VOLVER

Ensayo Artículo opinión Reseña crítica Narrativa Poesía Clásicos Lingüística

M. Ángeles Chavarría

La Paella

Era mediodía y estaba solo. Demasiado solo para darme cuenta de que me pesaban los pies de tanto caminar. El sol lucía extrañamente fuerte y mis ojos lloraban, no sólo por el reflejo, tan intenso, de esa luz mediterránea. Demasiado radiante para acompañar mi abandono.

Me dejé llevar por los pasos de una pareja de jóvenes ansiosos de amor. Los imité sentándome en la mesa de al lado. Entre risas que dañaban, pidieron una paella. Mientras, yo me mantenía con dos cervezas.

El camarero insistía:
- ¿No quiere nada más, señor?

Creo que el muchacho pensó que un par de cervezas no eran suficientes para ocupar una mesa a esas horas. Había gente esperando.
- No. No me apetece nada más.

Apenas acabé de pronunciar la frase, un aroma cálido llegó hasta mí. Un aroma mezcla de mar y azafrán que me evocaba recuerdos familiares. Veía a mi madre sofriendo el pescado, los mejillones, la bachoqueta. Recordaba a mi abuela arrojando, con un arte ensayado, el garrofón. Y, por último, el arroz. Esos granos prodigiosos donde se proyectaban todos los sabores. Unos granos que adquirían el color de un sol siempre festivo, como tal era el acontecimiento dominical que nos congregaba.

Reflexioné un momento. Era domingo. Y no había nada que me impidiese degustar mi plato favorito. Nada excepto mi empeño en castigarme por la reciente ruptura con mi novia. Ella era preciosa; pero nunca llegó a entenderme. Por eso me dejó. Harta de mis actitudes “inmaduras”, eso dijo, porque yo no sabía lo que quería y debía definirme, concluyó. Quedé confuso. Le dije que lo pensaría, lo cual ella tomó como un rechazo porque “no merece la pena seguir si tienes que pensártelo”. ¡Menudo carácter! Y se fue. Luego la eché de menos. Paseé por la orilla de la playa y me dejé llevar. Hasta que una paella despertó mis sentidos más golosos.
- Quiero una así –le dije al camarero que rondaba altivo, con un gesto que a mí mismo me pareció simpático.

Era como si todos mis sentidos despertasen ante aquel vaho irresistible.
- Muy bien, caballero, pero imagino que la querrá para un comensal.
- Evidentemente, ha hecho usted muy bien en puntualizar –sonreí con ironía.

Esperé plácidamente, con la calma proporcionada por la brisa mediterránea. Con ese infinito placer producido por la dicha del instante. Observé durante unos segundos a la tierna pareja y volví a echar de menos a mi novia. Pero no demasiado. Pronto me acechó ese egoísmo del momento que no iba a compartir con nadie. Imaginé el sabor. No tenía que tapizarlo con las palabras de amor que ella hubiera esperado oír.

Afortunadamente no estuvo allí. No pudo ver cómo yo cerraba los ojos para poder saborear con auténtica gula aquellos granos dorados y crujientes. No pudo ver mi rostro auténticamente ansioso cuando mastiqué con avidez la parte más carnosa de la cigala. No pudo ver cómo resbalaban unas gotas de vino por mi barbilla, casi abobado como estaba, entregado ciegamente al más primario de los placeres.


©Realidad literaL
Actualidad Crítica - Ensayo - Poesía - Narrativa - Clásicos castellanos - Lingüística- Clásicos universales