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Corría el año 98. Yo estudiaba en la universidad y se me dio por inscribirme en uno de esos cursos veraniegos que anualmente organiza la Menéndez Pelayo en Cantabria. Seminarios por los que te dan créditos de libre configuración para completar el curso académico, a la vez que te ofrecen la posibilidad de conocer una ciudad nueva casi por la cara y en plena época estival. Santander despertó en mí desde la primera vez que puse los pies en sus calles, un sentimiento de enamoramiento tal, que todavía no me lo he podido sacar de encima, de lo más profundo del corazón. Claro que, si he de decir la verdad, siendo totalmente sincera y probablemente a todos ojos, muy egoísta ¡tampoco estoy interesada en ello! Y fue precisamente allí, tras aquella tarde de charlas sobre prevención de riesgos laborales, cuando Alba, Ana, Estrella y yo corrimos hacia ti, hacia la protagonista de una de las actividades culturales que se organizaban en el campus de las Llamas, dentro del calendario semanal de actos. Recuerdo que cogimos uno de esos papelitos de publicidad de tu film en una mesa que había frente al comedor, cuando bajamos para almorzar, y que rápidamente acordamos asistir. Hoy tengo que darles las gracias a mis sevillanas, y a Alba, por haberme animado a acompañarlas aunque al principio estuviese bastante reticente. Porque ese instante en que empecé a meterme en la trama de A los que aman y sentí en carne propia la pasión que su directora transmitía a través de los personajes de la gran pantalla, fue especial. Sentí que me iba, que perdía literalmente, la vida. Mi vida sin mí llegó bastantes años después a mi ático friki de Santa Cruz. Cuando ya vivía “sola”. Una noche de fin de semana Enrique la trajo a casa, bueno, en realidad se la bajó pirata de Internet porque le había estado dando la vara para verla juntos en la súper tele que nos habíamos comprado para la sala. Así que lo hicimos a la vieja usanza: con palomitas, en invierno, helados de frío, el radiador pegado a las pantorrillas, mantas, muchas mantas…y casi casi a regañadientes, porque a él las películas españolas no le gustan nada. Dice que siempre tratan los mismos temas, esto es, sexo o la guerra civil y sus secuelas. Y si a esto le añades el hecho de que la Coixet no era muy conocida en nuestro país, que su cine se ponía al nivel de las más mediocres producciones independientes inglesas, que tenía fama de mujer fatal, feminista radical y lesbiana y que aún encima de hacer películas con guiones extrañamente originales no les ponía ni una triste nota de color… ¡que más quería yo! Pues lo que fue: Toda una retahíla de quejas durante el tiempo que duró aquel pase. Que si era demasiado lenta, que si era muy parada, que si no tenía ni una banda sonora decente, que si el tío era un mediocre, que si las niñas constituían el único encanto en la trama, que si la tía era una egoísta de los cojones…Pero bueno, supongo que al final con lo que me quedo es con el hecho de que la historia, al menos, no dejó indiferente a Enrique. Incluso podría decirse que le chistó. ¡Sí! Definitivamente a mi Enrique, Isabel Coixet, le gustó. Eso sí, el siguiente título fui a verlo con su madre. La vida secreta de las palabras coincidió con el inicio de campaña de navidad en la juguetería en la que trabajaba por aquel entonces. Estrenaba chaqueta a cuadros de colores con capucha picuda, trabajo en gran superficie y el vehículo motorizado de la persona que me venía a recoger, que no era otra que la madre de Enrique: Leonor, familiarmente Leo, con la que llevaba planificando aquella salida desde hacia semanas. Así que con un frío de perros, gente y más gente accediendo tanto a pie como en coche al área comercial por culpa de un espectáculo acrobático de motocicletas y algún que otro eurillo en mi nuevo monedero de tarta de fresa, me subí al pequeño Suzuki Alto azul metalizado de mi por lo pelos, suegra, y allá me fui a tu encuentro. Dos vueltas a la ciudad a toda pastilla, un “casi choque” en un semáforo de una de las principales arterias de la ciudad, la omisión de tu buen nombre y película de la mayoría de las salas disponibles de A Coruña, lograr aparcar en algo más de media hora junto a una columna sin mirar y un “clave de los buenos” traducido a nueve euros por diez gominolas, dos chupas y otros tantos botellines de agua en la tienda de los cines, me dieron más ánimo y valentía de lo normal. ¡Y es que si tantas cosas estaban saliendo mal y tantos impedimentos habíamos tenido que sortear para llegar hasta ti, eso tenía que significar algo a pelotas! Y al final, mira por donde, lo conseguimos, y a las diez y media estábamos sentadas, cual estatuas de sal en los pasajes del antiguo testamento, en la séptima u octava fila de anfiteatro de los Filmax, dispuestas a gozarte. Algo que ocurrió desde el principio. Desde que ella apareció en la pantalla y en mi vida. Desde que él la miro con ternura y poco a poco fue descubriendo su interior, los peligros, los gozos y las lágrimas de su particular historia. Desde que ella salió de su caparazón, de su coraza de mujer del medievo para enfrentarse al día a día y a su cruel pasado. Desde que nuevos personajes entraron en escena para darle sabor a la narración, para hacer visibles las sensaciones de sus protagonistas, para hacerlos reflexionar sobre su forma de comportarse o simplemente para estar allí porque allí tenían que estar. Desde ese momento mismo, nuestro encuentro fue brutal. Un final previsible, aunque totalmente inesperado. Una sensación de que mierda y que bonita es la vida, de que todo problema es relativo en tanto es comparable a otro de mayor calibre, de