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Paloma Robles Lacayo

ESPANTO. GOTAS DE AGUA

Estoy aterrada por ese ejército de gotas que no deja de amenazarme con llegar. No hay noticias. No hay esperanzas. Cada una de ellas es un susurro que nutre mi propia tempestad. Con toda su energía no quiero ir demasiado lejos de donde estoy. Todos mis desplazamientos fueron una ilusión. Veo que lo único que se logra con los pasos no es salir sino entrar, en mí, en ti, qué más da...

Las gotas de agua me persiguen, me acosan, me atormentan. Se agolpan en los cortes bruscos de la música que escucho, cuando, en realidad, no necesitan enmascararse con un sonido más: ellas son un conjunto delicioso de notas con las que he formado mi ruina, mi ruptura, mi obsesión.
A veces salen de mis ojos, entonces toman mi voz (de quien también se apoderan), y todas mis expresiones son necesarias para parirlas. No me dicen nada, no pueden decirme más. No podría permitirlo.

Otras veces son las mujeres que mi piel exilia. La atraviesan, la extrañan, se aferran a ella. No desean irse completamente. En toda mi magnitud encontraron la dulzura que a veces las complementa, que las seduce, que las engaña. Ellas no pueden ser distintas de lo que las origina.
He llegado a concluir que son en ocasiones una multitud de brazos que me encapsula, que me enardece, que me encanta. Todos sus movimientos son los caminos ocultos que mi cuerpo olvidó. Las desafío, las arrebato de mí... qué gano, nunca partirán del todo, nunca se quedarán, tampoco.
Llegan a mí como una fuerte inquietud, se van como una fina certeza. Ojalá que nunca se topen con jamás –Nadie debe decirles que tal accidente de la irrealidad existe-.

No confío. No puedo asegurar que toda el agua es cristalina. No puedo aseverar que todas las gotas son únicamente de agua. Las velas... asesinan la oscuridad y es precisamente su ausencia lo que las hace llorar. Qué sentido matar lo que se habrá de extrañar... ¿No son las lágrimas de la vela, por ser portadoras de sufrimiento, tan dignas de la consideración como cualesquiera otras gotas?

Lo que oigo, lo que veo, lo que asimilo, lo que siento... todos estos escenarios son propicios para distinguir la presencia de las gotas de agua. Todo lo que escucho no es más que la diversidad de sus suspiros. ¿Por qué tienen que hablarme de ese modo tan misterioso? ¿Por qué no quiero entender lo que me dicen? Mi avidez ha resultado un instrumento peligroso. Cuando crece demasiado, cuando demasiadas gotas la han alimentado, se posesiona de tal modo de mí que no me permite saciarla.

Las gotas... si me despiertan fascinación, tal vez sólo esté ejerciendo mi libertad. La libertad, como retorno ineludible a la intimidad, habrá de llevarme a mis propios universos. Y habré de agregar que respeto sus identidades. Me entretengo tan bien contemplando sus reacciones por las luces que afortunadamente reciben, que me parece que eternamente están celebrando algo muy intrínseco, algo infinito. Deben sentirse muy perdidas, o muy tranquilas, cuando la luz decide no visitarlas. No importa. Ustedes no pierden su pureza, sólo porque no pueda ser percibida, porque no pueda ser compartida.

No quisiera hablar demasiado. No vaya a ser que alguna gota ande por aquí. No vaya a ser que ahora me encuentre dispuesta a atenderla... En fin, por qué tendría que apreciar una confesión venida de una esfera de claridad...

©Realidad literaL
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