la época que ningún atleta quiso participar en aquellos juegos sin el fuego olímpico, que se apagó el espíritu, que se terminó el deporte.

Y hoy 1.000 años después de aquello, y por primera vez desde aquel día, vuelve a surgir la llama olímpica del sol en el monte Olimpo.

“A ver si hoy los dioses nos son favorables” dijo el primer robot-atleta que iba a participar en unos juegos, los primeros juegos de esta nueva era.

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