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Precisamente porque los paisajes que evocamos no necesariamente han sido vistos por nosotros, propongo el relato de un viaje interior: las estaciones en las que paro, ya sean rurales o urbanas, no se las debo a mis ojos, sino a los ojos de otros, y a las palabras de otros. No pretendo ser exhaustiva y seguramente tergiversaré esos paisajes. Ahí es donde empieza la literatura: con la tergiversación. El punto de salida es el Renacimiento, momento en que las ciudades empiezan a tener verdadero desarrollo. En aquel momento, el tópico “menosprecio de corte y alabanza de aldea” se estila mucho. Garcilaso de la Vega busca la serenidad en las inmediaciones del Tajo para dar rienda suelta a su dolor, o a su placer; Fray Luis de León canta las delicias de la vida retirada, cuidando de la tierra, de su flora y fauna, y olvidando las ambiciones y los ajetreos propios de los ciudadanos, los intrigantes cortesanos. La poesía traza un retrato idílico del marco rural, y lo recomienda además como único espacio en que es posible hallar la felicidad y la sabiduría. Esa escondida senda de la que habla Fray Luis nos aleja del halago, de las vanidades, de todo cuanto esclaviza al hombre, y nos propone una vida sencilla, ocupada en quehaceres básicos que distraen la mente y nos salva de sus despeñaderos. El que no ansía, el que no desea, no padece. El que vive en retiro no es tentado a abandonar el cultivo del espíritu ni se ciega con el cuidado del cuerpo, es feliz cuando sale el sol y lo mima su calidez, cuando salen las primeras flores como señal de que el frío cesa en su labor, da las gracias a la tormenta que se aleja y al rayo que no destruye. No espera más, no necesita más. En cambio, ahí tenemos la voraz urbe de la novela picaresca: implacable, aniquiladora, cruel. Es la lucha por la vida, de la que más tarde nos hablaría Pío Baroja. El hombre hecho rata, deshumanizado; y su vida, menos valiosa que un ardite. En la selva adoquinada sobrevive el más listo, o el más rápido, o quien más talento tiene para el engaño. En este contexto, el hombre barroco pierde toda confianza en el género humano y se adelanta a la certeza orteguiana que nos advierte en tono grave: “El hombre es un lobo para el hombre”. No vio Quevedo ni los de su generación más que ruinas, donde antes habían creído ver esplendor. Los muros altivos son abatidos por las guerras infructuosas, las injusticias y el hambre, y yacen, semiderruidos, para menor gloria y mayor vergüenza de quienes los alzaron. Pero, ¡oh, qué prodigio poético envuelve a las ruinas! Incluso ante ese estado el hombre levanta quimeras y restituye el brillo de la vieja armadura y la belleza caída de las estatuas, con sus cabezas rodando por el suelo y sus labios mordidos por el tiempo. La caducidad de las civilizaciones levantadas por el hombre no puede competir en perpetuidad con la naturaleza. Bueno, ¿y quién quiere la eternidad? ¿Acaso cantaría algo el Poeta sin esa sensación acuciante de que el tiempo se acaba? Eso no lo digo yo, lo dijo Machado, o Mairena. A veces los confundo. Volviendo al hilo del asunto, durante largo tiempo lo rural se ha asociado a un tipo de vida alegre e ingenua, en la que todo es un remanso de paz y armonía. Desde las Bucólicas de Virgilio, a las Églogas de Garcilaso o la poesía pastoril neoclásica. Y hablando de Neoclasicismo, ¡qué admirable esfuerzo el del hombre del XVIII por reproducir en piedra la belleza que Dios había decidido otorgar en exclusiva a su obra! No hay una línea inarmónica, ni una curva de más, todo transmite orden y elegancia, y, en este sentido, supera a la creación divina. La naturaleza no es perfecta, pero el hombre puede enderezarla por medio de la razón. La ciudad soñada por el S.XVIII es el espejo en piedra de las aguas de un lago. Precisamente porque el hombre ilustrado admira el medio natural es capaz de pretender reproducir la belleza de éste. No coge las maletas y se retira por el estrecho sendero. Aspira a recrear, a coger lo mejor de ese mundo, pero sin abandonar el que vive. La Ilustración es urbana, y no sólo porque nace en la ciudad de ciudades, luz de toda luz, sino también porque el