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Juan Arabia

Nota sobre Charles Sanders Peirce

“Podemos, pues, definir el arte justamente
como la consideración de las cosas
independientemente del principio de razón,
en oposición a aquella otra manera de considerar las cosas,
que es la vía de la experiencia y de la ciencia.

Arthur Schopenhauer, El mundo como voluntad y representación.
libro tercero, §§ 36 y 37


Aun los datos biográficos son menester de otra circunstancia. Podemos decir tan solo que Charles Sanders Peirce era un hombre de una genialidad un tanto extraña para quien desconozca las doctrinas de la lógica y las matemáticas. También, puede agregarse, que quien hubiere olvidado las categorías kantianas, sentirá una necia e indescriptible culpa al enfrentarse a su obra. Yo he llegado al autor, más bien, por inferencias alejadas a mis gustos o pretensiones. Sin embargo, el estudio de su teoría produjo en mí una situación extraña, despertando curiosidades y, en el mejor de los casos, evidenciando características de mi forma de pensar, de mi manera de entender y percibir la realidad. Fuera de su forma de escribir –forma que bien podría juzgarse– la lectura que ofrece es lenta, por momentos abominable. Sin embargo él no era un literato, sino más bien un pensador de fundamentos cientificistas. Entonces, la pregunta que aquí se desencadena es trivial pero necesaria: ¿Quién escribirá una nota sobre Charles Sanders Peirce que no guarde una intención empirista o pragmática? Es necesario que hoy en día se hablen más sobre estas cosas. Una cita de este autor no solo tiene que reconocerse por la misma materia que éste trata. Es necesario también validar o invalidar sus fundamentos, y puede que, entretanto también, su lectura sea entendida como un punto en común entre un momento de felicidad o un momento de espanto.

A este hombre le gustaba pensar que el conocimiento era algo exterior al hombre. Le gustaba pensar que todo lo que existe y todo lo que “representa”, era por y nada más que signos. Hasta el hombre entiende al hombre como un signo. Sin ir más lejos, y la redundancia es innecesaria, todo signo es también otro signo. Esto guarda una distinción entre categorías, pero es bonito pensar en las simplificaciones. ¿Qué pasaría si desapareciera la tortuga o Aquiles?, o, mejor dicho, ¿Cuán lejos estará el castillo de Kafka el día de mañana, y el día de mañana…? Sin embargo, esto sería alejarnos de su teoría, ya que en ella caben el tiempo y la sucesión entre las cosas. De todas formas, su obra concluye en Dios, y solo Dios como signo final e irreversible. Allí nos detenemos un instante, y podemos pensar en Coleridge y su sueño, en el que todo desaparecía lentamente hasta que solo quedaba el lugar en donde él estaba; allí mismo despertó de la pesadilla. Pero ese sueño no es el soñado por Peirce, sino por un poeta inglés admirador de Shakespeare. Entre esas líneas cabe una diferencia; porque Peirce no es un soñador ni un poeta, sino un hombre que encuentra al idealismo como un argumento de dudosa validez. En un escrito sobre Berkeley, dictaminó una sentencia un tanto injusta, que esconde una sonrisa un tanto más arbitraria que la misma arbitrariedad con la cual ejecuta su crítica. Él nos decía, en referencia a Hume y Berkeley “Pero ni él, ni ningún otro, han desarrollado el nominalismo de manera absolutamente consecuente; y puede afirmarse con toda seguridad que nadie lo hará, a menos de reducirlo al absurdo”(*). Ahora, yo no encuentro absurdo a ninguno de los autores que antes nombré. Aunque el materialismo ni el idealismo signifiquen algo hasta que hablemos mejor de una conjunción entre ambos términos –como enseñó el maestro Schopenhauer en su obra fundamental El mundo como voluntad y representación– entiendo un error por parte de Peirce al confundir la psicología “que asocia” con las proposiciones fantásticas de William Blake, por ejemplo, o el manuscrito de Jorge Luis Borges incluido en Otras Inquisiciones: “Nueva refutación del tiempo”. La metafísica de Macedonio Fernández o la del mismo Samuel Taylor Coleridge, son más ricas y comprometidas que una teoría sobre los signos o sobre la construcción objetiva del conocimiento humano. Esta última distinción, simplemente asevera la diferencia sustancial de la simpleza de lo real y la multiplicidad de lo fantástico. Evidentemente, cuando se trata de entender o comprender alguna de ellas, la primera resultará verosímil, la segunda imposible. La ciencia debe encargarse por entender los fenómenos humanos en lo que implique un progreso o compromiso real sobre lo que sucede. Puede comprender lo que sucede por fuera del hombre, sin por contrario, dictaminar una sentencia del absurdo. Los artistas encontrarán nada en las palabras de Peirce, tanto como este último encontrará muchos menos –bajo su entender– en un libro nominalista o como quiera llamarle. Sin embargo, su teoría, a pesar de dejar afuera al hombre, concluye en Dios, otra invención del hombre. Aunque eso sea una sólida propuesta, no sabemos tampoco bajo qué términos el orden de lo divino remite para él en tanto una creencia “ideal” o como la última palabra de un diccionario. A mí me gusta pensar en Dios como el fin de todos los argumentos, como el fin de toda alegoría. Bajo el orden de lo real esta palabra puede significar muchas otras, pero siempre que remitamos a ella caemos en el mundo que no existe, en el mundo de lo oscuro y lo falso. Aquí ya no comprendo a Peirce. Pero puedo afirmar, en cambio, que allí sí lo comprendo en su totalidad. En este último punto vuelvo a pensar en la Doctrina del Zenón y su irremediable sentencia del infinito. Allí pienso en Berkeley, y en todos los idealistas. Allí la conjunción se hace necesaria. Una primera diferencia sería discriminar entre los distintos propósitos, sin caer en la trampa de reducir lo contrario a meras contradicciones. La diferencia no puede ser más que otra palabra: existente e inexistente, verdadera o falsa. Pero ningún mundo es punto de partida de ninguna de ellas, como tampoco es portador de una salida o muchas de ellas.
Así Borges le temía a los laberintos. Leopoldo Marechal, en cambio, proponía la salida por arriba de ellos. Sin embargo, el laberinto deja de ser laberinto, a partir del momento que comprendemos que estamos dentro de él.

(*) Ch. S. Peirce, "Fraser's The Works of George Berkeley", Writings of Charles S. Peirce. A Chronological Edition. 1867-1871.

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