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Genma M. Pardo

 

A TU LADO, JUNTO AL RÍO, ME SENTÉ Y LLORÉ

Me arrancaron el clítoris con una hoja de afeitar, sin ningún tipo de anestesia, cuando tenía diez años. Me quitaron la ropa, me taparon los ojos y me tumbaron sobre un lecho de hierbas y paja al lado de un río. Mientras cuatro mujeres me sujetaban los pies y las manos, otra se sentó en mi pecho para evitar que me moviese. Recuerdo que antes de la ceremonia mi madrina, mi abuela, la encargada de llevarla a cabo, pronunció una breve oración e inmediatamente después procedió sin reparos. A pesar de mi corta edad aguante los primeros cortes, los primeros desgarros de carne, sin gritos. No quería deshonrar a mi familia. Antes de perder el conocimiento rogué salir de aquello con vida para poder contárselo a alguien. Algo en mi interior repetía insistentemente que aquel ritual era diabólico y macabro y que en mi etapa de mujer adulta sería un auténtico calvario.”

Impactada por sus palabras. Por su perfecto castellano. Así fue como la conocí. Se llamaba Oureye y procedía de una tribu de mujeres, las Bambara, ubicada en Senegal. Su piel brillante, su corto y grácil cabello, su torneada y perfecta silueta de diosa de ébano, su boca sobresaliente, sus dientes perfectos. Aquellos sinceros y enormes ojos, así como la tierna sonrisa que mostraba en público, no dejaban entrever ni por un instante, semejante carga de dureza y crueldad a sus espaldas.

Aquella tarde de invierno en la Fundación Pedro Barrié de la Maza de A Coruña, se respiraban aires de comprensión y respeto, a la vez que, por momentos, soplaban fuertes rachas de desconocimiento y unas enormes ganas de conocer más aspectos sobre el tema que se abordaba. Se conmemoraba el Día Mundial de la Tolerancia Cero a la Mutilación Genital Femenina.

Lo que le habían practicado a aquella niña que ahora tenía veintiocho años, se conocía como clitoridectomía. Consistía en la extirpación del clítoris, junto con parte o la totalidad de los labios menores. En su caso había sido la totalidad, lo que le había provocado importantes daños, tanto físicos como emocionales.

- Las secuelas que presento son las normales tras una intervención de las características que he comentado -prosiguió Oureye el relato ante una sala repleta de público entregado-. Y puedo decir que me siento afortunada en comparación con otros casos que conozco. Sí, es cierto que tengo problemas menstruales, infecciones, ansiedad y algunos problemas al mantener relaciones sexuales...

Un intenso silencio se hizo entre los asistentes a la conferencia. En sus caras se reflejaba el impacto de la dureza de la historia.

- …Pero, por otro lado, he de dar gracias por no haber desarrollado las tumoraciones que algunas mujeres presentan tras el proceso o por no haberme quedado estéril. Hoy, que lo observo con relativa distancia, puedo decir que ya forma parte de mi pasado. Un pasado no totalmente superado, pero sí lejano. En ese sentido tengo que dar las gracias a una de las personas que más me ha ayudado y que llegó a mi vida, a mi pequeña aldea del Senegal, Ngérigne Bambara, como caída del cielo hace ya unos cuantos años. Me refiero a mi amiga, la antropóloga, Bernarda Rodríguez. Una estudiosa de los problemas que sacuden a mi tierra, que me trajo aquí para que contase mi experiencia en primera persona. Sabe Dios si así podremos evitar que esta barbarie continúe. Personalmente ya me daría por satisfecha si una intervención menos se realizase.

La Barrié en pleno se alzó en medio de una gran ovación a la senegalesa. Bernarda Rodríguez, esa estudiosa de otras culturas que un día la había traído a España y que ahora permanecía sentada a su lado, la abrazó y la besó con orgullo. Algún día la barbarie cesaría definitivamente.


