| Ensayo | Artículo opinión | Reseña crítica | Narrativa | Poesía | Clásicos | Lingüística |
|
DOS
TEXTOS EN UN VOLUMEN O SU PLATO FAVORITO |
Tal vez, como dice el tango: “Tal vez, será mejor intentar empezar desde el principio”. Buscaba en los bolsillos el tabaco. No lo encontré jamás. Recordaba haberlo recogido al salir del despacho. Me pregunté qué habría sido de él, cuál sería el final de aquellos cigarrillos, en los labios de quién se habrían quemado, ¿con manchas de carmín?, ¿un borracho en la calle?, quizá bajo la lluvia, deshechos en el fango de alguna alcantarilla. Rebusqué; no había ni un cigarro en los bolsillos. Comencé a revolver por los cajones, la noche era fría y no quería bajar a comprarlos. Continué buscando algunos de esos que, a veces, se quedan olvidados. Fui hacia la librería y junto a una revista, por fin pude encontrar el tesoro buscado. Esto que os he contado es antes del principio –un principio avanzado– porque el principio fue cuando buscando los cigarrillos, mi atención quedó fija en un libro, en el lomo de un libro, con nervios y con hierros, ligado en plena piel, con los cantos dorados. Un título sobre tejuelos rojos: “Diario”, y un nombre de mujer. Formaba parte éste de un grupo de libros encuadernados de manera distinta: en rústica o en tela, algo ajados, con manchas de humedad en sus portadas. Era el legado de un familiar mío, que había recibido hacía tiempo. Lo cierto es que hasta ese momento no lo había vuelto a recordar. Cogí el libro con cierta curiosidad y busqué un sillón cómodo. Tenía tiempo de leer. Acaso ello me inspirase para encontrar la genial frase que esa misma noche esperarían de mí: algo nuevo y seductor. Cada día hay que inventar una idea nueva. Tomé el libro impecable y al abrirlo, observé que estaba manuscrito con letra de mujer. Me extrañó y distanciadamente leí el ritmo de las frases, lento y rebuscado. Era un libro de mediados del siglo XIX. Era un diario vacío, “literario” y forzado; frases encorsetadas se sucedían lentas, y decían muy poco que tuviera interés. El típico diario, como no sé quién dijo, escrito para un público imaginado, aún antes de nacer. Y esta mujer, mi antepasada, anónima y lejana, citaba sus encuentros de anécdotas triviales, un mundo caduco, amarillento. No se veía el tiempo a través de su historia, se entreveía ella, sus ansias de quedarse por siempre en el recuerdo. Aunque tampoco este, tal vez, sea el principio. Porque todo empezó cuando acabé el diario... Después de este escrito, varias hojas en blanco marcaban un respeto al texto que seguía. Pensé: “dos textos diferentes en un mismo volumen”, otro tipo de letra, aunque del mismo tiempo. Era una letra culta, parecía no tener interés en que pudiera entenderse lo que allí estaba escrito, la letra de otra mano de mujer. Leía con dificultad, intentando descifrar palabras mientras que aumentaba mi curiosidad. De pronto me encontré, cómodo en el sillón, con el libro muy cerca de la luz, mirando el texto absorto. ¿Qué era aquello? Decía “Le rôti à la mode”. Me sumergí en el tiempo. Imaginé un fogón, una cocina decimonónica. Comencé, en el silencio, a intentar transcribir la receta, con la pasión de un paleógrafo. El placer consistía en descifrar los signos, como un mármol antiguo, con raras inscripciones, que hay que reconstruir. Aquello me produjo un placer doble cuando traté de imaginar cómo sabría. Observé la contraposición con el texto anterior, aquella letra clara, con el que página tras página, repetía una idea superficial y vaga. Estos signos complejos hablaban de medidas, pesos, datos concretos. Olvidé los cigarros e intenté transcribir en una hoja el texto. Sí, era una receta. Sería perfecta para la cena de esa noche. ¿Qué mejor que una cena al estilo del siglo XIX? Leí despacio. Evidentemente era una receta, un texto de cocina que comenzaba así: “Cuando
la brasa esté llameando, se rocía la carne con grasa
de manteca y diversas especias (orégano, hojas de salvia fresca,
pimienta, semillas tiernas, dejándolo dos horas en sazón.
