(Isla
Negra con Neruda y Mozart al fondo)
Hubo
músicas quietas en toda la Isla Negra,
conciertos de violín o suaves arias.
Eran las melodías que traían las olas
de forma apresurada hasta la misma orilla,
alguna serenata con el olor del cielo
y bucólicas frases llegando de las flores
o las sonatas tristes para amores lejanos.
Todo tuvo una vida de leyenda y de lágrimas
mezclándose las voces de los cañaverales
con los versos modélicos que Neruda escribiera::
“Mi corazón sombrío te busca,
sin embargo,
y amo tu cuerpo alegre, tu voz suelta y delgada”.
Sigue el piano cálido elevando sus notas
mientras las aves pasan en ordenado vuelo.
O venían del sur hacia Valparaíso
o iban hacia el sur desde el norte brumoso.
Pero la claridad vivía en los escotes,
en el aire sutil de perfumes intensos,
en una embriagadora sutileza de los labios cercanos.
Nada sería igual después de un mediodía
con las gaviotas blancas dibujando en las nubes
el mas bello horizonte que el poeta inventara.
En los limpios rincones renacen sinfonías,
se acarician teclados, aparece Salzburgo
con toda su armonía de senderos azules,
la inquietante odisea de música en el aire.
Regresan las historias para inventar jardines,
las mujeres espléndidas y su sabor de bosque,
el terco privilegio de furtivos encajes.
Hay preciados arbustos que escucharon las quejas
que el amante cercano escribiera en los árboles:
“Oh carne, carne mía, mujer que amé
y perdí,
a ti, en esta hora húmeda, evoco y hago canto”.
Y es el canto solemne de pájaros veloces
o de esas mariposas de juego itinerante.
Pero en la casa abierta al deseo y al tiempo
alguna eternidad sigue dejando notas,
los romances espléndidos para escuchar a solas
o la sabia ternura rebosando en las sábanas.
Eran discos antiguos, de vinilo o milagro,
llenando de alegría el bar donde Neruda
ofrecía sus cócteles y el humo empedernido
de cigarillos turcos o de habanos de Habana
quedaba en el frú-frú de trajes de París
de curiosas mujeres deseadas y hermosas
o en la ropa de fiesta de algunos visitantes.
Se estremecen los libros, caracolas, botellas.
La música regresa a los mundos de siempre,
colecciones de lápices, zapatos, los dibujos,
escaleras, los espejos abiertos al azul infinito;
a ciertas lencerías de la pasión perfecta,
a pechos encendidos que huyen de la ventana.
Y luego regresamos a los versos ansiosos
del amor prometido, de la imprevista dicha,
a la experiencia grave de Neruda y su pluma:
“Amo lo que no tengo. Estás tú
tan distante”.
Es cuando algunas horas largas amanecen felices,
se hacen permanentes, tienen calor de almohada,
con delirio de noches ganadas a la vida,
y el amor como siendo elixir obligado.
Hay olores a sauce, a mujer, a nostalgia.
los ríos discurriendo por las intimidades.
Cuando viven los versos y la música acude
a los lechos de miel y de genciana
ya sabemos que Mozart vive al final del cuadro,
que aparece el consuelo en todos sus violines
y en esa fuerza árida de su intenso piano.
Junto a los mascarones de proa, a las pastas de té,
al licor y el diálogo, existe el universo
de eucalipto y rocío, de fiebre y lluvias nobles.
Una bella azafata, con transparencia de ángel,
va escuchando en silencio acaso ensimismada
un aria solitaria frente a las olas solas
mientras abandonados ciertos lápices verdes,
trozos del sur de Chile, quedan en las mesillas
o dando testimonio de la grafía intensa
de barcos o retratos de amigos memorables..
Los pelícanos grises llegan al fin ansiosos,
pretenden descender a la rocosa playa
y un aire de ponente les sigue aconsejando
ese batir de alas hacia sitios más quietos.
Allí queda la vida, cerca de Cartagena
donde también Huidobro parado ante el Océano
sigue mirando al mar de manera incesante.
Y quedan los sonetos, las tardes de concierto,
las enaguas que tiemblan ante el sexo esperado,
las mujeres vibrando de pasión y de lluvia,
profundos adjetivos para futuros leves.
El poeta respira gracias a los sonetos,
a los muchos recuerdos que trajo de otras tierras.
Arpas de primavera dejan en las paredes
sonidos infantiles rodeados de silencio.
El hombre permanece en todas las memorias,
mezcla pubis y rosas, escucha enamorado
margaritas risueñas en tierras solitarias,
enaltece campanas, abandonos y mástiles.
La Casa de las Flores de su Madrid querido,
que una pérfida guerra le robó algún
verano,
ha quedado en los muros del marino refugio.
Siguen las melodías con perfumes de Holanda,
visitantes de Europa van rescatando versos,
consumiendo martinis y un perfumado vino
cuando algunas guitarras acompañan airosas
las canciones de amor, los momentos más íntimos.
Vigilante el caballo que llegó de Temuco
es firme cancerbero de un paraíso antiguo
aunque las melodías siguen enalteciendo
los cuartos prodigiosos, la geografía dulce
de tanta Isla Negra rodeada de siglos
junto a la poesía, junto al mar y sus vientos.
“Es la hora de partir. Oh abandonado!”.