Poned
atención:
un corazón solitario
no es un corazón.
(A.
Machado)
Desde los primeros
relatos de la mitología griega, la convivencia literaria
entre hombres y monstruos ha sido desoladora para los monstruos.
Pongo algunos ejemplos: Teseo mata al Minotauro, Jasón decapita
a la Hidra de siete cabezas y Odiseo envía a Polifemo a vender
cupones de la ONCE: tres a cero sin escarbar mucho. En esta primera
literatura de superhéroes, para sacarse el carnet de tal
era acción imprescindible el desangrar a alguna bestia contemporánea.
Aquellos animalitos con ojos de perro abandonado que, para que les
dejasen en paz vivían escondidos en cuevas, laberintos o
islas, fueron masacrados por los ‘Rambos’ griegos para
mayor gloria de la literatura helena. Ahora, a todas aquellas carnicerías
les decimos literaturas clásicas, y con ellas hacemos películas
para el entretenimiento del pueblo: más o menos como entonces.
Después
transcurrió una época de tranquilidad para las bestias;
pasaron muchos siglos hasta que cierta literatura medieval de segunda
fila, y anticipándose al Renacimiento, recupera esos motivos
de la lírica griega para volver a la carga con los pacíficos
y corpulentos animales –esta vez en forma de dragones escupe
fuegos con una o varias cabezas- que habían estado, durante
tanto tiempo, disfrutando del olvido de los hombres. En esta literatura,
además de la fama que daba el masacrar a la bestia, se añade
una recompensa en forma de princesa tonta con dote, secuestrada
previamente, nunca se supo cómo, por un dragón a reacción
con alitas de pollo asado: además de vejados, ridículos.
En fin, casi para olvidarlo.
Después
del medievo pasó algo que todavía la ciencia no ha
sabido explicar ni datar con exactitud, otro eslabón perdido
en la evolución de la especie humana: se extinguieron los
héroes. Con la desaparición de este depredador natural
de los monstruos muchos pensaron que por fin los pacíficos
animales iban a vivir tranquilos, y de hecho lo consiguieron durante
unos siglos hasta que en el siglo XIX algunos escritores, sobre
todo un francés de apellido Verne, volvió a usarlos
como la reencarnación del mal, aunque ellos, los monstruos,
siguieran viviendo en el fondo del océano o en las profundidades
de La Tierra para no molestar a la insaciable raza humana.
A partir de aquí los gigantes animales comenzaron a utilizarse
como amenaza, algo así como un paradigma del fin de nuestro
mundo que ellos pretendían conquistar con su fuerza y maldad.
Y llega el día en que cierto sector influyente de la sociedad
decide que eso no es posible, que un gigante es un peligro y su
mirada dulce y tranquila es una ofensa a la agitada vida moderna.
Por eso concluyen en que ahora que disponemos de mejores armas debemos
de exterminados de una vez para que dejen de mirarnos ASÍ.
En principio sólo hay un pequeño problema para acabar
con ellos. En estos tiempos, toda acción ‘contra natura’
se debe justificar para que no te acusen de asesinato los ecologistas
o las sociedades protectoras de animales, que a falta de las de
monstruos se asimilan como competentes para su defensa. Después
de algunos tropezones éticos y legales se encuentra la solución
definitiva: ¿Cuál es la peor especie sobre la Tierra?
Pues de ella tomamos sus vicios y obsesiones más execrables
y, como si ellos, los monstruos, fuesen un gigantesco espejo, los
reflejamos en sus grandes ojos para que cuando todos los vean encendidos
de falsa ira o irreal ambición piensen que se han constituido
en un peligro, y sin reparar en su error de observación,
los odien hasta la muerte.
¿Qué es Moby Dick sino el reflejo de una gran obsesión
humana? ¿Qué es King Kong sino el gran trofeo a la
avaricia con el que se quiere aplastar la cabeza de una compañía
petrolífera rival? Son venganza y codicia inducidas artificialmente
por el hombre en ojos de gigante, y tan falsas como una moneda de
chocolate. Para que los odiásemos fueron expulsados de su
territorio. Como no sabían circular por nuestras carreteras
y lo rompían todo se les declaró peligro público,
y a pesar de ello, muchos humanos nunca llegamos a condenar a estos
monstruos. Al principio no sabíamos exactamente por qué,
hasta que un día, en la oscuridad de una sala de cine nos
dimos cuenta de todos estos engaños cuando una cámara
en blanco y negro captó, por primera vez, el miedo en la
cara del más humano de todos ellos: Frankenstein. Aquel fuego
de las antorchas que perseguía a la torpe criatura alumbró
nuestras conciencias y nos puso definitivamente de su lado.
Los monstruos no son más que niños tristes sin el
mejor de los juguetes, que es otro niño. Deteneos un momento
e imaginadlo, pensad en un niño que no ha jugado nunca con
otro niño ¿Encontráis un motivo más
triste?
El monstruo arrastra todo el lastre melancólico de su especie
extinta: una sabiduría noble, profunda y sosegada. Es un
viejo náufrago - aunque no tenga edad definida- que acumula
la experiencia genética global de un género que con
Él desaparece. Cuidemos de los monstruos. Con Shrek se ha
comenzado a hacerles justicia. Sigamos el ejemplo.
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