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AMARGO ZAHIR
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>>Habla Paulo Coelho en su último libro, El Zahir, de la figura del “acomodador” y explica: “Siempre hay un acontecimiento en nuestras vidas que es el responsable del hecho de que hayamos dejado de progresar. Un trauma, una derrota espacialmente amarga, una desilusión amorosa, incluso una victoria que no entendemos muy bien, acaba haciendo que nos acobardemos y que no sigamos adelante”<< Mi hogar, mi casa, entró en crisis por aquel entonces. Hasta ese instante mis recuerdos son los de una infancia feliz, con sus buenos y malos momentos, aunque feliz. Pero un día todo se tiñó de color gris, de infelicidad, de un profundo e intenso malestar general, común a aquellos que vivíamos bajo ese mismo techo, y lo digo en pasado porque ahora ya no estamos todos, y el resto se fue al garete... Una noche cualquiera, mi padre -en realidad mi abuelo, yo le llamó papá desde pequeñita en sustitución del de verdad, que murió- comenzó a beber y a partir de ese momento nuestras vidas dieron un giro de ciento ochenta grados: con trece años ya escuchaba a mi abuela regañarle porque no nos dejaba dormir a mi hermana -nueve años más pequeña que yo- y a mí, fruto de sus continuas borracheras. Con catorce y quince me veo a mí misma, de nuevo a mi hermana, a mi abuela y a mi madre corriendo por entre los huertos de la finca repletos de tomates, maíz, pimientos, patatas y lechugas, escapando de su violencia y sus amenazas. Los dieciséis y diecisiete transcurrieron de igual forma, adaptados a sus rachas alcohólicas y a sus días de resaca y delirium tremens. A los dieciocho, nuestro primer juicio, por agresiones e intimidación cuando estaba bajo los efectos de su compadre, el vino de Rioja. Recuerdo que estuvimos sin hablarnos casi un año… ¡Que vergüenza! Y de los veinte en adelante más de lo mismo: fines de semana enteros empinando el codo, encerrándose en su propia realidad y haciéndole la vida imposible a los que tenía a su alrededor, a nosotros, su familia. Un problema que llegó hasta el punto de la huida, el abandono, la estampida: Mi madre -su hija-, su marido –el yerno- y mi hermana -su nieta- , se fueron de la que hasta ese momento había sido la vivienda familiar. “Si pudiese cambiar algo de otra persona cambiaría la afición de mi padre por beber, ¡lo odio!.. Espero que con lo que pasó se le pase el “vicio” durante una larga temporada. En este momento, si le tuviese delante, le insultaría.” …Desde aquel instante vivimos mi padre, mi abuela y yo solos ¡no sé porqué! porque podía haberme ido con mi madre y mi hermana hacia una nueva vida, ¡mejor, seguro!…Nunca reflexioné en serio sobre mi decisión, supongo que para no agobiarme ni atormentarme más de lo que estaba, pero presumo que lo que me llevó a quedarme entre aquellas cuatro paredes amargas, fue la firme convicción que tenía de que las cosas cambiarían algún día. También lo hice, ahora soy conciente, porque en el fondo me sentía en deuda con ellos, y aún me siento…Mi madre se quedó viuda, sin trabajo y con una hija a la que mantener con veintidós años y ellos fueron los que en aquellos momentos de incertidumbre, inseguridad y sufrimiento se encargaron de nosotras. Pero a pesar de la ruptura de la convivencia familiar y la emocional, las cosas no cambiaron. Cierto es que las borracheras se hicieron menos frecuentes, cada quince días o un mes, pero el daño estaba siempre ahí y de una forma u otra, con su forma de actuar, él seguía avivando el fuego. ¡No había lugar para una tregua! Sí, ya no tenía que escapar corriendo a altas horas de la madrugada en medio de la noche oscura y solitaria por el medio de las huertas, pero cuando venía bebido me acostaba a las cinco de la madrugada. Y es que cuando lo hacía se le daba por cantar las canciones de éxito de las cintas de las gasolineras, los top ten, a grito pelado, y bailar con la música a todo volumen con los perros, alejado de las obligaciones del día siguiente. Era entonces, cuando aprovechando la oscuridad de la noche, sus despistes, la lentitud de sus movimientos y un aspecto que jugaba a mi favor -me había sacado el carnet de conducir hacía poquito y tenía coche-, cogía carretera y manta y me iba por ahí, lejos del horror. “Tengo problemas para poder dormir por culpa de los líos que organiza de mi padre. Echo de menos la tranquilidad de los sueños de otras familias…” Desde hace un tiempo voy a casa de mi madre cuando aquí hay tempestad, para luego volver cuando todo ha vuelto a la normalidad. Sé que es una actitud cobarde, sé que sigo escapando, sé que no debería estar aquí, donde estoy… ¡pero no puedo evitarlo! Y todavía desconozco el porqué real. Porque excusas hay muchas, algunas ya las he confesado… A veces pienso que en su día fui como una de esas mujeres maltratadas a las que nadie comprende porque su marido les pega un día tras otro y no son capaces de abandonarle. Sí, lo fui, ahora lo sé… ¡Dios mío! Pero a pesar de todo seguí allí, con mi abuela, porque pensaba que las cosas algún día cambiarían, que mi padre reconocería sus errores y podríamos ser felices todos juntos de nuevo. Nunca fue así… >> Habla Violeta Rey desde lo más profundo de su corazón en su último relato, Amargo Zahir, de la lucha por la vida y dice “Al final perdí toda esperanza en aquella batalla diaria y acabé dándome por vencida... Pero no me importa, cada uno a de hacer su camino. He llegado a esa conclusión después de chocar contra la misma pared en reiteradas ocasiones, así que he hecho mi vida al margen de ellos, en solitario. Hoy tengo que confesar que siempre eché de menos esa seguridad y ese amor familiar que en mi casa nunca me pudieron dar por que tal vez ni lo conocían, ni antes, ni después. ¡Bueno, miento, tal vez al principio! Sólo deseo que el día de mañana, cuando tenga mis propios hijos, lo que personalmente tanto he añorado, a ellos no les falte. ¡Pondré todo lo tenga que poner de mi parte para que así sea!”<<
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