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Soy un hombre descolorido. Quiero decir que cuando alguien me mira
de arriba a abajo no percibe los contrastes cromáticos habituales,
lo tengo comprobado.
Lo más común es que casi nadie sea consciente de ello,
y ésa es la parte fundamental del problema. Veo a mi alrededor
hombres tan descoloridos como yo si aplicamos de forma estricta
las reglas físicas de la percepción sensorial, pero
uno tiene hermosa voz, otro nariz chistosa, aquel se mueve con cierta
cadencia, y el de más allá no tiene un pelo de tonto...
ni de listo. Si en la figura en tonos sepia que el ojo fabrica de
mi persona se destacara un solo
rasgo atrevido, la imagen del espejo llegaría a la retina
para colarse en algún lugar del cerebro y podría decir:
soy yo. Porque se es guapo, feo, interesante, o descuidado sólo
si alguien se da cuenta, aunque sea uno mismo.
Se trata por tanto de un caso extremo de invisibilidad, producto
de la conjunción de diversos aspectos que comienzan por una
disfunción a la hora de emitir longitudes de onda dentro
del espectro visible, aspectos acumulados capaces de transformar
la cantidad en cualidad. Pero todo esto no son más que palabras,
así que voy a tratar de apoyarlas con argumentos objetivos.
Empecemos por los elementos relacionados con el color: mi pelo recuerda
al papel reciclado antiguo como si el sol, la sombra o ambos a la
vez impidieran la evolución natural del cabello adulto. Lo
mismo le sucede al cutis, demasiado claro. pero no tanto como para
resultar resplandeciente, y los ojos que se
podría discutir si grises, pardos o verdosos porque no son
ninguna de las tres cosas. Las cejas huidizas, mejor dicho huidas
ya, y los labios se sostienen apenas como una mancha discontinua
debajo de la nariz ... que es ¿cómo diría yo?,
¿pequeña? Sin querer acabo de introducir una nueva
categoría en el análisis pero es inevitable. Porque
los rasgos de mi cara armonizan a la perfección con ese no
color sin sobresaltos que sirve de telón de fondo.
Y luego está la actitud. Camino ni encorvado ni orgulloso,
miro de frente a veces, y sé decir no a veces también.
Ni alto ni bajo, ni flaco ni obeso, más seguro estoy de que
tengo hombros caídos, pero tampoco pondría la mano
en el fuego porque si paso mucho tiempo pensando en mí ya
no sé ni cómo es el rojo.
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