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"En una paz meé larga y tendida" Miguel Hernández Para realizar la búsqueda del “Silbo de afirmación en la aldea” por Internet transcribí este verso, que por alguna razón había retenido -¿Por qué conservamos unos versos y no otros?-. Sin duda, este verso es chocante, y por eso más fácil de retener; pero también es bien significativo del tono general del poema, y de la naturaleza de la reacción de Miguel Hernández ante la ciudad, una reacción casi física, que contrasta vivamente con su campo oriolano. Este poema está lleno de sensaciones. En la ciudad es más difícil para uno en una paz mear larga y tendida, y esta acción representa muy bien la tranquilidad y los espacios abiertos del campo, a la par que, acaso, una simbólica marca de posesión del territorio. Miguel trataba de demostrar, mediante cultismos e imágenes gongorinas, que podía ser tan bueno como el mejor de los poetas cultos (“especialistas de la imagen” como Gerardo Diego alabaron su “Perito en lunas”). Sin embargo, por debajo de esa armadura cultista y gongorina está el Miguel de barro que estremecerá con su autenticidad la historia de la poesía española. Y en este poema el carácter indominable (bravo como el toro) del poeta del pueblo asoma ya con su contundencia característica. Qué difícil será encontrar un poeta que encarne mejor que él el tópico literario del “Menosprecio de corte y alabanza de aldea” -título, por cierto, del artificioso best-seller del siglo XVI de Antonio de Guevara-. Y es que en el oriolano el tópico deja de ser literario -en el peor sentido de la palabra- para ser expresión rotunda de un cabrero cabreado, cabreado por la ciudad, que le parece resumen de todos los contravalores imaginables. El silbo es fruto del encontronazo de Miguel con un Madrid al que se aventuró para -por mal que suene- dedicarse a la poesía, arrancándose del estrecho círculo de su Orihuela natal. Madrid, ciudad que a la postre determinaría la evolución ideológica del poeta, es en este poema denigrada como el compendio de todos los males. La reacción de Miguel es bien representativa de como era él en aquel preciso momento: por un lado Madrid le abruma por sus multitudes, sus oscuridades (el metro), sus ascensores, y por otro su formación religiosa -de un catolicismo conservador- le hace condenar moralmente la ciudad. Pero,
antes de seguir, leamos el poema:
La evolución posterior del poeta -este es un poema de su primera etapa- le hará asimilar muchas cosas de las que rechaza en este silbo -principalmente dejará de compartir las reticencias ideológicas que hace a la ciudad, aunque no por eso dejará de ser siempre un pedazo de campo, “cara de terrón” como le retratara su amigo y maestro Pablo Neruda, hasta el fin de sus breves e intensos días-. “Compañeros, camaradas, amigos / despedidme del sol y de los trigos”: Miguel Hernández pertenecía al sol y a los espacios abiertos, como bien lo atestiguan sus dos últimos versos (dos, como los dos que quedaron en el bolsillo de Antonio Machado, también en ellos la palabra sol), escritos en la sombra insalubre de una cárcel de Franco. Me quiero permitir, para cerrar estas torpes palabras, traer un poema que escribí en 1992 (50 aniversario de la muerte del poeta) como pequeño homenaje al inmenso corazón de este imborrable poeta:
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