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Javier Aguirre Ortiz

El hombre como animal en El hombre acecha, de Miguel Hernández
 

¡Qué diferentes antologías poéticas podrían hacerse con el mismo tema de los animales!

El hombre como animal en El hombre acecha, de Miguel Hernández Podríamos recoger poemas para niños, y poner, por ejemplo, junto a “El lagarto está llorando / la lagarta está llorando./ El lagarto y la lagarta / con delantaritos blancos...” de Lorca, las “ovejas obesas” de Gloria Fuertes, o el Gliptodonte de Jaime Siles...; o podríamos acercarnos al hipnótico tigre de William Blake, “Tiger, tiger, burning bright / in the forests of the night...” (“Tigre, tigre, brillo ardiente / en los bosques de la noche...”) o su corderito, “Little lamb, who make thee?” (Corderito, quién te hizo a ti?), o los que Rubén Darío definiera como los emblemas de Baudelaire y Poe, el gato y el cuervo, o Los motivos del lobo de Rubén, sobre el lobo maltratado por el hombre de San Francisco de Asís, o alguno del bestiario de Apollinaire, por ejemplo, Le poulpe (el pulpo): JETANT son encre vers les cieux, /Suçant le sang de ce qu'il aime/Et le trouvant délicieux,/Ce monstre inhumain, c'est moi même (Lanzando su tinta hacia el cielo, / Sangre chupando de quien ama / Y encontrándola deliciosa / Este monstruo inhumano, soy yo.), o a las moscas de Machado, que cantara Serrat, “Vosotras, las familiares, / inevitables golosas, / vosotras, moscas vulgares, / me evocáis todas las cosas”, o al moscardón azul de Dámaso Alonso, tan triste de haberlo matado que le dedica una elegía. O a las fábulas.

De entre todas, me quedo con la introducción para unas fábulas para animales de Ángel González, en las que recomienda a cada una de las bestias, para ser más animales todavía “que mire al homo sapiens, y que aprenda”. Desde esta dimensión animal del hombre está escrito el primer poema del libro del que quería hablar, después de este rodeo: El hombre acecha de Miguel Hernández, escrito en plena guerra civil. Leámoslo:

CANCIÓN PRIMERA
Se ha retirado el campo
al ver abalanzarse
crispadamente al hombre.
¡Qué abismo entre el olivo
y el hombre se descubre!
El animal que canta:
el animal que puede
llorar y echar raíces,
rememoró sus garras.
Garras que revestía
de suavidad y flores,
pero que, al fin, desnuda
en toda su crueldad.
Crepitan en mis manos.
Aparta de ellas, hijo.
Estoy dispuesto a hundirlas,
dispuesto a proyectarlas
sobre tu carne leve.
He regresado al tigre.
Aparta o te destrozo.
Hoy el amor es muerte,
y el hombre acecha al hombre.

En la guerra, se descubre como una cobertura la humanidad del hombre, su cultura, su dulzura, y aparece su fondo de violencia irrefrenable –al punto de querer proteger a su propio hijo de su violencia. Esa misma violencia que, desatada en la segunda guerra mundial, hará cambiar la visión del mundo y del hombre en una Europa en ruinas. Y sin embargo, después de esa canción primera, ¡qué humanidad rebosa el libro, energía humana que niega, supera ese fondo oscuro, chorro de sangre fértil que irradia vida en medio de la muerte, pacifismo auténtico salido del medio de la guerra, a pecho descubierto:

Un hombre desarmado siempre es un firme bloque:
sabe que no es estéril su firmeza, y resiste.
Y los pueblos se salvan por la fuerza que sopla
desde todos sus muertos.

Como dijo en otro libro grave y luminoso (Cancionero y romancero de ausencias), “Tristes armas / si no son las palabras”. El muerto vivísimo que es Miguel Hernández prefiere acercarse al cordero que al tigre, e ilumina con su sangre limpia el aire que respiramos, el alba roja del día en que el lobo -así ha de ser- duerma con el cordero.

©Realidad literaL
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