VOLVER

Ensayo Artículo opinión Reseña crítica Narrativa Poesía Clásicos Lingüística

Genma Pardo

ZAPATITOS DE CRISTAL
“Historias de príncipes encantados y ranitas de a pie”

 

N os preocupamos por unos y por otros; por esos que han hecho poco, nada o casi nada en la vida; por estos que salen en las páginas de la prensa rosa, en programas del corazón o en exclusivos realitys haciendo alarde de sus miserias; por aquellos que con sus aventuras y desventuras nos ayudan a olvidar los problemas y a salir de las rutinas.

Apuntamos con nuestras miradas hacia fenómenos tan banales como la moda de París, Italia o Madrid; las rebajas; las portadas de las revistas; el fútbol; el coche que conduce el famosillo de turno; los bautizos, bodas y comuniones a las que asisten nuestros máximos dignatarios o las cremas de día, noche y fiestas de guardar que se aplica La Quintana para mantener ese espléndido cutis a puertas de los cincuenta…

Y es que cuando leemos el periódico o alguna que otra revista especializada en temas clave como economía nacional, política y empleo, medioambiente, cultura, defensa o servicios sociales; compramos libros de autoayuda -“muy didácticos e ilustrativos”- tales como Qué hacer para llegar a ser una importante mujer de negocios o Como caminar sobre unos tacones tan altos como los de Leticia Ortiz y no morir en el intento, pasamos los folios como si de los episodios de nuestra propia vida se tratase.

Nos identificamos con sus personajes, deseamos sus vidas, sus trajes, envidiamos sanamente sus formas de hablar, de caminar, de desenvolverse en público, su dinero, lo fácil… Y desearíamos muchas veces poder estar en su lugar para disfrutar de esos pequeños placeres con los que ellos se deleitan asiduamente aunque sólo fuese una vez. Codiciamos sus mundos de príncipes y princesas, duques y duquesas; Mercedes y BMW, limusinas blancas y negras; vestidos caros de Channel, Dior o Versace; grandiosas mansiones en Beverly Hills, Los Ángeles, California, Montecarlo o La Costa Azul; cenas majestuosas aderezadas por pomposos discursos y calculados pactos de empresa dónde por un plato se paga lo que nosotros, los de a pie, ganaríamos trabajando tres o cuatro meses como mínimo...

Lujo, dinero, elegancia, brillantes, amantes, viajes, regatas, yates… ¡Qué existencia más vana y superficial! ¡Qué lucha tan “dura, cruel y encarnizada” por unos ideales, por unas metas!

Por eso, de cuando en cuando, para resarcirse de culpa y no sentir más de la cuenta que la frivolidad, la hipocresía y la apariencia saturan sus venas, los opulentos, los ricos, sueltan unos pocos millones de esos muchos que guardan a buen recaudo en quien sabe que parte del mundo o en que banco. Anhelan curarse de una larga y tediosa enfermedad que desde hace siglos les invade y que, cual cáncer maligno, se extiende imparable y homogéneamente a todos sus iguales: la Avaricia. ¡El poder desmedido!

Una visita de cortesía a Médicos Mundi o Cruz Roja; apadrinar a un niño del Tercer Mundo; ser presidente de honor de una ONG para acudir a fiestas de gala; viajes a Ruanda o Latinoamérica como imagen de ciertas entidades, coincidir con Carolina Herrera, la Duquesa de Alba, Carlos Herrera, Ronaldiño o ZP en un estreno para recaudar fondos en la lucha contra el cáncer…¿Y a pie de calle, durante cada uno de los 365 días del año, en las duras y en las maduras, dónde están esas muestras desinteresadas de solidaridad? ¡Porque ser solidario cuesta!

Pensar que hay tantos y tan gravísimos problemas en el mundo, en la vida, de los que nadie se ocupa ni se toman medidas y con los que, todos a una, podríamos acabar en muy poco tiempo. Pero, mientras que se piensa en soluciones para los unos y se generan los otros, surgen más…

Las drogas, el cáncer, los jóvenes, el paro, el hambre, los moribundos, los ancianos abandonados, los desahuciados, los que roban, las mafias de la prostitución, los asesinos, la violencia doméstica, las pestes, el problema del agua, las especies en peligro de extinción, las guerras, el tráfico de armas, el pirateo, la pederastia, el terrorismo, el cambio climático, la xenofobia, el fanatismo, el caciquismo…pero por encima de todos ellos un mal mayor, el Egoísmo por el que nos movemos, al que otros llaman “afán de superación”, que nos hace ser parte en cada instante de todo este compendio de calamidades y desorganización que actualmente nos invade. Y es que ya lo dijo en su momento Plauto, el poeta romano: “El hombre es un lobo para el hombre”.

“Todos los que soltamos cinco céntimos cuando en realidad nos sobran cincuenta; todos los que de una manera u otra limpiamos nuestras conciencias ofreciendo sólo de vez en cuando una ínfima parte de lo que nos sobra; todos los que vemos a un pobre en la calle y giramos la cabeza hacia otro lado para esquivarle; todos los que rechazamos, criticamos y marginamos al inmigrante cuando lo que persigue no es nuestro puesto de trabajo sino un futuro mejor para los suyos…”

Y es que es siempre la misma historia: la de aquel que tiene frente al que no tiene, la del fiel y humilde lacayo y su despótico señor. Cosas de política de estado, de inversión en bolsa, de competencia desleal, de grandes imperios y sagas de mafiosos, de intrigas y complots sin un ápice de compasión. Es la historia del sempiterno fracaso de los pobres o Tercer Mundistas y la inconmensurable suerte de los ricos o Primer Mundistas.

Es Bill Gates, Amancio Ortega, Bush, Blair, Alemania, Francia, Italia, el Papa, los Reyes Don Juan Carlos I y Doña Sofía o Isabel II de Inglaterra frente al chico que vende “La Farola” día a día en las calles de cualquier ciudad española para poder sobrevivir; las negras o blancas que se la tienen que chupar a un gordo seboso en Cuba, Noruega o Bangkok para poder llevarse un trozo de pan a la boca; los cientos de marroquíes que llegan a España en patera o los miles de rumanos y polacos que atraviesan el paso catalán de La Junquera en autobús y en pésimas condiciones reclamando su derecho a un futuro mejor; los niños que cada segundo mueren en los países subdesarrollados a causa de la desnutrición o el SIDA; o los infieles que padecen en sus países la superioridad tiránica de las grandes superpotencias mundiales que avaladas por ideales democráticos de paz, libertad y concordia, se lanzan indiscriminadamente a la caza de tesoros escondidos desde tiempos inmemoriales en sus tierras.

Es el héroe y el antihéroe, el seductor y el repulsivo. Es la cara y la cruz de la misma moneda, el haz y el envés de una misma hoja, de un mismo planeta, de una misma existencia…Y que conste que por el hecho de pertenecer al Primer Mundo no le estamos haciendo favores a nadie, ya que si en la actualidad lo que se plantea el G-8 es aplicar 50.000 millones de dólares extra para combatir la pobreza, es debido a que en el pasado “tomamos” el importe equivalente o más, por la fuerza y sin previo aviso.

¿Por qué nunca llamamos a las cosas por su nombre?

En memoria de las víctimas de los atentados de Londres del 7 de julio

©Realidad literaL
Actualidad Crítica - Ensayo - Poesía - Narrativa - Clásicos castellanos - Lingüística- Clásicos universales