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Genma M. Pardo

En tiempo y lugar desconocidos

I.

Aquel intenso abrazo tras la cena, a la puerta del albergue, hizo que mi tanga se humedeciese. Lo recuerdo perfectamente: ¡Hay Vero, Vero!,- me decía al oído mientras me daba vueltas en el aire- ¡Hay Vero, Vero! -suspiraba- y me abrazaba más y más fuerte. Luego nos unimos al resto en la cancha de baloncesto. Allí estábamos todos, dispuestos a leer los mensajes que secretamente nos habíamos escrito los unos a los otros durante el día, antes de la despedida. Después, jugamos a “furor”. Un divertido y anestesiante juego de canciones que, en aquellos instantes, se presentaba del todo insuficiente para calmar mi ansiedad frente a los acontecimientos. Y es que tan sólo faltaban cinco horas para el regreso a la normalidad. Así que mientras el grupo disfrutó por última vez cantando juntos, fui a por mi discman a la que había sido mi habitación aquellos quince días y salí a dar un último paseo por el pueblo. No iba al encuentro de nada. Sólo quería recordar, poner en orden mis pensamientos, esperar…Estaba segura de que vendría después de aquellos intensos días de “toma y daca”.

Sin lugar a dudas aquella era la noche, mi última, nuestra última noche juntos y él tenía que dar el paso. Así que le espere junto al puente del arquero de mármol blanco, sentada en un banco…

DÍAS ANTES


En la piscina

Le observaba mientras pasaba el tiempo charlando junto a otros campistas. Bañador rojo, collar de marfil blanco al cuello, pecho depilado, gomina en el pelo... ¡Era el rey de las nenas!. Le miraba y lo examinaba de arriba abajo, en silencio, con disimulo. No quería dar pie a ninguna situación comprometida. ¡Creo que nunca se dio cuenta!. Y aquella tarde, durante la jornada de animación lúdico-educativa con numerosos niños y niñas del pueblo, la chispa definitiva saltó dentro de mi corazón. Sus explicaciones, el trato hacia los pequeños, aquellas risas y por qué no, también las regañinas a mis compañeros, hicieron que mis ojos se centrasen para siempre en él. En sus gestos, en su mirada, en sus facciones, en su cuerpo, en su interior. Un “algo” que continuaría después…

Infidelidad

Aquella mañana coincidí con él en el mismo grupo de operaciones. Teníamos que encargarnos de la limpieza de unos matorrales a las afueras del pueblo, en el caudal del río. Maleza que entorpecería en pleno invierno la bajada del salvaje torrente de agua.

El trabajo fue duro, aunque con algún que otro tiempo muerto para el descanso y la animada conversación. Todos hablamos un poco de todo: de nuestras respectivas familias, de nuestras experiencias en la vida y en aquel campamento, de la relación entre nosotros…cuando, no sé todavía a cuento de qué, surgió un tema polémico: La infidelidad en la pareja. Recuerdo con intensidad el enérgico frente que ante la cuestión hicimos Lucia y yo. Nos negábamos totalmente a ceder ante cualquier proposición deshonesta que se pudiese producir durante el transcurso de alguna de nuestras relaciones. Para nosotras la traición y el engaño eran inconcebibles. También recuerdo de forma especial la decepción en su mirada. Ahora pienso que tal vez aquel repentino planteamiento iba dirigido directamente hacia mí. ¡Como alguna enrevesada y extraña manera de tantearme en ese terreno!.

Minutos más tarde, reponiendo cántaros de agua en la fuente del pueblo, sus palabras confirmarían mis dudas. Creía que había “feeling” entre los dos. Una simbiosis “muy especial”.

Aprendiendo repostería

Tres o cuatro días antes del concurso de cocina en el que todos participaríamos dentro del calendario de actos de las fiestas patronales de la villa, recibimos clases de repostería en unos hornillos instalados en el bajo de una asociación de vecinos. La señora Lola nos enseñó a preparar dos de las especialidades de la zona: tarta de café y rosquillas al limón. Así que durante la tarde nos pasamos todo el tiempo combinando y amasando ingredientes. Una tarea muy divertida en la que acabamos conociéndonos más en profundidad.

