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Sergio Manganelli

EL VIAJE

“No se recuerdan los días,
se recuerdan los instantes.”
Césare Pavese

Eran las seis de la mañana, y los hilos rosados de la claridad filtraban por los agujeros en las cortinas del ventanal. Desde hacía media hora habían vuelto a cantar los gallos, los gallos roncos de la Feria de Carnes, con la misma estridencia pausada de los amaneceres escolares de la infancia.

Gregorio Mugíca se estiró en la cama para encender la lámpara de alcohol de su mesa de luz. Comprobó la hora y aprovechó a dar cuerda a su pequeño reloj de leontina, mientras se incorporaba, con un cansancio de años oprimiéndole las articulaciones, y una escarcha bajo la piel, que le anunciaba la llegada de marzo.

Se paró frente al espejo del lavabo, con los ojos agazapados ante la imagen duplicada en el reflejo, tal cual lo hacía cada mañana, para juzgar el estado de su barba cuidada y la crueldad de las huellas que dejara en su rostro la viruela, a principios de siglo, y cincuenta y dos años de posponer el asalto final a la melancolía. Después desayunó en silencio, sin el periódico habitual.

No logró percibir el sabor del café, que bebió amargo, cosa que hacía por un principio de salud, y en ésta ocasión, buscando recordar la pócima de ébano que servían en el Mercado del Pueblo, de su ciudad natal.

Habían transcurrido ya más de siete lustros desde que abandonara el andén lluvioso de El Sauce Alado, en un ínfimo tren de cuatro vagones, la mayoría reservados al ganado y los cereales, y arrastrados por una de las más recientes locomotoras del antiguo Ferrocarril del Sur. Eran las seis, y aquél cielo de antaño era idéntico a éste, que asomaba soberbio por las ventanas del cuarto.

No era una postal vaga, extraviada en la memoria, sino que podía recordarlo con la claridad maniática de sus noches de insomnio.

Como si se reviviera palpable y cercano el día mismo de la partida. Luego el viento, haciendo martillar el agua contra las tablas de la vieja estación, y un silencio mordiente, más doloroso que el exilio. Al fin, el movimiento tenue de la máquina, como un galápago fantástico, arrastrándose sobre su lecho de canto rodado, y el paisaje retrocediendo hasta perderse.

Próspero Mugíca, su padre, había muerto cinco semanas antes, como tantos otros sauceños, víctima de la "peste del rastrojo", que el gobierno colonial había pretendido mitigar, incendiando los únicos campos productivos, que hubieran servido a la subsistencia de quienes con fortuna esquivaron la desgracia.

Gregorio Mugíca tenía por aquellos días tan sólo quince años, y ningún pariente, legítimo o probable, a quien acudir en busca de socorro. Sin oficio, ni la reserva de una parcela para ganar el sustento, debía perecer o emigrar, consciente de los riesgos de contraer la enfermedad, y las disposiciones de éxodo sanitario.
Había aprendido a leer, y a pesar de su mala escritura podría valerse en un empleo de ciudad populosa. Era la única herencia de su madre, quien con enorme empeño y harta humillación, logró que su hijo fuera aceptado en el Convento de la Benevolencia, única escuela de enseñanza básica, reservada a las clases de mayores recursos, a la que lo envió cada mañana, tolerando cualquier clima, y afrontando los encendidos reproches de su esposo.

Aún le parecía ver a su padre, por las noches, restándole a sus magros ingresos de jornalero del campo un percudido billete de Diez Lunas, equivalente a cuatro horas de faena agotadora, y bajo una lluvia de regaños dejarlo caer en la ánfora bajo el hornillo. Su madre los recogía semanalmente, formando un atado envuelto en trapos de cocina, y corría a entregarlo al fraile que sostenía con su firma la beca estudiantil.

A veces cosía para otros, y criaba animales para el consumo familiar. En especial, en épocas de baja cosecha, o cuando Próspero quedaba sin empleo a causa del aluvión de peones, provenientes de zonas afectadas por la sequía, que trabajaban por mitad de jornal.