II

- ¡Hola!... perdón -irrumpí en medio de la muchedumbre que envolvía a la ponente, tras el coloquio, para poder hablar con ella- ¡Me llamo Genoveva Martínez, soy médico en ginecología y obstetricia aquí en A Coruña y bueno… quería felicitarte por tu exposición! Ha sido magnífica. Has sabido transmitir poderosamente, de manera muy próxima a la sala, tu experiencia personal. Lo has debido pasar muy mal…
- ¡Gracias! Me alegra de que lo hayas sentido así y te haya gustado. La verdad es que hace ya varios años que doy conferencias sobre este tema con UNIFE, una ONG que trabaja en diferentes países esta problemática. Una cuestión de la que hay que hablar muchísimo porque a estas alturas aún son muchos los que la desconocen… Así que, de todo corazón, muchas gracias por hacer venido -concluyó cogiéndome la mano en señal de agradecimiento.
- ¡Perdona! -la interrumpí antes de que se marchase- ¿Te importaría darme alguna dirección de correo electrónico o teléfono para que podamos estar en contacto? Te explico: Hace tiempo que compañeros de profesión de aquí de A Coruña y yo, colaboramos con científicos europeos en el estudio de las secuelas físicas de la ablación en aras de poder paliarlas… No hablo sólo de poder mitigar las infecciones pélvicas, los trastornos menstruales o los dolores a la hora de mantener contactos sexuales, sino de algo que va más allá. Me refiero a técnicas de reconstrucción de la zona genital para que mujeres como tú recuperen su sexualidad. Un buen avance, sin duda, ¿no crees?
- ¡Realmente sería fantástico para esos cientos de miles de chicas, a las que les han expoliado literalmente el clítoris, recuperar su dignidad! ¡Entre ellas me incluyo! Por eso Bernarda y yo, así como diversos responsables de proyectos promujer en África de UNIFE, trabajamos en la elaboración de un plan novedoso: Educar en la auténtica realidad de la ablación a la población femenina mundial que se ve sometida a ella, sobre el terreno. Así, provistas de nuevas ideas y perspectivas podrían llevar a cabo cambios internos en sus propias comunidades. Desde la racionalidad y el autoconvencimiento.
- ¡Estoy totalmente de acuerdo! …De ahí mi interés en seguir en contacto contigo. Porque tanto tu realidad, como la de millones de chicas, podría cambiar en muy poco tiempo si todos estos planes avanzan al ritmo esperado.

Así fue como establecí contacto con Oureye. Aquella maravillosa mujer que tanto interés mostraba en la lucha contra aquella práctica antinatural, que afecta a más de tres millones de niñas en el mundo cada año.

Recuerdo que cuando llegué a casa con su dirección de correo electrónico en el bolso, en lugar de tumbarme en el sofá, repasé todos mis informes relativos al tema. La sombra del viento de Zafón y Las Cuatro Estaciones de Vivaldi, tendrían que esperar ¡No había tiempo que perder!

“Del orden de entre cien y ciento cuarenta millones de niñas, han sufrido la mutilación de sus genitales y la mayoría de ellas en países africanos. Hay veintiocho naciones implicadas.”

Saqué tablas estadísticas con indicadores de factores de riesgo (zona geográfica, religión a la que se pertenece o que se practica, edad…), índices que reflejaban la incidencia de problemas concretos de salud en mujeres a las que se la habían realizado, fotografías y dibujos con secuelas de la intervención, recortes de prensa… Debía revisar todo el material disponible antes de actuar en una u otra dirección, como una buena profesional.

“No puedo esperar a la próxima convención de ginecólogos que se va a celebrar en Valencia en abril” -me dije-. “Es necesario que viaje cuanto antes a Saint Germain para hablar con Jean Pierre. Cada segundo que pasa es vital para salvar a esas criaturas del potro de la tortura. Sé que en los últimos meses sus investigaciones han avanzado a pasos agigantados y que una de sus prácticas podría llevarse a cabo a corto plazo” -me repetía mentalmente-. “¡Tengo que intentarlo!”