que muchas veces nos preocupamos por cosas insignificantes, de que hay gente que lo ha pasado y lo sigue pasando mal, de que tenemos que ayudarles, ayudarnos mutuamente aunque no sepamos cómo… todo ese cúmulo de impresiones causaron en mi un efecto efervescente tal, que lo que finalmente consiguieron fue que los latidos de mi corazón caminasen por siempre, a la par de los tuyos. Pero a las doce se acabó, como el cuento de cenicienta. Así que salí de aquella sala repleta de tu esencia y volví a mí. …Aunque por poco tiempo. Un par de meses después llegaría a la ciudad tu primera obra como directora teatral: 84 Charing Cross Road. Pagué dieciséis euros como una campeona por Internet por una butaca de tercera fila, vía a través de la cual me enteré de tu visita al noroeste peninsular, otra clavada más de chuches, esta vez a las puertas del teatro, y los desafortunados comentarios de tres señoras de mediana edad que se sentaban detrás de mi y que a parte de no tener ni idea de cómo se llamaba la obra o su argumento no sabían ni quién eras. Al final llegué a deducir que debía de tratarse de esas “amantes queda bien” del teatro, que por ganarse el respeto de los suyos acudiendo a espectáculos de tan magna categoría (eso en latitudes meridianas como la mía) compran un abono anual sin un por qué definido, a no ser, y me repito, por el mero hecho de cobrar cierto interés en su entorno de amistades. ¡En fin! Años posteriores a la Segunda Guerra Mundial: Helene Hanff, Carme Elías, una mujer neoyorquina, inteligente, culta y solitaria atrincherada en su pequeño apartamento repleto de libros hasta el techo. Londres: una ciudad en donde todavía pueden verse los cráteres dejados por la virulencia de las bombas caídas sobre el asfalto, y Frank Doel. Un inglés, encarnado por el actor español Josep Minguell, reservado, meticuloso, trabajador y casado con una mujer casi tan callada como él. Una historia de libros, autores olvidados, penas, alegrías, esperanzas, sueños y regalos por correspondencia que durará veinte años. Un vínculo que les une, el amor por los libros, que permitirá que el espectador desde su butaca logre infiltrarse desde el principio y muy poco a poco en sus vidas, en sus confidencias, en esas altas dosis de intimidad entre los dos: Frank y Helene, Carme y Joseph. Una historia de amor y de amantes, separados por un océano, que ninguno de los dos se atreverá nunca a franquear. Recuerdo que salí de la representación, aquel frío sábado por la noche, con un nudo terrible en la garganta. Con un sabor a amargura exagerado, con una sensación de impotencia contenida, con una pena máxima en el alma, con furia desgarrada. ¿Por qué?, me preguntaba. ¿Por qué la vida tiene que ser tan cruel? Y con esa sensación me fui a casa y con esa misma sensación vivo a veces el día a día. Con la impresión de que el camino de la vida, en numerosas ocasiones, es extremadamente cruel. Hoy he entrado en tu Web Isabel, en tu sitio oficial: www.isabelcoixet.com y me he dado cuenta de que aunque a través de tu obra, o de los fragmentos y reseñas que he podido leer sobre ti te entreveo de alguna manera, aún me queda mucho para saber a ciencia cierta quien eres o qué es lo que buscas realmente en esa continua exploración de los sentimientos y las sensaciones más intimas del ser humano. Te intuyo dulce, tierna, apasionadamente pasional, triste, huidiza, comprensiva, oscura y clara, sol y lluvia, inteligente, luchadora, vital, desgarrada, trabajadora, picante, letal… Pero, ¿que más hay detrás de esa escurridiza mirada? Películas tuyas, para mí hasta ahora desconocidas, como: Demasiado viejo para morir joven o Cosas que nunca te dije, spots televisivos como el protagonizado por Leonor Watling para Evax, Repsol, Páginas Amarillas o videoclips musicales como el de Marlango y su éxito “It´s all right”. Las columnas de Miss Wasabi, ¡esa eres tú!, o tus recomendaciones personales para que seguidoras como yo degustemos un buen bocata de Nutella, nos leamos a Toby Litt o Pedigree de Patrick Mediano mientras escuchamos el CD de I am a Bird Now de Anthony And The Johnsons, hacen sin duda que te sienta más cercana, más real, menos reina… ¡Que lo eres! Esta mañana, mientras hacía la cama, especulaba sobre lo extraordinario que sería poder conocerte personalmente, y reconozco que hasta me he regodeado en ese pensamiento unos segundos, quizá minutos u horas…, aunque de inmediato me ha venido a la cabeza una nueva idea: Amores como el nuestro (entre comillas) al igual que el de los príncipes y las princesas de los cuentos, o como el de Helene y Frank Doel, deberían vivirse eternamente en la distancia, entre las paredes del respeto y la ilusión, la admiración profesional y personal, y sobre todas las cosas, en la intimidad… ¡Y es que las distancias cortas acaban tantas veces con las buenas impresiones, con la magia del enamoramiento!, ¡que es mejor así! Enhorabuena, por cierto, por esos cuatro Goya con los que la Academia de Cine Español ha reconocido este año tu trabajo: Mejor Película, Dirección, Guión Original y Producción para La vida secreta de las palabras. Ahora a esperar a por uno de los capítulos de ese film colectivo en el que participas Paris, je t´aime y por tu siguiente proyecto, un documental producido por Javier Bardem para Médicos Sin Fronteras en Bolivia dedicado a la enfermedad de chagas. Pero… ¿para cuándo otro largometraje? Por
esto y por todo lo demás, gracias Isabel. Gracias por hacer
que Enma también tenga una vida secreta en su anónimo
domicilio de una calle del Nogal número diez de una ciudad
cualquiera. Ella y yo te lo agradecemos infinitamente. |
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