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Daniel Alejandro Gómez

Borges, el tiempo y El inmortal

Muchos de los sistemas o pensamientos filosóficos tienen una causa o un fin basal, fundante, más allá de preocupaciones y plasmaciones accesorias de esa causa o fin teórico que acaso resalten más para la posteridad. Y muchos de los, digamos, sistemas o pensamientos de ficción también tienen una causa o un fin –que quiere trascender o ser una variante de una lectura puramente literaria– también basal y fundante. Respecto a ello, la literatura siempre ha de tener un mensaje subyacente, intencional o no; y, en caso de intención, puede ser exitoso o no, en cuanto a que los lectores, los receptores del vehículo de comunicación verbal-estético, lo descifren y tengan una intención receptiva acorde con la intención productiva, poiética. El mensaje puede ser social, político, estético… Pero también hay autores que, un poco alejados de las preocupaciones más candentes, urgentes, actuales y, también, pragmáticas, se internan en la filosofía, e incluso en los laberintos más abstractos de la misma. Jorge Luis Borges fue un inteligente y exitoso escritor productivo; en cuanto a que su intención productiva, esa intención productiva generalmente filosófica y metafísica, fue así leída efectivamente por sus lectores y críticos más atentos.

Jorge Luis Borges sentía una gran afición –que rozaba lo académico– por la filosofía, y, dentro de la filosofía, por la metafísica, por el tiempo y en consecuencia, lo veremos, por el tiempo en los seres humanos: la muerte o la inmortalidad.

Pese a su cultura anglosajona, no se internó en terrenos más pragmáticos tan afectos a los escritores y ensayistas filosóficos británicos, como en los temas políticos que tocaron Locke y buena parte de la obra de Russell o la filosofía anglosajona del lenguaje ordinario, filosofía del lenguaje de uso hoy en boga. Como muchos alemanes, como los antiguos griegos –gentes cuyas preguntas, ese inacabable y descimentador qué es socrático, iban más allá de las formas y funciones de un gobierno o de una sociedad– a Borges le interesaba el abstruso, pero asaz interesante y arduo desde el punto de vista intelectual, tema del tiempo, la metafísica del tiempo. Borges decía, en la subyacencia intencional de varios de sus relatos y, patentemente, en sus ensayos y conferencias, que el tema más importante es el tiempo.

En la literatura de ficción borgeana, más allá de los ensayos y conferencias donde declaraba públicamente su filiación intelectual e incluso existencial con respecto al tiempo, hay un texto muy interesante, el más interesante acaso desde el punto de vista humano con respecto al tiempo borgeano, que es El inmortal.
En dicho relato, en efecto, se trata al tiempo desde el punto de vista más humano posible, desde el que más nos interesa: ese instante indescifrable, incluso en estricta ciencia hasta ahora, en que pasamos de la vida a la muerte o, sencillamente, de la vida a un desconocido, una especie de imagen o visión sin concepto, al que hay que poner nombre: la muerte precisamente.

La acción de El inmortal –o sea, la acción que otorga Borges en el relato y en gran parte de su obra, la acción del pensamiento, de la filosofía– propone el tiempo, digamos, algo pragmáticamente: el tiempo, en efecto, como la medida de la vida y de la muerte humanas; el tiempo como eternidad no cósmica, sino humana. El tiempo, en fin, como la gran posibilidad: la posibilidad de no morir…

En efecto, al comienzo de El inmortal, como el nombre lo indica, se discurre acerca de la milagrosa existencia, en épocas romanas, de un río que otorga la inmortalidad a los hombres y dicho don es adquirido por el narrador. El ficticio narrador, cuya peripecia temporal ocupa siglos, pasa del gozo a una desdicha difícilmente concebible. Y es una desdicha difícilmente concebible puesto que la inmortalidad, en la tierra, más allá de las teologías y creencias postmortales, es, en efecto, difícilmente concebible; es el hecho vertiginoso de la eternidad humana, el hecho de seres que no tienen, según lo sugiere el relato, el don de la mortalidad, el don que, diría el mismo Borges, es parte del universo de Dios y al cual hay que aceptar, como la ceguera…

Lo nocivo que nos presenta el relato es la angustia ya no de la muerte existencialista, sino de la angustia en la existencia de seres en la no-muerte. De la existencia en sí y no condicionada por la muerte; es la angustia del ser humano sin las excusas de la muerte; una angustia más profunda, no por las consecuencias de lo que se es, o sea la muerte, sino por el hecho mismo de lo que se es: un ser humano sin cambios, sin mutaciones, sin fin, sin ese instante, ese tiempo, desconocido o incognoscible incluso.