III

Antes de que acabase el mes de febrero, estaba en Saint Germain, a las afueras de París, hablando con Jean Pierre sobre el tema. A esas alturas, quinientas mujeres ya se habían puesto en contacto con él, para conocer más datos sobre la técnica. Una operación que permitiría la reconstrucción del órgano sexual mutilado en un tiempo record, veinticinco minutos, y que un periodista local se había encargado de sacar a la luz pública. La repercusión mediática había sido inmediata.

Tras horas de acalorados discursos y entrecruzados planteamientos, Jean Pierre y yo llegamos a un acuerdo. En el plazo de dos semanas comenzaríamos con las primeras intervenciones, totalmente gratuitas, a aquellas mujeres que estuviesen interesadas. Sería allí mismo, en su clínica de Saint Germain, provista del material quirúrgico necesario para llevarlas a cabo. Yo me encargaría de asistirle en quirófano, mientras que él llevaría la responsabilidad práctica del proyecto.

Había que actuar cuanto antes, poner aquel adelanto en boca de todos lo más rápido posible. Así que convocamos a todos los medios de comunicación del país a una masiva rueda de prensa, para que esparciesen nuestra labor por todos los resquicios de La Tierra. ¡Y eso hicieron! El periodista Humbert Foldes, reputado cronista de L’Societé fue de gran ayuda, así como la doctora Rodríguez y Oureye.

Los cuatro meses que siguieron a aquella gran aventura, los viajes entre A Coruña y París se convirtieron para mí en el pan nuestro de cada día. ¡No daba abasto! Había tanto trabajo, que no tuve más remedio que contratar temporalmente a una profesional que me llevase la consulta en Galicia. Un riesgo que inevitablemente tenía que correr si quería dedicarme a ello en cuerpo y alma.

Mil doscientas mujeres fueron las cifras iniciales del corto período de tiempo que llevábamos realizando reconstrucciones genitales. Inmigrantes procedentes de Burkina Faso, Sierra Leona, Senegal, Sudán, Somalia, Etiopía… acudían hasta nosotros para que las ayudásemos. Venían a recuperar su autoestima. Huían de antiguas creencias que decían que la ablación era una forma de distinguir a la mujer del hombre, de historias que narraban que castrándolas evitarían infidelidades, se purificarían o fortalecerían para dar mejor a luz…

En aquellos compases iniciales fuimos conscientes de que no sólo estábamos luchando contra un salvaje e inhumano ritual de iniciación femenino, sino contra todo un sistema familiar, educativo y religioso. Lidiábamos contra los pilares, contra los cimientos, de millares de sociedades de este tipo.

Se acercaban las navidades y antes del parón profesional motivado por las fechas, Jean Pierre y yo pensamos en la posibilidad de visitar alguno de los países en los que la práctica estaba más extendida. Queríamos hacer llegar nuestro trabajo a aquellas mujeres que todavía lo desconocían. Para ello optamos por acudir a la ONG con la que colaborábamos desde hacía años, MÉDICOS INTERNACIONALES, y proponerles la planificación de una serie de actividades de sensibilización sobre la ablación en África. Al final se decidió que la mejor opción sería iniciar una gira previa de charlas por Egipto y sur de la península arábiga para después ir hacia Togo, Ghana y Senegal. Malasia e Indonesia, zonas de menor incidencia, tendrían que quedar para más adelante.

Aquella semana envié un correo electrónico a la doctora Rodríguez para saber si tanto ella como Oureye podrían ayudarnos en la campaña. La idea de llevar a una guía del calibre de la senegalesa, así como la posibilidad de poder resolver cualquier tipo de duda sobre el terreno con una experta antropóloga como Bernarda, resultaba muy atractiva.

A los tres días, un nuevo mensaje en mi buzón deshizo cualquier tipo de duda. Tanto la doctora como Oureye estaban encantadas con la petición de colaboración y lo que ello suponía. Habían releído el proyecto un ciento de veces y no habían dudado ni un segundo en ponerse a nuestra disposición. Tan sólo pedían unos días para solventar algunos asuntos que debían dejar bien atados antes de embarcarse en una aventura de semejantes características.

Miles de kilómetros y mes y medio de intensa actividad, fuera de las fronteras españolas, nos esperaban.


