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En
la pesada noche del 14 de agosto del año 599 el papa Gregorio
Magno escribía al Patriarca de Constantinopla, en la Basílica,
a la luz de una alcuza, cierto rescripto referido a las bondades
de la vida celestial acuciado por un dolor de muelas que le causaba
insomnio. Gregorio fue primer monje que alcanzó el trono
de Pedro y además de ser uno de los cuatro doctores de la
Iglesia Latina[1], fue el compilador del “Antifonario”
que se cantaba en las liturgias de las catacumbas y que la incuria
del tiempo fue deshojando para que algún día naciese
el canto gregoriano. También escribió una reflexión
sobre el Libro de Job en la que rescata esta sentencia de las Escrituras
que conviene retener: “en la felicidad, no olvides la desdicha;
en el dolor, no olvides la felicidad”[2].
Fue electo Papa en el año 590 y falleció en el año
604. Sostuvo Roma cuando el Senado ya había desaparecido
y la Iglesia no estaba lo suficientemente organizada para administrar
un municipio; pactó en nombre de Roma con las hordas lombardas.
Se ocupó de los acueductos, el empedrado, la escasa iluminación,
la provisión de cereales (que gestionó ante Nápoles),
la justicia terrena y la defensa de la urbe aplicando como Sumo
Pontífice (cargo que significa “el mayor constructor
de puentes” para que veamos que si el Cielo nos dio ríos,
también nos proveyó de ingenieros para sortearlos)
todo lo que había aprendido antes como prefecto de Roma.
Un
Papa desvelado por un simple dolor dental, reconozcámoslo,
es un verdadero martirio íntimo, secreto a la propaganda.
El Obispo de Roma pensaba con dolor, ya que estaba condolido, en
las almas de filósofos griegos y judíos ilustres que
por haberse privado del bautismo, que es como decir por dejar de
darse un baño, estaban condenados a ser huéspedes
de su enconado enemigo Satanás. ¿Quién no se
sentiría legítimamente atribulado sabiendo que espíritus
insignes como Séneca, Aristóteles, Salomón,
Moisés, Platón y sus secuaces Porfirio y Plotino,
los ejemplares estoicos, el emperador Marco Aurelio, Alejandro Magno,
Ciro, los ingeniosos Dédado e Ícaro, Pericles, Artajerjes,
Idomeneo, quién sabe qué inmensa legión de
chinos e indios arderían para siempre en las llamas del Infierno?
En
la noche cerrada por álamos y la canícula agobiante,
un viento repentino proveniente de la amplia ventana abierta al
cielo desparramó los manuscritos. Era el batir de alas del
Espíritu Santo que venía en su auxilio dejando caer
una pluma blanca (cálamo) para escribir con ella el decreto
mediante el cual quedaba oficialmente inaugurado el Limbo y su sucursal
adyacente, el Purgatorio. Al Limbo irían a parar desde entonces
las ánimas inocentes cuya única privación fue
haber nacido antes de tiempo, es decir antes de Cristo. Esa misma
noche (a qué esperar más, a ver si todavía
Satanás conseguía persuadir por el mal camino a gente
tan declaradamente bienaventurada) deportó por decreto a
un listado de sabios, científicos, pensadores, gobernantes,
ministros, sacerdotes judíos y escritores de toda la antigüedad
clásica. Al Limbo fueron a parar en ese mismo instante cumpliendo
las disposiciones de Cristo cuando dijo a Pedro, su primer Papa:
“Todo lo que atares en la tierra, atado será en el
cielo; todo lo que desatares en la tierra, desatado será
en el cielo”. A la estancia adyacente del Purgatorio serían
destinados los cristianos fallecidos con cuentas pendientes en el
libro menor del catastro celestial hasta pagar el último
denario antes de quedar limpios de mancha para arribar al Cielo.
Con la pluma del ala del Espíritu santo san Gregorio habilitó
definitivamente las estancias intermedias entre la Tierra donde
somos una vasija de barro soez que contiene oro en polvo y el Cielo,
donde todo es oro puro como soñaban los alquimistas porque
para llegar a él ya hemos roto el envoltorio de carne, el
cántaro de arcilla.
¿Acaso
es una broma del Vaticano?, se sentirá persuadido a preguntarse
algún lector sagaz o esa lectora recelosa que retiene sin
embargo entre las manos este libro visiblemente fantasioso. Es tan
real como todo escrito, puedo asegurarles a ambos. Cuando el furibundo
F. Nietzsche apostrofa con odio al cristianismo llamándolo
“doctrina de esclavos y cretinos” (porque fomenta la
debilidad y la piedad en la criatura humana que de este modo nunca
llegará a ser el superhombre) está pensando en la
rotunda solidez del mundo material; Gregorio, en cambio, pensaba
en el espíritu, ¿nos es lícito repudiarlo por
haber diseñado la planificación urbanística
del más allá escribiendo que es como decir convirtiendo
su espíritu en palabras? Aunque admiro la fenomenal revolución
del pensamiento que produjo el genio de Nietzsche, hay dos temas
en los que disiento. El primero, que la solidaridad y la comprensión
entre la gente se deba exclusivamente a la flaqueza de un espíritu
débil que ve en la desgracia del otro la señal de
su propio deterioro. El segundo, haber dicho del Dante que era una
“hiena versificando entre sepulcros”; es bien sabido
que Dante tenía todo lo que usted quisiera menos sentido
del humor, y la hiena es un animal frívolo y de risa fácil.