A pesar de ello, jamás logró culminar sus estudios. Su madre había muerto una tarde de junio, acosada por las fiebres de una enfermedad congénita, que devoraron como relámpagos plateados su oscura cabellera, y un cuerpo debilitado por la escasa nutrición. Tras ese día, los gallos no volvieron a despertarlo antes de las campanas de la escuela.

Terminó el café humeante, aliñó el cuello de perfecto almidón (a veinticinco céntimos por prenda), ajustó la corbata, ubicó el reloj en el bolsillo del chaleco. Revisó el pasaje, la documentación en regla. Guardó la carta del Banco otorgándole una licencia especial, y dijo en voz muy baja:

-"El Expreso del Sur"-

Descansó el abrigo sobre los hombros, recogió su maleta, la foto amarilla bajo el vidrio del secreter, y ganó la calle, evaluando cuán misericordiosos se habían mostrado los directivos del banco, al concederle el permiso de una semana, tantas veces cancelado, para atender un asunto más cercano a la jurisdicción del alma, que a la del comercio, o las finanzas. Sin embargo, pensó, era lógico que así fuera, luego de treinta y cinco años de buenas y mal reconocidas labores administrativas. Desplegó nuevamente la carta y escudriñó la firma. Estaba rubricada por el Gerente Mayor, sin dudas. Conocía esos trazos más que los propios.

Hacía frío, bajo las cúpulas enormes de la estación Central Remington, y el viento acunaba en los durmientes a las primeras hojas otoñales.

Despachó el modesto equipaje, símbolo de la desesperanza, y abordó el Expreso Sureño, bastante más moderno que su antecesor de principios de siglo. El guarda le asignó el camarote 23, que indicó como el segundo, óptimo a su criterio por la vecindad con el wc, esa impronta de los ingleses que alude a las letrinas. En tanto el tren calentaba las calderas, desparramando un humo algodonoso, con aspecto de nieve, que destilaba el zinc del cielorraso.

Faltaban cinco minutos para la partida.

Al pasar al coche dormitorio retiró la gaceta que le estaba destinada, una botella de malbec, por la que pagó sobradamente al camarero, quien no aceptaba su negativa de envío al camarote, y se encerró a medias luces. Entreabrió levemente la cortina americana, recostándose vestido sobre la litera y tomó la fotografía del abrigo.

La observó detenidamente, con la respiración contenida, recorriendo cada centímetro, cada grieta en la lámina añeja, con una minuciosidad distinta a la de su oficio mercantil. La expuso desde varios ángulos. De diferentes distancias. Buscando un indicio de frescura en la cartulina amarilla, un rasgo de cercanía. Le impresionó descubrir que había perdido aún más su nitidez, desde la ocasión anterior en que se había jurado el regreso, y el pecho se estremeció de angustia al reconocer la caligrafía impecable, en la frase memorizada del dorso:

"El amor tiene aliento de sauce,
y color de marea.

Ana Clara
El Sauce Alado, primer domingo de 1902"

El Expreso Sureño entró despacio en la zona urbanizada, transponiendo en silencio las veinte o treinta manzanas que conformaban el perímetro de la ciudad. Solamente cuando estuvo a ochocientos metros de la estación, dio el pitazo anunciando el arribo del correo.

Llevaba cerrada la ventanilla desde el anuncio de próxima estación, y se mantuvo inmóvil, paralizado en parte por la ansiedad cosechada de una vida, pánico de hallarse cara a cara con la sombra de las pequeñas cosas distanciadas, que él hubiera deseado conservar para sí, y temía desbarrancadas, en un abismo de lejanía temporal. Le costó atreverse a descender, hasta que el inspector llamó a su puerta creyendo que dormía:

"Señor, arribamos a El Sauce Alado, -dijo en voz alta, y agregó con tono armonioso- debiera abrigarse, lloverá como nunca, y el aire frío de esta región cala los pulmones."