IV

Me di cuenta en cuanto la vi. En la primera reunión, previa al viaje, que tuvimos todos los miembros de la expedición. Estaba embarazada de cuatro meses aunque conocía perfectamente los riesgos que aquel estado podía entrañar para su vida. Por fin había alcanzado la felicidad que le había sido arrebatada siendo todavía una niña.
Oureye tenía pareja estable. Un británico afincado en España por motivos laborales de unos treinta años, (alto y rubio; responsable de las campañas medioambientales de UNIFE por medio mundo) que le daba la estabilidad emocional necesaria. Tenían planes de boda para la próxima primavera, tras el nacimiento del bebé, y ya habían iniciado el papeleo para la adquisición de un piso a las afueras de Madrid.

Aquella sería su última visita de soltera a su país antes de los esponsales, antes de convertirse en la nueva Oureye: completa, madre.

Durante el viaje entre El Cairo y Dakar, antes de iniciar ruta hacia Senegal, Jean Pierre y yo la convencimos para que pasase por nuestra consulta de Saint Germain. Allí, al igual que habíamos hecho con otras mujeres que presentaban cuadros clínicos muy semejantes al suyo, recuperaríamos sus genitales, su feminidad. A partir de ese instante disfrutaría de una nueva y placentera sexualidad con su pareja. Después de que diese a luz la intervendríamos. No convenía precipitar el desarrollo de los acontecimientos.

Nuestras experiencias durante el itinerario fueron sorprendentes. Visitamos muchos lugares: parques, manglares, ciudades grandes, aldeas pequeñas ubicadas en medio de grandes desiertos, poblados de escasamente una cincuentena de habitantes… pero en todos ellos, salvo alguna que otra anécdota poco significativa, nos recibieron bien. Nuestro programa de sensibilización se basaba en el método de la discusión y el teatro. Un procedimiento, utilizado con anterioridad por otros compañeros de MÉDICOS INTERNACIONALES y UNIFE, que había cosechado importantes éxitos. No se trataba de imponer pensamientos o formas concretas de actuación, sino de aportar los datos básicos para que pudiesen discernir más allá del bien y del mal. De manera informal y divertida, sin cargas ideológicas.

Aquella mañana de noviembre, a través de una estrecha pista de tierra, accedimos en todoterreno a la aldea de Oureye, Ngérigne, habitada por la etnia de los bambara. Nuestro primer contacto con el poblado fue espectacular. Tuvimos un recibimiento caluroso de los niños que nos rodeaban. Todos querían cogernos de la mano. Los adultos y los viejos también nos saludaron efusivamente y hasta nos ofrecieron sus propias chozas para poder dormir. El poblado se dividía en grupúsculos de pequeñas tiendas (sin agua, luz, ni comodidad de ningún tipo) donde se instalaba el cabeza de la familia con su mujer o mujeres y toda su descendencia, además de algún ascendiente. Llamaban la atención los grandes árboles que se veían y que ellos consideraban sagrados, los baobab. El más grande de ellos, situado en la entrada de la aldea, podía alcanzar fácilmente los veinte metros de perímetro.

Una vez instalados, las mujeres de la tribu nos prepararon una suculenta cena a basé de carne de cebú guisada. Oureye, muy comedida desde el primer momento, se emocionó al reconocer a alguno de sus familiares en el festín. Entre ellos la tía Lala Sall, hermana de su madre, quien rauda y veloz se le acercó para informarla de que su madre había muerto recientemente a causa de unas fiebres. Herida, pero sin llorar, Oureye soportó el duro golpe. Al día siguiente nos esperaba una dura jornada de trabajo.

Con las primeras luces del alba comenzó la primera charla informal con los miembros adultos del poblado. Un ameno teatrillo que acabaría transformándose en una fuerte discusión con ataques verbales directos hacia la propia Oureye y la doctora Rodríguez.