Se traspasa el cordero con el hierro del soporte, el cual servirá
de eje para ir dándole vueltas sin dejar parte alguna. Parecía exquisito. “La alimentación es la generación”, pensó. Era un acierto. Podría impresionar y conseguir atraer, no solo la atención, sino también el estómago de su superior. Cuidadosamente transcrita la receta, se la daría a su mujer. Todo aquello incitó a pensar en los detalles. Rememoró escenas que desarrollaban toda la liturgia de los banquetes: el palacio de Gelmirez... Era un sueño gastronómico. Volvió a la realidad. ¿Lo sabía hacer su mujer? No podía faltar un buen vino con cuerpo, ni el licor tras el postre. Estaban ya previstos. Esperaría, dejaría transcurrir toda la cena, y solamente al final, cuando el espíritu del invitado está bien dispuesto para el humor, expondría su frase. Estuvo muy de acuerdo con él mismo. Buscó a su mujer, que merodeaba poniendo flores en todos los jarrones de la casa. Así era ella, cuidadosamente había ya elegido la vajilla, blanca, de porcelana antigua, y un mantel azul pastel. Se detuvo un momento en el pasillo. Faltaba su gran idea, y sin frase, peligraba su reputación. Caminó hacia su mujer. Estaba ya aturdido. La encontró, esta segunda vez, eligiendo un vestido. –¿El rojo? Sí, siempre produce una especial atracción sobre el cabello moreno–. No es muy bella, –pensó–, pero tiene algo que me atrae como un imán. Le contó la historia extraña y curiosa de su hallazgo. Le habló de la posibilidad feliz de sorprender con una receta como aquella. En realidad ella no había concretado aún el menú. Esto le aclararía toda duda. La idea le pareció bien, pero debía darse prisa para encontrar la carne y aquellos ingredientes. Leyó y meditó algunas explicaciones: “una capa de albúmina coagulada”; “rociándolas continuamente con su jugo para evitar que se carbonice, cuando su interior no ha alcanzado aún una temperatura de sesenta grados”; “son pocos los que lo saben hacer”... No importaba, ella lo haría bien, aunque realmente no entendiera muy bien aquellas explicaciones. Sabría quedar bien y se ganaría la simpatía de su invitado. Se abrigó, tomó un paraguas y salió a la calle. Él nuevamente se acomodó en el sillón y pensó que sería buena idea escuchar música. ¡La quinta sinfonía de Beethoven!, ello agudizaría su inspiración, sepultada y adormecida por la monotonía de la vida cotidiana. En fin... ella sabría como hacerlo. Si no encontraba alguno de los ingredientes, añadiría su toque personal o los sustituiría sin perjudicar el sabor del plato. Una vez más saldría del apuro. En cuanto al vino, no había porqué preocuparse, contaba con una reserva especialísima que su marido completaba con cariño cada año. Le había explicado la naturaleza y origen de cada vino y no cabía duda alguna sobre la calidad. Mientras descendía pensó en el frío que envolvía la calle. –No es justo que él se quede tranquilamente escuchando música, mientras yo he de bajar por los ingredientes. En fin, la eterna argolla femenina. Desde que no trabajo y me dedico sólo a la casa, no acabo de sentirme satisfecha, y mucho menos llena. Menos mal que todo esto pasará cuando lo asciendan. Ya no puedo más. La cena es importante para los dos. Se está jugando el cargo –. Salió, retocó el fino cuello de su abrigo, se anudó el pañuelo, y anduvo familiarmente hacia la calle donde encontraría su objetivo. No quedaba demasiado lejos de su casa, la idea la reconfortaba. Era un paseo desprovisto de belleza, y continuó el camino con aire dubitativo. Comparaba su ánimo al otoño y el otoño a su edad. Pensó en su matrimonio. Pensó en ella y en él. La ilusión que llenaba su vida al conocerlo. La impresión cuando lo vio por vez primera, apoyado en el cristal de un tren que casualmente iban a tomar los dos. Era un viaje breve y prometedor, así lo creyó desde el principio, y así se procuró un asiento no demasiado alejado de aquel joven. Sonrió al rememorar la imagen. –Quizá el destino jugó bien su papel y el azar consiguió un encuentro inevitable y fortuito. No hubo ya que forzar la situación–. Ella miraba a través de la ventana los paisajes que parecían repetirse bajo el sol, en el efímero y veloz paso del tren... Recordaba todo aquello con nostalgia. ¡Qué distinto ahora, todo! ¿Dónde estaba escondida la ilusión? Se había aproximado a ella sin titubeos, ¿Fumas? Y le ofreció un cigarro de un paquete americano, al tiempo que comenzaba una conversación circunstancial sobre el objetivo de su viaje: debía presentar u nos proyectos publicitarios. Recordó que le hizo sonreír con sus ideas de los lápices de labios. Charlaron largo rato y hasta que el tren no llegó a su destino no se separaron. Recordaba todo aquello dulcificando los momentos. Más tarde volverían a encontrarse, por las calles de la ciudad en que habitaban. Entonces todo fue sucediéndose con naturalidad; él la invitó a cenar en un restaurante muy pequeño en pleno centro y fue inolvidable. Era entonces muy joven. ¿Hacía cuánto tiempo?, ya casi veinte años. No había sido una mujer de gran belleza, pero sí lo suficientemente atractiva como para seducir a aquel joven, aún desconocido. Casi vibraba un séptimo sentido, quizá era