Muchos
de los sistemas o pensamientos filosóficos tienen una causa
o un fin basal, fundante, más allá de preocupaciones
y plasmaciones accesorias de esa causa o fin teórico que
acaso resalten más para la posteridad. Y muchos de los,
digamos, sistemas o pensamientos de ficción también
tienen una causa o un fin –que quiere trascender o ser una
variante de una lectura puramente literaria– también
basal y fundante. Respecto a ello, la literatura siempre ha de
tener un mensaje subyacente, intencional o no; y, en caso de intención,
puede ser exitoso o no, en cuanto a que los lectores, los receptores
del vehículo de comunicación verbal-estético,
lo descifren y tengan una intención receptiva acorde con
la intención productiva, poiética. El mensaje puede
ser social, político, estético… Pero también
hay autores que, un poco alejados de las preocupaciones más
candentes, urgentes, actuales y, también, pragmáticas,
se internan en la filosofía, e incluso en los laberintos
más abstractos de la misma. Jorge Luis Borges fue un inteligente
y exitoso escritor productivo; en cuanto a que su intención
productiva, esa intención productiva generalmente filosófica
y metafísica, fue así leída efectivamente
por sus lectores y críticos más atentos.
Jorge
Luis Borges sentía una gran afición –que rozaba
lo académico– por la filosofía, y, dentro
de la filosofía, por la metafísica, por el tiempo
y en consecuencia, lo veremos, por el tiempo en los seres humanos:
la muerte o la inmortalidad.
Pese
a su cultura anglosajona, no se internó en terrenos más
pragmáticos tan afectos a los escritores y ensayistas filosóficos
británicos, como en los temas políticos que tocaron
Locke y buena parte de la obra de Russell o la filosofía
anglosajona del lenguaje ordinario, filosofía del lenguaje
de uso hoy en boga. Como muchos alemanes, como los antiguos griegos
–gentes cuyas preguntas, ese inacabable y descimentador
qué es socrático, iban más allá de
las formas y funciones de un gobierno o de una sociedad–
a Borges le interesaba el abstruso, pero asaz interesante y arduo
desde el punto de vista intelectual, tema del tiempo, la metafísica
del tiempo. Borges decía, en la subyacencia intencional
de varios de sus relatos y, patentemente, en sus ensayos y conferencias,
que el tema más importante es el tiempo.
En
la literatura de ficción borgeana, más allá
de los ensayos y conferencias donde declaraba públicamente
su filiación intelectual e incluso existencial con respecto
al tiempo, hay un texto muy interesante, el más interesante
acaso desde el punto de vista humano con respecto al tiempo borgeano,
que es El inmortal.
En dicho relato, en efecto, se trata al tiempo desde el punto
de vista más humano posible, desde el que más nos
interesa: ese instante indescifrable, incluso en estricta ciencia
hasta ahora, en que pasamos de la vida a la muerte o, sencillamente,
de la vida a un desconocido, una especie de imagen o visión
sin concepto, al que hay que poner nombre: la muerte precisamente.
La
acción de El inmortal –o sea, la acción
que otorga Borges en el relato y en gran parte de su obra, la
acción del pensamiento, de la filosofía– propone
el tiempo, digamos, algo pragmáticamente: el tiempo, en
efecto, como la medida de la vida y de la muerte humanas; el tiempo
como eternidad no cósmica, sino humana. El tiempo, en fin,
como la gran posibilidad: la posibilidad de no morir…
En
efecto, al comienzo de El inmortal, como el nombre lo
indica, se discurre acerca de la milagrosa existencia, en épocas
romanas, de un río que otorga la inmortalidad a los hombres
y dicho don es adquirido por el narrador. El ficticio narrador,
cuya peripecia temporal ocupa siglos, pasa del gozo a una desdicha
difícilmente concebible. Y es una desdicha difícilmente
concebible puesto que la inmortalidad, en la tierra, más
allá de las teologías y creencias postmortales,
es, en efecto, difícilmente concebible; es el hecho vertiginoso
de la eternidad humana, el hecho de seres que no tienen, según
lo sugiere el relato, el don de la mortalidad, el don que, diría
el mismo Borges, es parte del universo de Dios y al cual hay que
aceptar, como la ceguera…
Lo
nocivo que nos presenta el relato es la angustia ya no de la muerte
existencialista, sino de la angustia en la existencia de seres
en la no-muerte. De la existencia en sí y no condicionada
por la muerte; es la angustia del ser humano sin las excusas de
la muerte; una angustia más profunda, no por las consecuencias
de lo que se es, o sea la muerte, sino por el hecho mismo de lo
que se es: un ser humano sin cambios, sin mutaciones, sin fin,
sin ese instante, ese tiempo, desconocido o incognoscible incluso.
