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Juan Arabia
Nota sobre Charles Sanders Peirce
| “Podemos,
pues, definir el arte justamente Arthur
Schopenhauer, El mundo como voluntad
y representación.
A
este hombre le gustaba pensar que el conocimiento era algo exterior
al hombre. Le gustaba pensar que todo lo que existe y todo lo que
“representa”, era por y nada más que signos.
Hasta el hombre entiende al hombre como un signo. Sin ir más
lejos, y la redundancia es innecesaria, todo signo es también
otro signo. Esto guarda una distinción entre categorías,
pero es bonito pensar en las simplificaciones. ¿Qué
pasaría si desapareciera la tortuga o Aquiles?, o, mejor
dicho, ¿Cuán lejos estará el castillo de Kafka
el día de mañana, y el día de mañana…?
Sin embargo, esto sería alejarnos de su teoría, ya
que en ella caben el tiempo y la sucesión entre las cosas.
De todas formas, su obra concluye en Dios, y solo Dios como signo
final e irreversible. Allí nos detenemos un instante, y podemos
pensar en Coleridge y su sueño, en el que todo desaparecía
lentamente hasta que solo quedaba el lugar en donde él estaba;
allí mismo despertó de la pesadilla. Pero ese sueño
no es el soñado por Peirce, sino por un poeta inglés
admirador de Shakespeare. Entre esas líneas cabe una diferencia;
porque Peirce no es un soñador ni un poeta, sino un hombre
que encuentra al idealismo como un argumento de dudosa validez.
En un escrito sobre Berkeley, dictaminó una sentencia un
tanto injusta, que esconde una sonrisa un tanto más arbitraria
que la misma arbitrariedad con la cual ejecuta su crítica.
Él nos decía, en referencia a Hume y Berkeley “Pero
ni él, ni ningún otro, han desarrollado el nominalismo
de manera absolutamente consecuente; y puede afirmarse con toda
seguridad que nadie lo hará, a menos de reducirlo al absurdo”(*).
Ahora, yo no encuentro absurdo a ninguno de los autores que antes
nombré. Aunque el materialismo ni el idealismo signifiquen
algo hasta que hablemos mejor de una conjunción entre ambos
términos –como enseñó el maestro Schopenhauer
en su obra fundamental El mundo como voluntad y representación–
entiendo un error por parte de Peirce al confundir la psicología
“que asocia” con las proposiciones fantásticas
de William Blake, por ejemplo, o el manuscrito de Jorge Luis Borges
incluido en Otras Inquisiciones: “Nueva refutación
del tiempo”. La metafísica de Macedonio Fernández
o la del mismo Samuel Taylor Coleridge, son más ricas y comprometidas
que una teoría sobre los signos o sobre la construcción
objetiva del conocimiento humano. Esta última distinción,
simplemente asevera la diferencia sustancial de la simpleza de lo
real y la multiplicidad de lo fantástico. Evidentemente,
cuando se trata de entender o comprender alguna de ellas, la primera
resultará verosímil, la segunda imposible. La ciencia
debe encargarse por entender los fenómenos humanos en lo
que implique un progreso o compromiso real sobre lo que sucede.
Puede comprender lo que sucede por fuera del hombre, sin por contrario,
dictaminar una sentencia del absurdo. Los artistas encontrarán
nada en las palabras de Peirce, tanto como este último encontrará
muchos menos –bajo su entender– en un libro nominalista
o como quiera llamarle. Sin embargo, su teoría, a pesar de
dejar afuera al hombre, concluye en Dios, otra invención
del hombre. Aunque eso sea una sólida propuesta, no sabemos
tampoco bajo qué términos el orden de lo divino remite
para él en tanto una creencia “ideal” o como
la última palabra de un diccionario. A mí me gusta
pensar en Dios como el fin de todos los argumentos, como el fin
de toda alegoría. Bajo el orden de lo real esta palabra puede
significar muchas otras, pero siempre que remitamos a ella caemos
en el mundo que no existe, en el mundo de lo oscuro y lo falso.
Aquí ya no comprendo a Peirce. Pero puedo afirmar, en cambio,
que allí sí lo comprendo en su totalidad. En este
último punto vuelvo a pensar en la Doctrina del Zenón
y su irremediable sentencia del infinito. Allí pienso en
Berkeley, y en todos los idealistas. Allí la conjunción
se hace necesaria. Una primera diferencia sería discriminar
entre los distintos propósitos, sin caer en la trampa de
reducir lo contrario a meras contradicciones. La diferencia no puede
ser más que otra palabra: existente e inexistente, verdadera
o falsa. Pero ningún mundo es punto de partida de ninguna
de ellas, como tampoco es portador de una salida o muchas de ellas. (*)
Ch.
S. Peirce, "Fraser's The Works of George Berkeley",
Writings of Charles S. Peirce. A Chronological
Edition. 1867-1871. |
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