intuición, porque desde aquella primera cena juntos, supo que aquel hombre iba a ser el que tantas veces había imaginado. No se trataba de un príncipe azul, majestuoso e imponente. Era una persona particular, con rasgos bien distintos, con una mirada color avellana que llegó a cautivarla. Era un joven de estatura mediana, muy delgado, con nariz aguileña y los rasgos marcados. Los ojos eran más bien pequeños, la frente amplia, los labios, breves. No se podía decir que tuviese mucho pelo, pero quizá ese detalle acentuaba su atractivo. Iba vestido elegantemente, esto quizá, además del tono avellana de sus ojos, constituían sus rasgos más notables. Siempre tuvo un gusto muy particular: la forma de retocarse la corbata, sus zapatos, siempre relucientes... Le amó intensamente y al cabo de unos meses se casaron. Recordaba todo aquello como algo lejano. La rutina, quizá, la falta de nuevas ilusiones, la torpeza de cada discusión, los reproches, los largos silencios, el desaparecido encanto de aquella juventud y un sin fin de largos etc. habían convertido su amor en una costumbre prolongada y sin encanto. Se aburría, se aburría con él... Compró una buena pieza. Explicó detalladamente al dependiente las características de la pieza que buscaba. Observó en su rostro un gesto de complacida extrañeza y le dio varios consejos de lo que debería hacer y lo que no. Se dio un poco de prisa, los pensamientos le habían desmedido los pasos y con ello las agujas del reloj. No hubo demasiados problemas para encontrar las especias. Le aconsejaron bien. Sólo faltaban unas cuantas patatas, algo de grasa de manteca y un postre dulce: un buen sabor después de aquel asado. Era ya tarde. En unos minutos debería encontrar la tarta de fresas con merengue. Fue corriendo, esta vez a la pastelería, ya estaban recogiendo. “Ah, es usted, pase, pase...”. Le envolvieron la tarta y cargada de bolsas reemprendió el camino hacia su casa. Hacía tiempo que esperaba este día. Por fin, llegó, dejó las bolsas en la cocina, saludó a su marido y le rogó que hasta que estuviese preparado el asado, le dejara en su fortaleza sin interrupción. Él asintió con la cabeza. Tomaba su segundo whisky. Se acercó al tocadiscos e insistió en otra sinfonía de Beethoven. A medida que se iban sucediendo sus pensamientos se elevaban. Regresó al sillón. Escuchaba con atención aquella música. Cerró los ojos, cerró los ojos con más fuerza, sus sentidos se agudizaban con el sonido de las trompetas. Tuvo una idea sugerente, una frase, ¿al fin la había encontrado? Se levantó por lápiz y papel. En el momento que la música cesó, cesó su pensamiento. Había sido una alucinación. Se derrumbó en el sofá extenuado. Había pasado cerca de media hora, desde que ella entrara en la cocina. Estaba inquieto y hasta ese momento no se dio cuenta de cómo le dolían los riñones. Otro whisky le calmaría un poco. Por un instante, tuvo la sensación de que el feliz descubrimiento de la receta tenía algo de extraño. Era una sensación un tanto inexplicable. Incluso el modo de llegar el libro a sus manos. Pero, ¡tonterías!, la cena sería un éxito. Dio un paso alrededor de la cocina, por un momento estuvo espiando a su mujer, y retrocedió los pasos, con la intención ahora de volver a su asiento preferido. Pensó en ella. Nunca le había parecido una mujer demasiado inteligente, en realidad no lo era, o al menos, lo había manifestado en muy raras ocasiones. Estuvo enamorado de ella, muy enamorado. No por su belleza, sino por la dulzura que envolvía todos sus gestos. Algunas veces aún le sorprendía sus ingeniosas frases, su sabiduría casera. Se había dejado el trabajo por él. No era demasiado buena ama de casa, aunque así lo creyera ella misma, pero cuidaba bien las cosas y mantenía la casa limpia. Lo cierto es que todavía le gustaba su mujer, aunque, claro, era muy distinta a la persona que encontró en aquel vagón del tren. ¿Habían tenido alguna vez conversaciones sinceras? Él pensaba que era mejor no tratar algunos temas. A una mujer es preferible no contarle ciertas cosas, aventuras que carecen de importancia. Pero volvió, mezclando pensamientos, a la cena. El jefe no ha llamado y son cerca de las nueve. ¡Qué extraño! Aseguró que así lo haría poco antes de salir... Tal vez, algún asunto de última hora... Quizá fuera mejor: en el fuego el asado, con su lento proceso de dar vueltas, estaría en su punto cuando llegara. Mientras tanto, con el libro a un lado, pensaría el slogan. No podía fallar. Una frase rotunda, aunque esencial y ambigua, rompería el hechizo en el que estaba inmerso. “Un producto, un slogan” esa era su divisa. Porque tenía que encontrar la expresión ideal, pero el tiempo pasaba. Ella centró el asado rodeado de lechuga en una fuente; la fuente en la bandeja esperaba el momento. Ordenó la lechuga y preparó el trinchante, dándole tiempo al tiempo. El asado estaba listo. En su fortaleza, y para asegurarse de su perfecta ejecución, había releído la explicación siguiente: “Hay
que someter rápidamente la carne a un calor lo bastante fuerte
para que, desde el primer momento, su lado inferior se cubra con una
capa de albúmina suficiente, impidiendo así toda exudación.