Sobre el andén, el viento era majestuoso, e inundó el aire con la fragancia inconfundible de los naranjales, que viajaba cuesta arriba por el oeste, desde la Calle de los Azahares, en la que solía retrasarse cuando niño, a robar moras regreso de las aulas. Y recordó las moras blancas, de una dulzura fresca, almibarada, que prefería, porque no delataban su hurto.

-"Por aquí..."- pensó, señalando la callecita angosta frente a las vías.

Alguien acercó la maleta, y él extendió cortésmente un billete, caminando con pausas hacia las escalinatas de piedra amarilla. Afirmando los pasos, que sonaban a hueco en el quebracho mustio de la plataforma. Reencontró el reloj inmenso, detenido en un tiempo sin memoria, meciéndose en las vigas del resguardo. Las vías de trocha angosta, nutridas con el hierro que desechó la guerra, y las piedras traídas de la prisión de Araujo, en la que una centuria de presos políticos y excomulgados purgaban su condena, desmembrando a cincel el intestino mineral de las canteras.

Casi disfrutó del vaho amoniacal, insostenible, de los mingitorios públicos, en donde su tío abuelo, anarquista, había muerto a mano de sicarios, que embadurnaban su orgullo pueblerino con las malas artes del régimen de turno, en un caldo de oscurantismo y opresión, contra el que atentaban los opositores, y que abolía desde el cielo la palabra república.

Cruzó hacia la avenida peatonal, floral y estrecha, en la que hoy abundaban las flores de moda, como en una petite exposición, impuestas por la necesidad de justificar los egresos del tesoro municipal. Pensó reconocer entre tanta exuberancia vegetal los frutos anaranjados de las inmensas pasionarias, o el perfume balsámico de los jazmines. Hurgó con empeño entre las matas de los canteros, enlodado hasta las pantorrillas, tratando de hallar los ásperos malvones, que las viudas sembraban en los aniversarios del deceso, como tributo viviente, según las buenas tradiciones populares.

Sin embargo, los nuevos estatutos de la ciudad no contemplaban la permanencia de estas especies, inconciliables con el diseño adoptado, atiborrado de ornamentos y exquisito gusto palaciego, e imposibles dentro del marco de un planeamiento ambiental idóneo y generoso en recursos, que no puede malograrse por los cándidos aportes que hiciera la vecindad, en los albores de la fundación. Apenas se mantenían inalterables los hilos de agua viajando a orilla de los canteros, dentro de sus acequias colmadas por la lluvia; y el mojón de palo colorado que señalaba la milla inicial.

Mugíca estaba empapado, y tuvo el deseo de saber si era imprescindible este recuento pueril de lo pasado. Si tan sólo era llovizna lo que enjugaba en su rostro.

Se detuvo a cada esquina en contemplar las casas, sin poder precisar cuáles conservaban su aspecto original, y qué otras habían sucumbido al ímpetu modernista, pero reconociendo en cada cuadra los olores y candores, por los cuales, el niño que había en él podía distinguirlas. La Calle del Mango, con su árbol centenario, fragante de trópico. La Calle del Herrero, plagada de establos y graneros, en donde se forjaban los mejores carruajes de la zona. La Avenida de las Gardenias, luminosa y callada. La Calle de la Faena, en la que funcionaba el matadero de aves y cerdos, que abastecía las fondas de las ciudades centrales, ya que los pocos hospedajes con que contaba El Sauce Alado tenían sus propios chiqueros y corrales. La Calle de la Justicia, con el despacho del juez de paz, y un oficial del orden, único y obeso por la inactividad.

Buscó las demás calles en el desván de la memoria, mientras trataba de orientarse para ubicar cada una bajo la lluvia helada, con una piedra amarga en el garguero, y la fotografía estrujada en un bolsillo del abrigo. La calle de la Plaza de los Monseñores, su fuente de mármol rosado, ya verde por el musgo.

