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La literatura ha inspirado a escultores, como Rodin y sus puertas del infierno dantescas, a los pintores renacentistas y sus fábulas mitológicas, al cine, con su facultad tanto narrativa como lírica, a los pintores prerrafaelitas, a las ilustraciones de Edward Burne-Jones y William Morris, a la famosa y meritoria hibridez artística del poeta y grabador William Blake, pero sería muy interesante acotar el campo de relaciones entre las artes y la literatura a la interacción vehemente e intensa, amén de las precedentes descripciones vivaldianas en el barroco, de la literatura en una época y con un arte determinado: en la época romántica y su música. Indagaremos, pues, sumariamente cómo la música romántica se inspiró y dialogó con el bullente quehacer literario de aquella misma edad estética. En la elaboración teórica del romanticismo, en el núcleo de los Schlegel, o en el prerromanticismo del Sturm und Drang y sus influencias, sobre todo en Inglaterra, hubo un ambiente de estrategia de música averbal -pensemos, por ejemplo, en la estética musical hoffmanniana-; en cuanto a la literatura, igualmente que las otras artes, corría al albur de lo subjetivo, apasionado, sobrenatural, lo ilimitado. Y los románticos musicales creían que la música instrumental era capaz de llegar a este absoluto e ilimitado, estética muy en boga en los filósofos, teóricos y artistas de este periodo artístico. La literatura, entonces, en la gestación filosófica de la música, no era tenida en cuenta por la teoría. Sin embargo, los compositores románticos, la praxis creativa, tendrían por muy importante a la verbalidad musical, la inspiración literaria, la instrumentación hablada y cantada de la vocalidad liederística, por ejemplo. La relación, en fin, entre literatura y una de las artes: la música. Serían ellos, en la creación musical, los que a las complejidades de la armonía, el ritmo, la melodía, acercarían la palabra artística; cuyo ritmo, armonía y melodía también propone la rica complejidad del maridaje entre las letras y la música. Combinación que permitieron los textos de poetas como Heinrich Heine, Goethe y otros; autores, pues, que tuvieron una gran resonancia musical entre los creadores de canciones del género pianístico. Goethe, recordemos, entre sus muchas actividades, tocaba el piano y conoció al pequeño Mendelsohnn; sus logros poéticos, canonizados luego de la muerte de Schiller, serían los predilectos por la lírica melódica culta del XIX. Canciones de erudición popular, digamos, cuya fusión músico-literaria, en especial en el ámbito del teclado, sería muy popular en tierras germánicas, región melómana por excelencia, y con una importante apoyatura literaria muy apta para la relación entre estas artes. Señalemos que en lo referente a esta apoyatura de índole poética que tuvo la música, Alemania había estallado ya en su clasicismo literario, valga la paradoja, con el prerromanticismo del Sturm und Drang -que por cierto influiría en la poiesis compositiva de Haydn y Beethoven-. La fuerte implantación de esta notable literatura nacional alemana, dejaría todo un limo intercreativo, muy aprovechable para el lied o música lírica textual. Ello sería un hecho célebre, por ejemplo, en las conocidas schubertiadas: reuniones donde se escuchaba a los textos liederísticos musicados por Schubert; un banquete artístico al que acudían varios personajes de distintas facetas estéticas, entre los que encontramos, desde luego, a literatos como el ilustre Grillparzer. Ello demuestra no solamente la afición teórica entre los músicos y escritores de la época, sino incluso cierta afectividad filosófica entre ambas artes y las filias biográficas de sus respectivos creadores. Los escritores de entonces, en su melanomanía, no solamente eran amigos de los músicos -como la célebre pasión mallorquina entre George Sand y Chopin-, pues muchos además se dedicaron a la crítica musical; es el caso del ya mencionado Hoffmann, notable en su doble faz de músico y literato. Otros, a la inversa y acusando el vehemente diálogo músico-literario de la época, amén de sus fuertes influencias literarias, se dedicarían plenamente a la música, aunque sin perder sus raíces puramente verbales. Es de recordar, al respecto, a la importante cultura libresca de Robert Schumann. Él es otro de los autores más ilustres de la poesía lírica germana, asentada por el pianismo liederístico en su hábil comunidad con el acto literario. Más allá de la intimidad de las piezas de los lieder, tenemos a la grandiosa música literaria, llamémosla así, de Richard Wagner, con quien el romanticismo, mediante su drama musical, llega a su culminación. Su música, en efecto, asume un papel literario en el que disiente con los lieder, donde los autores musicales optaban por textos literarios preexistentes y cercanos en el tiempo. Wagner, en cambio, aporta toda la herencia literaria más lejana, donde se hunden las leyendas cosmogónicas, donde el inicio humano adopta lo fantástico y la fábula, para ser llevados de la mano por la apuesta revolucionaria wagneriana en el teatro y la estética en general. El drama musical wagneriano, ya que era algo más que una ópera, fue, por otra parte, capital