Fue un cachondeo total. Entre la harina, las manos grasientas y pegajosas por el efecto de la masa, los chupitos de anís del mono y el calor…¡se montó la de San Quintín!. Al final acabamos haciendo todo el trabajo seis personas, entre ellas él y yo, en medio de docenas de sartenes, espumaderas y fuentes de porcelana. Horas y horas de cruces de miradas, pícaras sutilezas y risas cómplices que harían que después no pudiese dormir.

A la mañana siguiente quiso que le acompañase a hacer unas gestiones al centro del pueblo, trámite que aproveché para comentarle la mala noche que había pasado. La indiferencia fue su respuesta. Una postura que me dejó definitivamente fuera de juego después de lo vivido la jornada anterior.

Cena “improvisada”

El fin de semana, durante el transcurso de las fiestas, nos organizamos por grupos para las comidas. Y es que era una misión imposible que coincidiésemos todos como al principio. Cada uno de nosotros, junto a otros compañeros y el coordinador de las actividades, participábamos como voluntarios del ayuntamiento en la celebración local. Concursos, deportes al aire libre, bailes de salón, pasacalles, danzas, cuenta cuentos…Queríamos vivir los festejos desde dentro, participando activamente en ellos. Por eso aquella noche de sábado nos sentamos a la mesa única y exclusivamente los participantes en el teatro improvisado; es decir, Mari, de nuevo Nadia, él y yo. Cena en la que confesaría mis sentimientos delante de todos.

Le dije que me atraía especialmente su forma de ser, su carácter. Que me llamaba la atención desde hacía tiempo y que si precisamente se lo decía en aquel momento, no era debido a un sentimiento especial- ¡mentira, me repetía mentalmente a la vez que lo admitía!- si no a que por más que lo desease no lograba conocerle. Su respuesta fue clara: Ni creía que en quince días se pudiese calar a una persona, ni quería que yo, personalmente, lo hiciese. Es más, me dijo que ni lo intentase.

Más tarde procuraría acercarme a él y obtendría el mismo resultado. Nadia, mi compañera en la función, intentaría sacar hierro al asunto diciéndome que ella tampoco lograba saber quien era él ni lo que pretendía.

Horas después, me confesaría desde el umbral de la puerta de mi habitación, delante de otros compañeros, que aquellos tiras y afloja que teníamos entre los dos no eran fruto del odio, si no del amor. Me quería, y más de lo que yo podía llegar a imaginar.

Noche de entrega

La noche de entrega de diplomas, mientras nos arreglábamos en el cuarto de baño para la cena, se acercó a mí para decirme algo. “Eres una persona muy especial a la que tengo gran cariño y…respecto a mi, quiero que sepas que bajo esta apariencia que has visto estos días hay algo más. Realmente yo no soy así”. Con la palabra “apariencia” creo que se refería a la fama de ligón que tenía entre todas mis compañeras y que no quería que yo asociase con el tiempo a su recuerdo.

Al día siguiente me contaría un poco más de su vida y continuaría con aquella cantinela de: ¡Hay Vero, hay Vero, si no estuvieses comprometida!... que tantas y tantas veces había escuchado de su boca.

II.

…A las siete de la mañana de un miércoles nublado volví a casa. Regresaba a la individualidad, al aislamiento personal, lejos de aquel pueblo y de aquellos controvertidos sentimientos. Ocho compañeros del campamento, con los que tantas vivencias había compartido, fueron a despedirme. Abrazos, besos, promesas, cariño, tristeza, amargura, lágrimas... Allí les dejé y allí se quedaron. Mi último contacto directo con ellos, tras la separación, se produjo tan sólo unos minutos después vía telefónica. Nadia, la chica omnipresente en cada una de mis escenas junto a él, me llamaba para pedirme disculpas por no haber podido despedirse de mi personalmente, haciendo honor a nuestra amistad. A su lado, en la misma cama, junto a ella, estaba él. Yo, lo sabía.

Ni que decir tengo que aquella noche, él, Manuel, no vino a mi encuentro en aquel banco, dónde yo le esperaba dispuesta a todo, junto al puente del arquero de mármol blanco, en un tiempo y lugar, para mi ahora, desconocidos.

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