La Calle del Boticario, con su despensa de frascos medicinales, cuyo dueño había sido hermano de Gavrilo Prinzip, el serbio asesino del archiduque Francisco Fernando, sobre lo cual se excusó el inicio de la Primera Guerra. El pasaje del Parque del Correo, con su glorieta cercada de rosales amarillos, a cuya sombra retozaba la hija del primer magistrado colonial, recluida a perpetuidad por orden de los asesores políticos de su padre. Y en el que pasaba las tardes el idiota del pueblo, divertido envenenando pájaros con alimento letal para las ratas. Demasiadas calles para la memoria.

Y luego las más célebres, las que ostentaban nombres de nobles y favoritos, e iban cambiando de acento, de acuerdo al color de la bandera que invadía las costas. Marqués de la Oliva. Monseñor Constantino. El Progreso. Charles Tellier. Mariscal Morris. General Rosamonte, en la cual vivía la mayoría de los funcionarios de la alcaldía, y el vetusto generalato, nostálgico de batallas de ficción, de medallas jamás ganadas frente al invasor y prebendas concedidas por allanar el camino imperial.

Bogotá , la calle de las prostitutas, con sus veredas inclinadas hacia adentro, brumosa y demoníaca, sin una sola lámpara de aceite, y a la cual apenas se accedía por las pobres linternas de los maricas, que conducían en la penumbra a los clientes de los prostíbulos, cada uno afanado por ganar el candidato, por lo que las regentes les daban unos céntimos, y la posibilidad de permanecer en el único medio que los aceptaba sin ser nobles. Se detuvo a mirar esta calle antológica, como no le hubieran permitido hacer en su adolescencia, y entintó sus pies con el agua oscura, que corría en la acera desempedrada por las inundaciones de una década atrás, con el hedor de la miseria humana lacerando su olfato.

Y continuó recorriendo otras tantas, olorosas u oscuras, cenagosas o firmes, pero todas eternamente vegetales.

Hasta que llegó al Boulevard Marino.

Era el mismo boulevard al que concurría en secreto cada tarde, durante los primeros años de su adolescencia, vestido de peón y aprovechando los recados de la cuadrilla, para visitar de compras el almacén de ramos generales. Un establecimiento destinado a atender las necesidades de abasto de la ciudad, y reducto de almacenaje de cuanto contrabando surcara la bahía, actividad principal de los súbditos de su Majestad, y objeto de fortuna de los funcionarios locales. La causa de atractivo era la belleza de Ana Clara, hija del dueño, y no las mercancías, que poco necesitaba y menos podía pagar. Hallaba siempre algún pretexto para ir allí, a veces abiertamente, debido a alguna herramienta que precisaba reparación; el aceite para las lámparas de la casa patronal; o algún cuarto de sal de curtiembre, generalmente destinada al cocinero. En ocasiones, ante la imposibilidad de hallar una excusa, derramaba en el granero la ración de tabaco del capataz, quien agregaba al encargue una botella de caña, con carácter confidencial.

Apenas logró conquistar algunas miradas de la joven, esquivas, distantes, y ganarse por lo bajo las mejores puteadas del tendero.

Hasta una tarde, en que viniendo por el Camino de la Inquisición en un carro de bueyes, y bajo la galería perfecta que formaban las copas de los árboles, la vio cruzarse al paso, y entregarle, en una prisa extrema, una esquela lacrada.

La recibió trémulo, guardándola bajo la ropa, y viendo desaparecer a Ana Clara, como un espejismo, en la arboleda del campo de la Granja. No pudo recuperar el ritmo de la respiración en el resto del día, ebrio de la fragancia a pétalos recientes que destilaba el papel oculto entre sus prendas. Hasta la madrugada, en que logró valor para leerla, bajo el farol de la cochera municipal, mientras la cuadrilla dormía, evitando el riesgo a ser descubierto. Las líneas eran de una caligrafía cuidada, aunque delataban cierto temblor, y decían escasamente lo que pueden decirse dos desconocidos, aunque suficiente para inaugurar un amor, sin otro ingrediente que la atracción mutua y espontánea.

A pesar de la imposibilidad de verse asiduamente, no temieron a la utopía que significaba su relación, ya que no tan solo la edad era inconveniente, sino una implacable diferencia social, ineludible en la rígida cultura de su pueblo. El era hijo de un jornalero, recientemente ascendido a peón de planta, mientras que ella provenía de un hogar sin mucha cultura, pero con una sólida posición en lo económico.

