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“-Es
el robo perfecto, Olga. Sólo tenemos que coger el cuadro
y echar a correr. Una
pesadilla de la que todavía no he despertado. ¿¡Pero
por qué le haría caso!? ¡¿Por qué?! “La solución está en esconderlo durante unas semanas y después pasarlo a Londres, al submercado del arte” –me aseguró Hans con toda tranquilidad. ¡Unas semanas! Ya han pasado años... y todavía no se ha dado cuenta de lo que tenemos entre manos. Hans desaparece a primera hora de la mañana y no conoce las consecuencias de convivir con esta maldición. Se ha extendido la voz de que es un cuadro maldito y ¡no encontramos comprador que lo quiera! Además, he investigado por internet y corre el bulo de que el cuadro continúa una maldición que viene de antiguo: dicen que satán se aparece a determinados artistas para que le representen para la posteridad y que en este caso la amante de Edward Munch, Claire, una conocida actriz de la época movida por la curiosidad, se interpuso ante la satánica visión y que Edward en vez de representar a satán pintó el rostro de pánico de su amada, poco antes de morir de un shock psicótico... y que desde entonces la maldición debe continuar con nuevas víctimas. ¿YO? ¡El Grito es ensordecedor! ¡Últimamente no calla ni cuando estoy a su lado! Creo que me está volviendo loca a propósito, porque cuando Hans entra en la habitación donde escondemos el maldito cuadro el grito se vuelve llanto y entonces Hans me recrimina por mi mala disposición con él, pero es que ¡no he podido dormir en meses! La esperanza que me queda es que a Hans no se le da nada bien la pintura, aunque últimamente su nueva afición por la fotografía digital me deja un poco intranquila. ¡Ya vuelve a gritar! ¡Calla! ¡No conseguirás volverme loca! Creo
que la mejor solución será deshacerme de él
y devolverlo al infierno al que pertenece antes de que él
me lleve a mí. |
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