Luego se eleva la parrilla –más o menos–. La buena
distancia entre el hogar y la parrilla sólo se consigue con
la práctica, de forma de que el asado esté exactamente
a medio hacer cuando llegue el momento de darle la vuelta, o sea,
cuando en su lado superior..., cuanto más gordo sea el trozo
de carne habrá que ponerlo más lejos del fuego a fin
de que no se queme por fuera, mientras su interior permanece crudo,
y viceversa, cuanto más delgado sea, habrá que colocarlo
en contacto más inmediato con el hogar. Por esto es por lo
que no se pueden asar a la parrilla ni pavos ni gallinas. Naturalmente, ella había añadido algunos toques personales; sí, estaba todo listo y ya sólo quedaba engalanar la mesa y poner los cubiertos. Qué oportuna receta. Era como un milagro. Y qué curiosa historia le contó su marido –reflexionó–. Eran extraños los paquetes que había enviado el albacea de aquel familiar. Aquel grupo de libros, objetos personales, un espejo, un marco, un ave mutilada de porcelana china y un puñado de trastos que no sabía donde meter. De todo aquello, tan sólo aquel libro tenía interés. Extraño –se dijo–. ¿Quién lo habría escrito?, la autora ¿era familiar de él?, ¿por qué encuadernaron los dos textos juntos? En fin... ahuyentó todas sus conjeturas. El tiempo pasaba. Desde el salón reconoció la “sinfonía heroica” que oía su marido y llegaba hasta allí. Volvió a pensar en él y en el asado que empezaba a enfriar. Tal vez fuera mejor que el jefe no llegara, que el marido se fuese y volver a empezar aquella misma vida, con más intensidad; o marchar sola, al campo, a una escuela rural. Pero sintió vergüenza de pensar estas cosas y se fue a reanimarlo. A él, desde la cocina, le llegaba un olor desde hacía ya rato, que invitaba a pensar: No, no huele el asado... pero este olor será... Era de aceite frito, no podía dudarlo, ese olor que desde la cocina llegaba, lo conocía bien. Se abrió la puerta y asomó una sonrisa, su mujer, aún algo despeinada y aún sin arreglar. La miró unos instantes y consultó el reloj: eran las diez y media. Quizá su insistencia forzó la aceptación de su jefe a cenar. Con una leve excusa, mañana en el despacho, daría todo igual. Podía haber llamado, pero, mejor, –pensó– porque si llega ahora no podría citar mi genial frase. Cenaremos solos, seguro que se me ocurre “la idea”, y al sentirse él en deuda por dejarnos esperándolo, será benévolo y yo estaré brillante. Mañana es otro día, sonrió para sí. La carne estaba seca –por demasiado asada–. “Esta mujer no sabe...”, y se volvió a alegrar de que estuvieran solos, que la torpeza de ella no hubiese alejado la promesa de ascenso. Al menos, la lechuga suavizaba el sabor de la carne reseca. Si lograra ascender cambiarían las cosas. Acaso empezaría otra vida, sin ella. Ya no puedo vivir con esta sombra absurda, ni puedo trabajar sabiendo que al regreso, me esperará ella en casa. Mientras esto pensaba, entre frases amables –“te paso la salsera”, “tú me pasas la sal”, “gracias”, “cariño”, “vida”–, ella pensaba igual. El asado menguaba, a pesar del sabor de las especias raras, comían sin cesar. Aquel olor a aceite era ya algo palpable, que sigilosamente cruzando el salón, y desde la cocina, llegaba al comedor. Ella
se puso blanca. Él cerrando los ojos, lentamente, se llevaba
la mano al corazón. Y, de pronto, con voz entrecortada, que
él casi no entendió: “la receta, el asado...”
dijo ella al desplomarse. Él murmuró: “el libro...”
y se cayó inclinado, pero en aquel instante, justo cuando caía,
advirtió que el volumen sobre la librería estaba iluminado
por un rayo de luz. |
|
|