Luego de beber las aguas del río que otorga la inmortalidad, el protagonista vaga por pensamientos y extensiones; se encuentra con otros inmortales, y, finalmente, en un ciclo virtuoso narrativo, va en busca del río que elimina la inmortalidad: elige el encuentro de ese río; elige, ya lo veremos, su propia condición humana…

El tedio y el aburrimiento, pues, elevados a categorías filosóficas, a posibilidades angustiosas de una existencia en sí –y no una existencia opositiva, la existencia ante la muerte–, nos hacen pensar en las acciones humanas, en la condición positiva, y no solamente de una inútil antimortalidad, del ser humano. Así como Sábato escribió que la vanidad era un gran motor del progreso humano, la muerte, la posibilidad y amenaza de la muerte, ha de ser un gran motor no solamente del progreso, sino de los actos, pensamientos, sentimientos y deseos humanos en las implicancias de El inmortal; caso contrario, según nos propone El inmortal, se caería en una inacción bestial, bovina, como la que padece la tribu de los trogloditas… La muerte no está ya, en El inmortal, para dirigir la rueda de los acontecimientos humanos, esa pulsión antimortal; y la vida es un sinsentido, ya no por esa muerte inexplicable, sino también por una inmortalidad que, como todo lo eterno, también es inexplicable, es un juego con los límites, con el fin.

Y acaso vivimos, antes que para vivir mejor, esencialmente para no morir; pero Borges humaniza su filosofía y no la hace abstractamente divina en El inmortal. Borges hace una voz narrativa que elige su mortalidad, que elige –sin salirnos de una preocupación filosófica por el tiempo– el tiempo de la mortalidad humana y no divina: ese tiempo-instante desconocido…

Respecto a esa angustia por la abstracción eterna en uno de los tan abstractos personajes de la ficción borgeana –el narrador de El inmortal–, los seres humanos que no mueren naturalmente perderían mucho de su esencia humana. Antes que seres humanos –cuya condición es la muerte– serían seres no humanos por su eternidad angustiosa: o sea, inmortales; viendo, de esta manera, al tiempo de la muerte natural como un buen definidor de lo humano, o como una esencia imprescindible de la humanidad.

El protagonista del relato y la atmósfera, el aroma digamos, de su escritura eligen digamos que la humanidad, prefieren el más explicable tiempo humano de lo mortal, del dejar hacer al poder del tiempo y de la naturaleza sobre los seres humanos, antes que el fantástico, pero filosóficamente asaz real para una tesis-antítesis dialéctica, tiempo divino, no humano, de la eternidad inmortal.

En todo caso, el tiempo –puesto que la muerte es un tiempo, es un instante– define en gran medida a los seres de El inmortal, define su persona y sus actos. El tiempo de la muerte; o el tiempo, valga quizá la paradoja, de la eternidad.

Así que, finalmente, el narrador bebe las aguas del río mortal; ve sangre feneciente, finita, salir de su cuerpo y, digamos, recupera su humanidad: la posibilidad de lo mortal.

De esta manera la humanidad de El inmortal, la voz del relato y la voz de Borges en el relato, acaso, eligen la condición humana y la posibilidad de la muerte, ya que no la muerte en sí; y ante la filosofía concreta, de carne y hueso, de la angustia existencial del ser para la muerte, por ejemplo, Borges en su relato contrapone la angustia de la existencia sin fin, no humana.

Es el narrador y no Dios, como un creador de filosofía existencialista pero sin la determinación de la muerte, el que elige; y elige, pues, vivir naturalmente para morir naturalmente. Elige, en fin, una vida cuya esencia es el tiempo filosófico de la mortalidad: la humilde y mortal condición humana.

©Realidad literaL
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