El propietario del almacén, y testaferro exclusivo de la industria del contrabando ocupaba un lugar de privilegio en la escala social, inmediatamente después de las autoridades locales, el clero y los grandes terratenientes.

Entre los meses de agosto y diciembre pudieron verse escasas veces, a escondidas, en lugares insólitos o inapropiados. Arriesgándose incluso a dejarse retratar por un fotógrafo de la Plaza de los Monseñores, a quien ella encomendó su reserva por el doble de pago.

Era la fotografía que Gregorio Mugíca conservaba con el cuidado de su propia vida.

Compartieron horas hurtadas a la mirada ajena, en la más frágil de las felicidades, y haciendo los ilusorios anuncios de los enamorados, sin que mediara entre ellos el meridiano oscuro de la realidad. Durante meses, revolviendo las piedras del arroyo, fatigándose en conquistar la cima de los cerros, vagando por las playas, escribiendo esquelas subversivas al orden patriarcal. Bebiendo vino de odre, fascinados de Góngora y Quevedo, ebrios de agua marina y arena transpirada. Llamándose en portales y graneros, con la sangre encendida y la angustia del tiempo fermentando la espera.

Hasta que una mañana pasó lo irremediable.

Américo Lastre, el padre de Ana Clara, recibió la noticia, y bramante de cólera dispuso la prohibición de que su hija abandonara la finca, bajo estricta vigilancia. Alguien los había visto la noche anterior, bajo la recova del Banco de la Agricultura.

Veintiocho días más tarde llegó el correo, con una carta de la muchacha, desde el fundo de unos parientes, detrás de la Alameda de los Campos Largos, donde su familia había optado por trasladarla, aduciendo evitar males mayores.

Los términos eran los mismos, una manifestación de amor, tan clara y decidida como las anteriores. En los meses subsiguientes solamente pudieron limitar sus comunicaciones, ella a escribir esquelas clandestinas, costosas y arriesgadas, y él respondiéndolas con el pensamiento.

El 28 de septiembre fue declarada la ciudad y campos aledaños en zona de emergencia, por la proliferación de los casos de peste. El pequeño hospital fue colmado de enfermos que pronto desbordaron la capacidad del cementerio local, y debieron derivarse a las playas, al norte del Río Blanco, para ser cremados.

Hacia fines de febrero su padre sufrió un ataque de fiebre convulsiva, mientras recogía los restos de la última cosecha, y fue trasladado sobre una mula hasta el hospital de campaña, improvisado por las damas de caridad en los terrenos linderos a la biblioteca pública, ante la negativa del ejército a hacerse cargo de la asistencia.

Era la peste.

Ana Clara viajó hasta las playas del Río Blanco, con la anuencia de su tía, quien comprendía su estado, para acompañar a Gregorio en la cremación de Próspero Mugíca, de cuyos restos mortales solo divisaron una tenue columna de humo, a cincuenta metros de distancia, debido a prevenciones sanitarias.

En el camino de regreso tropezaron varias veces con caravanas mortuorias que avanzaban rumbo a las playas.

La geografía del horror.

Las familias de relativa fortuna comenzaron a abandonar la ciudad, como ya lo habían hecho sus abuelos, medio siglo antes, a causa de la guerra civil. La familia Lastre se embarcó en un buque de la compañía maderera rumbo a Inti, una población costeña, y Gregorio alcanzó a ver a Ana Clara media hora antes de que soltara amarres.

Nunca más volvieron a verse.

Llovía con fuerza en la calle de los inquilinatos.

Benito Fraga, médico en residencia del Hospital General de Quilla, ordenó a la enfermera que retirara el biombo blanco al paciente de la cama 23, cuyos signos vitales habían cesado cinco minutos antes.

Alguien dejó caer suavemente la aldaba en el portal, y aguardó, mientras bebía el agua cristalina de la noria, al amparo de la brisa de jazmines del Boulevard Marino.

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