- La excisión es un asunto de los jóvenes. Y yo personalmente no me voy a oponer al abandono de este rito ancestral -dijo Wara, el jefe de la aldea.
- Decir que es peligrosa es una historia de los occidentales. ¡No somos corderos! Antes decían que no debíamos alimentar a nuestros bebés con la leche de sus madres, sino con biberones, y ahora nos dicen todo lo contrario -replicó una joven.
- ¡Tú tienes la culpa Oureye y esa señora europea! -expuso en voz alta su tía Lala.

Un viejecillo intentó calmar los ánimos.

- Hace falta una ley. Una ley que se imponga a todos. Pero no soy partidario de un juramento público, como han hecho en otras aldeas…
- Mujeres como esas, que practican ese tipo de ceremoniales, ya no forman parte de nuestra comunidad por su actitud sacrílega -declaró otro anciano.

El jefe espiritual de Ngérigne, había decidido apoyar nuestra causa y también la de algunas de las mujeres allí presentes. Madres que con sus gestos, aunque sin pronunciarse directamente, secundaban nuestras explicaciones.

- No existe referencia explícita a esta práctica entre las enseñanzas del Profeta. La ley islámica coloca la excisión entre los ritos de aseo, igual que cortarse las uñas, depilarse las axilas o recortarse el bigote. Por tanto, la oración es sagrada, la excisión, no.

El intercambio de opiniones duró unos minutos más.

La cohabitación entre razas distintas había favorecido, sin lugar a dudas, el mestizaje de ideas. Al margen de cualquier tipo de polémica, las bambara tendrían que decidir si abandonaban o no su práctica. Aquel viernes diecisiete de noviembre, cuatro días después del inicio de las jornadas, su mirada se llenó de orgullo. Sus cantos y danzas exaltaron un sentimiento desconocido hasta ahora. Las mujeres de la aldea habían jurado no hacerles jamás la ablación a sus niñas. Habían decidido cerrar sus bocas para siempre para evitar la transmisión del njongal jigeen, a sus descendientes.

“Lo aprendimos todo… desde las técnicas de la hoja bien afilada y la preparación mística de nuestras jóvenes hasta los versículos que debíamos decir. Nuestras niñas y nuestros hombres, están a salvo. Hoy renunciamos a eso. Preferimos perder nuestro status a continuar ejerciendo un oficio que atenta contra la integridad de nuestras hijas.”

Habían tenido que luchar mentalmente contra razones culturales de índole diversa: estéticas, de iniciación, purificación, castidad… pero al final habían ganado la batalla.

Solamente Lala Sall, junto a un grupo pequeño de féminas disidentes, habían enarbolado días antes del acuerdo sus armas en señal de protesta. Un hecho que había conllevado su destierro para siempre de los límites de Bambara, al haber transgredido gravemente sus leyes sacrificando la vida de dos niñas inocentes. Y casi lograrlo con una tercera, Oureye, quien gracias a la providencia había sido rescatada de manos de sus verdugos, por el jefe Wara y un nutrido grupo de hombres.

Tras el susto y con los últimos acuerdos alcanzados bajo el brazo, emprendimos camino hacia Togo. Oureye y la doctora Rodríguez regresaron a casa. Lejos quedaban ya los pastores bambara con sus rebaños de cebús famélicos y aquellos rudimentarios campos de cacahuetes. Nos dirigíamos hacía otra nueva realidad.

EPÍLOGO

Cuatro meses después, un día completamente primaveral y mágico de finales del mes de marzo llegó al mundo, mediante cesárea, Molly. El bebé más hermoso de tres kilos doscientos gramos de peso y cincuenta y un centímetros, jamás visto en el Madrid de los Austrias y las culturas.

En mayo, Oureye visitaba nuestra consulta de Saint Germain, para someterse al proceso de reconstrucción genital del que habíamos hablado tiempo atrás. La intriga y un miedo totalmente irracional intentaban descontrolarla aquella calurosa mañana, pero ella templaba los nervios con buen talante. Esta vez no tenía nada que temer, y sí muchas cosas, nuevas sensaciones y sentimientos, que ganar. Entre ellos el de la libertad. Así que tras los saludos de rigor, se desnudó frente a nosotros con naturalidad, se puso el camisón verde y se subió a la camilla de la dignidad.

Había llegado el momento…

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