| Ensayo | Artículo opinión | Reseña crítica | Narrativa | Poesía | Clásicos | Lingüística |
|
|
CEREZO
ROSA |
Nacer en el mes que las cerezas estaban en sazón, pudo ser decisivo a la hora de elegir esa fruta como la predilecta. Cuando apenas contaba seis años, observaba el color rojizo de las ramas que anunciaban otra estación plagada de divertidas meriendas y despertares infantiles. Leocadia, se complacía tomando las cerezas, de dos en dos, prendidas por el rabo, y las colocaba sobre las orejas a modo de pendientes. Movía la cabeza hacia un lado y otro para percibir el balanceo del fruto sobre su piel, mientras comía de manera apresurada el manojo que su abuela le había puesto en una servilleta, y salía a jugar con otras niñas del pueblo. A partir de los diez años, la merienda se convirtió en una batalla de huesos lanzados con buena puntería, los niños corrían tras ella con el maquiavélico plan de levantarle la falda con un palo. Leocadia triscaba por el campo y reía satisfecha cada vez que hacía blanco en un contrincante. “¡Puagggg... tienen babas!”, decían los heridos con cierta repugnancia. Cada año, la llegada del mes de junio alborozaba a la niña que empezó a ser consciente de que ella, además de cumplir años, cumplía cerezas. A los doce, jugaba con Antonio al “tiro”: él abría la boca y ella intentaba colar el mayor número de cerezas entre las fauces de su amigo y luego, era él quien lanzaba el carnoso proyectil a la boca de Leocadia. Más de una vez atinaban en un ojo, o la fuerza desmedida del chico hacía que el juego terminara con un enfado pasajero y una merienda desparramada por el suelo. Se enamoró por primera vez un mes de Junio y las cerezas pasaban de una boca a otra boca en un juego de sensaciones granates y jugosas. Lo de menos era la fruta que servía de pretexto para descubrir la piel ajena y la propia. Algunas estaciones más tarde se le llenó el vientre de cerezas para alimentar nuevas vidas y olvidó que el mundo seguía girando a otro ritmo distinto al que ella había elegido. Y siguió cumpliendo cerezas... Su capacidad de asombro se vio desbordada por la inmensa primavera que pugnaba por reventar en su cuerpo. Quedó muda, una tarde, mientras su corazón cantaba: “quizás no diga nada, porque el otoño ha llenado mi boca de cerezas y su sabor me deja sin palabras”... Hasta que un día, con el peso de la experiencia en la mirada, durante una cena (casualmente, era Junio) comprendió el verdadero mensaje de las cerezas. El vino ayudó a despertar su paladar, un tiempo de vals acunó sus deseos de vivir, tomó las cerezas en un ritual mágico que la transportaba lejos, muy lejos de allí. Introdujo la brillante, suave y roja cereza en su boca, con suma precisión la dispuso entre los dientes y presionó con cuidado... La lengua, descubría la sensualidad del zumo en su punto de azúcar y ácido justo. Con los ojos cerrados, se abstrajo de todo cuanto la rodeaba. No le importaba lo que sus amigos pensaran de ella. En ese momento supo que la vida era como esa cereza y había que tratarla de la misma manera. Masticarla sin prisa, tragarla con suavidad, saborearla como el buen vino, percibir el aroma, fijando su esencia. Morder con cuidado el fruto para evitar lastimarse con el hueso, y luego deshecharlo con indiferencia. Exprimir la sustancia de lo bueno y compartirlo. Leocadia, cumplió tantas cerezas que llegó a centenaria, cada junio, pudiera ser más sabia, cada sabor, más intensa, cada acontecimiento, más vida, cada decepción, más fuerza... Dejó escrito que para recibir sus restos emplearan una madera de cerezo sin barnizar, que en su funeral tocaran “Cerezo Rosa” en versión de Pérez Prado, y luego la llevaran al lugar donde descubrió que las cerezas son algo más que un fruto de temporada. |
|
|