para la relación no solamente entre la literatura y las otras artes, sino entre todas las bellas artes entre sí. Allí, el texto literario dramático, a diferencia de la ópera canónica, sostendría un papel importantísimo; la música de Wagner, en efecto, toma de la mano a la literatura y la eleva a un sitial notablemente esencial: la música utilizada como si fuera una literatura, la literatura que se confunde con el conjunto del resto de las artes que el drama musical no se resignó a omitir. Y es que Wagner quería retornar a la palabra trágica griega, donde danza, escultura, literatura o poesía, pintura y música se habían unido en la Obra de Arte Total. Como a nosotros nos importa el lazo puramente literario, es dable señalar que dicha Obra de Arte Total wagneriana, además de la música, tiene, sin embargo, una apoyatura extramusical más específica: precisamente, lo hemos indicado, la literatura de la edad media germánica. Es ésta, pues, una interesante apuesta de totalidad estética, que llevaría a la música el campo literario del viejo sabor del áspero norte, con un sentido de trascendente génesis cósmica y nacional de dicho corpus de estética total. Y Wagner, en su calidad de músico, también poetiza, igual que los bardos o las líricas musicadas de la antigua Grecia. Es dicho drama, también, una palabra poética que crea una atmósfera trascendente, ilimitada, de absolutismo artístico. Una poiesis ambiciosa, expansiva, cuya vehemencia telúrica es también relacionable, en cuanto a su mística híbrida, con otro género que se desarrolló en el romanticismo. Respecto a ello, se ha dicho que la música del romanticismo quería ser verbal, literaria, pero dichas características también se exhiben en otros aspectos mucho más sutiles y ricos. Sucede cuando el verbo enmudece, cuando la música, por sí misma, es capaz de obrar a la literatura. Pues los instrumentos de la llamada música programática, en efecto, no solamente intentaban hablar, o describir; en este género los instrumentos, también y en un sentido más profundo, poetizan y hacen literatura bajo la égida del sonido de evocación verbal. Sería éste el intimismo y diálogo más misterioso de la música y la literatura: el programa musical hecho literatura, y su poema sinfónico. Berlioz y Liszt, padres y tutores de este género, podemos apostar a que fueron poetas y literatos instrumentales. Ellos realizarían a la música de programa -la música avocal que sugiere el orden lingüístico-, enriquecida en sus sonidos no solamente con las características verbales ya dichas, sino también con una lírica emoción; una creación donde la palabra del silencio se hace arte, donde los instrumentos hablan y revelan literariamente. Allí, la música adopta su literaturidad en un campo más trascendente. La literatura, en manos de los músicos programáticos, opta por un discurso, valga el oximoron, mudo. Es el silencio del habla ante la imaginación verbal y literaria, es el extremismo de las capacidades líricas y expresivas de la música; acaso, pues, ello muestra la facultad semántica que tiene, de hecho, toda obra de arte. Y, además, más allá de Wagner, Schubert, Heine, Goethe, podremos contar con otro autor romántico para la música y la literatura: Edgar Allan Poe. Poe, en su famoso cuento La caída de la casa Usher, habla de un hombre enfermo, que solamente aguantaba el sonido de los instrumentos de cuerda. En efecto, Roderick Usher compone canciones, acompañadas por una guitarra. Dejemos que la literatura misma, pues, sea la que nos vaya ayudando en el punto final respecto a la relación de ella misma con la música. Roderick Usher, se sabe, cede en su razón así como cede su casa solariega. Como Roderick Usher en el cuento de Poe, que solamente respetaba el sonido en su cualidad musical, hay literaturas, como la épica germánica, las poesías de Heine o Goethe, o el misterioso indicio literario programático, que acaso tengan una de sus razones de ser en la práctica y poética musical, razón de ser que nuestras artes de hoy día parecen asentir con total éxito popular. Usher, pues, musicaba sus dolidas creaciones líricas para su anfitrión narrador; hoy, las grandes estrellas músico-literarias, con su ambidiestra catarsis, nos permiten, acaso, saborear mejor a nuestros días. Puesto que en la actualidad, en efecto, extrapolando concisamente el análisis por fuera del romanticismo y para ir concluyendo, los músicos populares prosiguen abogando por el maridaje entre la música y, aunque algunos no lo acepten, la literatura. Sus multitudinarias creaciones son, junto al cine, las más populares de las artes actuales. Y la popularidad de este arte híbrido, como las bandas sonoras de la narrativa cinematográfica, es una muestra más del muy factible y trascendente diálogo y relación entre la literatura y otras artes como la música; esa mixtura más específica, como en parte de la antedicha Obra de Arte Total, que nos ha ocupado en la escritura de este ensayo. Dicha exitosa doblez, en fin, es por la que apuestan los textos de la música popular, haciéndonos olvidar, todavía hoy día, a los padecimientos de la vida diaria, sea en el romanticismo como en nuestra modernidad y su áspero siglo XXI. |
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