Luego
de beber las aguas del río que otorga la inmortalidad,
el protagonista vaga por pensamientos y extensiones; se encuentra
con otros inmortales, y, finalmente, en un ciclo virtuoso narrativo,
va en busca del río que elimina la inmortalidad: elige
el encuentro de ese río; elige, ya lo veremos, su propia
condición humana…
El
tedio y el aburrimiento, pues, elevados a categorías filosóficas,
a posibilidades angustiosas de una existencia en sí –y
no una existencia opositiva, la existencia ante la muerte–,
nos hacen pensar en las acciones humanas, en la condición
positiva, y no solamente de una inútil antimortalidad,
del ser humano. Así como Sábato escribió
que la vanidad era un gran motor del progreso humano, la muerte,
la posibilidad y amenaza de la muerte, ha de ser un gran motor
no solamente del progreso, sino de los actos, pensamientos, sentimientos
y deseos humanos en las implicancias de El inmortal;
caso contrario, según nos propone El inmortal,
se caería en una inacción bestial, bovina, como
la que padece la tribu de los trogloditas… La muerte no
está ya, en El inmortal, para dirigir la rueda
de los acontecimientos humanos, esa pulsión antimortal;
y la vida es un sinsentido, ya no por esa muerte inexplicable,
sino también por una inmortalidad que, como todo lo eterno,
también es inexplicable, es un juego con los límites,
con el fin.
Y
acaso vivimos, antes que para vivir mejor, esencialmente para
no morir; pero Borges humaniza su filosofía y no la hace
abstractamente divina en El inmortal. Borges hace una
voz narrativa que elige su mortalidad, que elige –sin salirnos
de una preocupación filosófica por el tiempo–
el tiempo de la mortalidad humana y no divina: ese tiempo-instante
desconocido…
Respecto
a esa angustia por la abstracción eterna en uno de los
tan abstractos personajes de la ficción borgeana –el
narrador de El inmortal–, los seres humanos que
no mueren naturalmente perderían mucho de su esencia humana.
Antes que seres humanos –cuya condición es la muerte–
serían seres no humanos por su eternidad angustiosa: o
sea, inmortales; viendo, de esta manera, al tiempo de la muerte
natural como un buen definidor de lo humano, o como una esencia
imprescindible de la humanidad.
El
protagonista del relato y la atmósfera, el aroma digamos,
de su escritura eligen digamos que la humanidad, prefieren el
más explicable tiempo humano de lo mortal, del dejar hacer
al poder del tiempo y de la naturaleza sobre los seres humanos,
antes que el fantástico, pero filosóficamente asaz
real para una tesis-antítesis dialéctica, tiempo
divino, no humano, de la eternidad inmortal.
En
todo caso, el tiempo –puesto que la muerte es un tiempo,
es un instante– define en gran medida a los seres de El
inmortal, define su persona y sus actos. El tiempo de la
muerte; o el tiempo, valga quizá la paradoja, de la eternidad.
Así
que, finalmente, el narrador bebe las aguas del río mortal;
ve sangre feneciente, finita, salir de su cuerpo y, digamos, recupera
su humanidad: la posibilidad de lo mortal.
De
esta manera la humanidad de El inmortal, la voz del relato
y la voz de Borges en el relato, acaso, eligen la condición
humana y la posibilidad de la muerte, ya que no la muerte en sí;
y ante la filosofía concreta, de carne y hueso, de la angustia
existencial del ser para la muerte, por ejemplo, Borges en su
relato contrapone la angustia de la existencia sin fin, no humana.
Es
el narrador y no Dios, como un creador de filosofía existencialista
pero sin la determinación de la muerte, el que elige; y
elige, pues, vivir naturalmente para morir naturalmente. Elige,
en fin, una vida cuya esencia es el tiempo filosófico de
la mortalidad: la humilde y mortal condición humana.