De todos modos la “Divina Commedia” es un edificio tan
monumental y consolidado por los siglos que lanzarle piedras resulta
peligroso para la propia salud: alguna rebotará y nos partirá
la cabeza. Contra todo eso, creo, opino, escribo que socorrer una
necesidad ajena requiere de una gran fortaleza interior y demuestra
casi siempre la superioridad espiritual de seres que han pasado
por encima de su propia impotencia.
¿Cómo
es ese Purgatorio ideal que hospeda las almas de los cristianos
muertos con deudas menores? Gregorio imaginó un antro o madriguera
basándose en 1º Corintios 3:14 donde San Pablo amonesta
al díscolo rebaño de Corinto asegurándoles
que todas las manchas serán purificadas con fuego.
San
Gregorio escribió que:
"Si
Jesucristo dijo que hay faltas que no serán perdonadas ni
en este mundo ni en el otro, es señal de que hay faltas que
sí son perdonadas en el otro mundo. Para que Dios perdone
a los difuntos las faltas veniales que tenían sin perdonar
en el momento de su muerte, para eso ofrecemos misas, oraciones
y limosnas por su eterno descanso".
Ya
vemos claramente que razonó de un modo correcto. Teniendo
la potestad de “atar en la tierra” lo que Dios amarrará
en el Cielo, puso manos a la obra escribiéndolo. ¿No
hago lo mismo? ¿No me limito a escribir en vez de vivir?
Ya quedo indultado de criticar a san Gregorio, les dejo a ustedes
que viven en vez de escribir, la tarea de juzgarnos. Antes debo
advertirles que Gregorio había cultivado una gran amistad
en Constantinopla cuando fue apocrisiario entre el año 579
y el 586. A la muerte de Pelagio IIº, Gregorio mismo es ungido
Papa por la triple aclamación del pueblo, el senado y el
clero romanos. Unos dicen que la triple corona pontificia viene
de esas tres fuentes originarias de poder. Otros, que representan
(todo se reduce a símbolos) los tres continentes originales:
en la antigüedad se creía que las tierras firmes eran
Europa, Asia y África. Otros, que significan el dominio sobre
tierra, agua y aire. Otros, que son el censo de las tres Iglesias:
la Iglesia triunfante (el conjunto de los bienaventurados que murieron
en gracia y disfrutan del Cielo), la Iglesia militante (los que
estamos viviendo y combatimos el mal con el bien), la Iglesia sufriente
(las almas que están en proceso de purificación en
el Purgatorio). La rueda del tiempo dio sus giros y Gregorio está
en San Pedro con la tiara pontificia trabajando con tal celo que
en su epitafio lo nombraron “cónsul de Dios”.
Una noche recibe en sueños la visita del amigo que había
dejado en Constantinopla y que, siguiendo la inveterada costumbre
que usa la gente para mortificarnos gratuitamente, había
muerto sin avisar. Lo que sí informa detalladamente al Papa
es la tristeza que siente en el más allá por hallarse
privado de la gracia de Dios.
Gregorio
Magno, hombre práctico, pone manos a la obra e instaura gratis
las “misas gregorianas” en sufragio para la salvación
de las ánimas que están en el Purgatorio como estaba
el rico Epulón a quien el pobre Lázaro que comía
de sus migajas no pudo socorrer según el relato evangélico,
porque hasta aquel momento no se había fundado el Purgatorio
y las cosas eran negras o blancas para Dios que había creado
un mundo gris y que sin embargo sólo admitía hasta
el 14 de agosto del año 599 un Cielo que tenía la
entrada vigilada y un Infierno con la salida tapiada a cal y canto.
Después de rezar 300 misas en memoria de su amigo, éste
se le apareció nuevamente en sueños agradeciéndole
por haber alcanzado finalmente la gracia. Volvemos al tema de los
sueños; ¿han visto estimados lectores y lectoras cómo
nos las ingeniamos para ir detrás del carro de heno? Sería
extravagante pensar que un Papa sueñe con, por ejemplo, el
último campeonato de fútbol o los aprestos para sembrar
leguminosas. Roger Bastide escribe, nos advierte que si bien Freud
personalizó el mundo de los sueños (casi se diría
en términos económicos que los privatizó) ahora
habrá que devolverlos a la sociedad porque evidentemente,
se sueña lo que se vive y se vive gregariamente, algo que
ya lo entendió Gregorio Magno.
