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María José Rivera

EL HOMBRE DESCOLORIDO



Soy un hombre descolorido. Quiero decir que cuando alguien me mira de arriba a abajo no percibe los contrastes cromáticos habituales, lo tengo comprobado.
Lo más común es que casi nadie sea consciente de ello, y ésa es la parte fundamental del problema. Veo a mi alrededor hombres tan descoloridos como yo si aplicamos de forma estricta las reglas físicas de la percepción sensorial, pero uno tiene hermosa voz, otro nariz chistosa, aquel se mueve con cierta cadencia, y el de más allá no tiene un pelo de tonto... ni de listo. Si en la figura en tonos sepia que el ojo fabrica de mi persona se destacara un solo
rasgo atrevido, la imagen del espejo llegaría a la retina para colarse en algún lugar del cerebro y podría decir: soy yo. Porque se es guapo, feo, interesante, o descuidado sólo si alguien se da cuenta, aunque sea uno mismo.
Se trata por tanto de un caso extremo de invisibilidad, producto de la conjunción de diversos aspectos que comienzan por una disfunción a la hora de emitir longitudes de onda dentro del espectro visible, aspectos acumulados capaces de transformar la cantidad en cualidad. Pero todo esto no son más que palabras, así que voy a tratar de apoyarlas con argumentos objetivos.

Empecemos por los elementos relacionados con el color: mi pelo recuerda al papel reciclado antiguo como si el sol, la sombra o ambos a la vez impidieran la evolución natural del cabello adulto. Lo mismo le sucede al cutis, demasiado claro. pero no tanto como para resultar resplandeciente, y los ojos que se
podría discutir si grises, pardos o verdosos porque no son ninguna de las tres cosas. Las cejas huidizas, mejor dicho huidas ya, y los labios se sostienen apenas como una mancha discontinua debajo de la nariz ... que es ¿cómo diría yo?, ¿pequeña? Sin querer acabo de introducir una nueva categoría en el análisis pero es inevitable. Porque los rasgos de mi cara armonizan a la perfección con ese no color sin sobresaltos que sirve de telón de fondo.
Y luego está la actitud. Camino ni encorvado ni orgulloso, miro de frente a veces, y sé decir no a veces también. Ni alto ni bajo, ni flaco ni obeso, más seguro estoy de que tengo hombros caídos, pero tampoco pondría la mano en el fuego porque si paso mucho tiempo pensando en mí ya no sé ni cómo es el rojo.

©Realidad literaL
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