hombre del XVIII es un ser racional y, por ello mismo, un ser social. Creo firmemente que la Edad Moderna ha sepultado, de forma casi generalizada, el idilio de los campos. Los poetas románticos, como los modernistas, persiguen sus versos emboscados en jardines galantes, pero más bien urbanos. Claro que siempre hay excepciones sublimes. Cuando uno lee, por ejemplo, a Juan Ramón, desea coger el atillo y volverse al pueblo, buscar la sombra de la higuera, y, sentado junto al pozo, oír el tañido de las campanas o el zumbido de las moscas, incluso con añoranza anticipada por el miedo a un día perderlo. Siempre hay quien rompe una lanza a favor de ese estilo de vida. Claro que Juan Ramón tenía algo de neurótico, no lo pasemos por alto. Lo normal es que una persona medianamente sensible e inteligente acabe asfixiada en un ambiente así. Además, ¿hay algo más desagradable que el zumbido de las moscas? Hasta a los hombres de la Generación del 98, tan amantes de los pueblos de España, se les cae el alma a los pies cuando, ataviados con gorra y cayado, se lanzan a recorrer los caminos de la árdida Iberia. Recordemos al protagonista de El árbol de la ciencia, esa obra barojiana cuyo desasosiego habría querido para sí Pessoa. Andrés Hurtado, el joven licenciado en Medicina, contrafigura del propio autor, es enviado a un pueblo manchego ficticio, pero tanto o más real que cualquier pueblo existente. Sale de un Madrid enquistado de ladrones, pícaros, saltimbanquis y prostitutas, por un lado, y de otro, gentes indolentes de tripa ancha que viven a costa precisamente de las miserias de aquéllos. No obstante, lo que le espera en Alcolea del Campo no es mejor. Sus gentes, más bien hurañas y desconfiadas, como todos los ignorantes; muchos de ellos de expresión bobalicona, labio colgante, orejas más bien separadas y un burdo sentido del humor, unido a una inexistente sensibilidad que los hace a veces más crueles que la misma Madre Naturaleza de la que hablaba Emilia Pardo Bazán. La mojigatería se adueña de las calles del pueblo, gran parte del día desiertas: los hombres en el campo o el casino; las mujeres, en la iglesia o en casa haciendo ganchillo, o tras la persiana adivinando los ires y venires de las vecinas, dentro de sus casas enlutadas, con olor a tumba adivinada. La envidia del otro, el recelo de las otras, todos enemigos, en el fondo, de todos. No tarda mucho tiempo Andrés Hurtado en abandonar esa Arcadia. Más bien sale escopeteado. La sensación que transmiten los versos de Antonio Machado en Campos de Castilla no es más idílico. La pobreza y la dureza del medio distinguen los paisajes que le sirven de motivo inspiratorio. Con todo, algo de bueno ha de tener el abandono de estos sitios cuando Federico García Lorca vuelve de Nueva York perplejo ante el estrépito de la gran metrópolis y de cuanta cosificación allí observa. ¡Cuán lejana queda entonces para él su Granada provinciana! ¡Y cuán querida! Por no hablar de los pueblos de la Vega, con sus mujeres morenas cantando coplas mientras hacen la colada a orillas del río, sus gentes sencillas y buenas, símbolo de la poeticidad del folclore, ajenos a toda torre de marfil. Pueblos los hay de muchas clases, pero en el caso de Lorca, la idealización parece para mí más que evidente. Con todo, incluso el Baroja más crítico pone en boca del rústico de Camino de perfección la auténtica verdad de la vida. ¿Es posible encontrar gentes que se salven de la rudeza de la tierra, que se libren de la casi certera determinación del suelo? En literatura, todo es posible. Quisiera creer que en la realidad, también. Pero si pensamos en la mayor parte de las visiones que se nos dan de los pueblos, desde la figura del cateto a la del cacique, lo cierto es que muy buena prensa no tiene la ensoñación rural. Y lo más inquietante es que no parece tampoco haber una alternativa de calidad. La ciudad ha ganado en hostilidad y nihilismo con el paso del tiempo, de ahí muchas náuseas, no sólo de Sartre sino de cuantos existencialistas colmamos de gemidos el cielo ahumado en nuestra nocturnidad sin estrellas. Ya no hay gatos que persigan al cielo por los tejados... |
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