| Ensayo | Artículo opinión | Reseña crítica | Narrativa | Poesía | Clásicos | Lingüística |
|
Era mediodía y estaba solo. Demasiado solo para darme cuenta de que me pesaban los pies de tanto caminar. El sol lucía extrañamente fuerte y mis ojos lloraban, no sólo por el reflejo, tan intenso, de esa luz mediterránea. Demasiado radiante para acompañar mi abandono. Me dejé llevar por los pasos de una pareja de jóvenes ansiosos de amor. Los imité sentándome en la mesa de al lado. Entre risas que dañaban, pidieron una paella. Mientras, yo me mantenía con dos cervezas. El
camarero insistía: Creo
que el muchacho pensó que un par de cervezas no eran suficientes
para ocupar una mesa a esas horas. Había gente esperando. Apenas acabé de pronunciar la frase, un aroma cálido llegó hasta mí. Un aroma mezcla de mar y azafrán que me evocaba recuerdos familiares. Veía a mi madre sofriendo el pescado, los mejillones, la bachoqueta. Recordaba a mi abuela arrojando, con un arte ensayado, el garrofón. Y, por último, el arroz. Esos granos prodigiosos donde se proyectaban todos los sabores. Unos granos que adquirían el color de un sol siempre festivo, como tal era el acontecimiento dominical que nos congregaba. Reflexioné
un momento. Era domingo. Y no había nada que me impidiese
degustar mi plato favorito. Nada excepto mi empeño en castigarme
por la reciente ruptura con mi novia. Ella era preciosa; pero nunca
llegó a entenderme. Por eso me dejó. Harta de mis
actitudes “inmaduras”, eso dijo, porque yo no sabía
lo que quería y debía definirme, concluyó.
Quedé confuso. Le dije que lo pensaría, lo cual ella
tomó como un rechazo porque “no merece la pena seguir
si tienes que pensártelo”. ¡Menudo carácter!
Y se fue. Luego la eché de menos. Paseé por la orilla
de la playa y me dejé llevar. Hasta que una paella despertó
mis sentidos más golosos.
Era como si todos mis sentidos despertasen ante aquel vaho irresistible. Esperé plácidamente, con la calma proporcionada por la brisa mediterránea. Con ese infinito placer producido por la dicha del instante. Observé durante unos segundos a la tierna pareja y volví a echar de menos a mi novia. Pero no demasiado. Pronto me acechó ese egoísmo del momento que no iba a compartir con nadie. Imaginé el sabor. No tenía que tapizarlo con las palabras de amor que ella hubiera esperado oír.
Afortunadamente no estuvo allí. No pudo ver cómo yo
cerraba los ojos para poder saborear con auténtica gula aquellos
granos dorados y crujientes. No pudo ver mi rostro auténticamente
ansioso cuando mastiqué con avidez la parte más carnosa
de la cigala. No pudo ver cómo resbalaban unas gotas de vino
por mi barbilla, casi abobado como estaba, entregado ciegamente
al más primario de los placeres.
|
|
|