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Toda
biografía implica una alta cuota de ficción. Aún
más si la biografía posee el formato de lo que se
denomina “memoria” los hechos de la realidad se entremezclan
con los de la fantasía haciendo imposible discernir lo que
constituye parte de la historia y lo que pertenece a las invenciones
del autor.
En “Memorias de Adriano” de Marguerite Yourcenar se
propone desde un principio este juego. La figura central de Adriano,
emperador del siglo II en Roma es tomada en todo su esplendor y
eso incluye tanto un recorrido histórico como un recorrido
en la intimidad del protagonista dentro su más hondo sentimiento
personal.
La intimidad del poder, lo que vive y sufre el hombre fuerte que
está al frente de un imperio, tiene una extensa descripción.
Sin embargo, ese desarrollo ser traslada a otros puntos de la vida:
en su intimidad el poder tiene sobre Adriano el peso de su decadencia,
de sus enfermedades, de sus imposibilidades: y es así...
el hombre es un hombre, simplemente un hombre y nada se puede hacer
por cambiar esa situación.
Así pues, la narración que presenta Margarite Yourcenar,
es un recorrido expansivo, una especie de movimiento centrífugo
a través del Imperio, y al mismo tiempo un arquetipo de centralidad,
de asedio hacia la intimidad del ser humano, único e irrepetible
que es Adriano. Y en este discurrir por el tiempo de la historia
y del ser, la autora se introduce en el relato, se involucra en
él y también viaja con las memorias de Adriano; y
para ello qué mejor punto de partida que una largo informe
de situación del Imperio que dirige éste a su hijo
adoptivo Marco. Éste lo sucederá como emperador después
de su muerte, y el relato se convierte en una confesión,
una reflexión final sobre la vida antes de la muerte. Dejar
de existir para Adriano no significa solamente su fin. El final
de su vida no significa solamente su decadencia como ser humano
sino también la del Imperio: el Imperio romano está
en plena decadencia y él observa por donde se van filtrando
los enemigos.
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Mientras
viaja por todos los rincones del Imperio, Adriano intuye esta situación
y la traslada a todas sus descripciones. Discurre sobre las más
variadas expresiones de las emociones humanas: arte, deporte, literatura,
arquitectura, filosofía, medicina, educación, política,
gastronomía, astronomía, las técnicas de la
guerra, la formalización de la paz, y muchos otros temas
más. También concluye acerca del amor en todas sus
variantes (sexual, filial, al prójimo, al amigo), y cómo
se manifiestan sentimientos como el odio, el temor, el rencor, la
envidia, la angustia, la indiferencia, la violencia y en general
todos los tormentos del alma humana.
Para el emperador el viaje se convierte por igual, un imperativo
de su tiempo, y una afición, una búsqueda infinita
de la identidad de su ser. Por eso el viaje de Adriano no es solamente
un viaje visible, físico-geográfico, sino en simultáneo,
un viaje hacia el interior del alma humana en busca de los secretos
más íntimos de la vida y de la muerte, en un constante
discurrir, sobre lo cotidiano y lo universal.
De esta manera al concluir su vida, cuando recibe noticias de fidelidades
y de traiciones, cuando el imperio hace agua en algunos frentes,
cuando recuerdo sus momentos de gloria y sus fracasos, cuando los
que lo quisieron ya no están, no queda más que aceptar
estoicamente el final y ese final es de absoluta soledad. El largo
soliloquio que constituye la novela no es más que un diálogo
consigo mismo - el que cada hombre debería hacer o hace cuando
sabe que ya no hay mas cartas para repartir y se viene el juego
final - tratando de encontrar sentido a todo lo sucedido. Las Memorias
de Adriano son la memoria de un hombre, de todo hombre. De un imperio,
del poder, del juego de las estrategias. En definitiva de la vida
misma...
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