En
la obra La naturaleza del descubrimiento matemático, Henri
Poincaré nos confiesa que lejos de ser absolutamente racional,
el pensamiento matemático muchas veces toma de un sueño
los datos más importantes para resolver problemas complejos;
de un modo elegante monsieur Poincaré nos está diciendo
que soñaba fórmulas y ecuaciones cosa que jamás
osó sucederme como quiero suponer que les ocurre a ustedes
también. No vengan a decirme que “habitualmente sueñan
que están resolviendo logaritmos” porque empezaré
a sospechar de nuevo que hay una conjura de gente inteligente que
intenta demostrarme que soy un poco minusválido mental. No
olviden el tumor por favor, y traten de ser lectores y lectoras
gentiles pasando por alto mis deficiencias. Roger Bastide hizo una
pequeña prueba en Nigeria y la repitió en Brasil:
estudió los sueños de las poblaciones marginales de
las grandes ciudades; ¿por qué un sociólogo
estaría interesado en los sueños de los suburbios
siendo los mismos sueños los suburbios de la mente? Le interesaba
estudiar la integración social que se manifiesta en lo inconsciente
y nos explica que los cinturones marginales son el sitio donde conviven
los viejos símbolos traídos del área rural
con los nuevos adquiridos en la ciudad. Estudió los sueños
e hizo el test de Rorschach a tres poblaciones. Dispénsenme
por favor de esta excursión por la psiquiatría, no
fue mi intención sino la de Bastide la que guió el
tránsito. Estudió una población de mujeres
en el cinturón de Recife devotas de Xangô y que practicaban
piadosamente los ritos del candomblé. La segunda población,
también femenina, tenía mucamas y trabajadoras de
los barrios marginales de San Pablo y un tercer grupo, de mulatos
de clase media de San Pablo.
A
efectos prácticos Recife puede considerarse una ciudad con
fuertes relictos de los cultos africanos mientras San Pablo tiene
una población laica, más adaptada al ritmo y las exigencias
de cualquier cosmópolis. El estudio comprobó que el
primer grupo percibe y significa la imaginería onírica
como lo haría un africano nativo aunque viven adaptados a
las exigencias urbanas. Viven, para decirlo en términos de
Bastide, “en mundos separados” un mundo anímico
y religioso africano y un mundo social brasileño. Así
como el finado Pasteur decía que (nos lo recuerda Bastide)
cuando entraba en su laboratorio cerraba la puerta de su capilla,
cuando esta gente entra en el mundo de Xangô, cierra la puerta
de Brasil. Cuando se tomaba el test de Rorschach, que es una prueba
proyectiva en la que se muestran imágenes indefinidas (una
serie de manchas de tinta) sobre las que la mente reconstruye pensamientos
en forma de imágenes que ya están previamente presentes
y que las manchas permiten “interpretar” según
sus propios patrones, todas terminaban significando algún
aspecto del panteón africano: mitos, dioses, espíritus,
encarnaciones. Aquella mulata aparentemente “aclimatada”
en los suburbios de Recife seguía soñando con el África,
la llanura incandescente, el horizonte somnoliento y las primitivas
divinidades que está allí desde el principio de los
tiempos.
Si
antes de Gregorio había solamente dos trasmundos (el Cielo
y el Infierno) después de Gregorio la topografía del
más allá reclutó nuevos servicios inmobiliarios
y de su demografía se encargó un poeta. Si Gregorio
fundó el Purgatorio, Dante lo pobló de italianos bochincheros,
complacientes, incontinentes y pecadores. Pero todos los 3 de septiembre
podríamos levantar una copa de vino en nombre de Gregorio
el fundador y la muela que lo mantuvo en vigilia.
La
vida de san Gregorio figura en trozos dispersos: el infalible Liber
Pontificalis, la Vita Gregorii papae de Pablo Diácono (775),
el anónimo manuscrito del monasterio de Sait-Gall y la Biografía
escrita por el Diácono Juan a pedido del papa Juan VIIIº
en el siglo IX. Novellino se limitó a transcribir párrafos
de la obra de Pablo Diácono que es la más rica en
detalles.
NOTAS:
[1]
Los cuatro doctores de la Iglesia (rito latino) son: Ambrosio de
Milán, Jerónimo de Estridón (el anacoreta que
vivía en una cueva con un león), Agustín de
Hipona y Gregorio Magno. Los cuatro doctores del rito griego son:
Atanasio, Juan Crisóstomo, Basilio de Cesarea y Gregorio
Nacianceno. La Iglesia gusta de las simetrías y así
como hay cuatro evangelistas, querían cuatro doctores.
[2]
Dante volverá sobre ella al decir “Nada
duele más que como recordar la felicidad en medio del infortunio”,
palabras más, palabras menos ya que mi traducción
adolece de todos los males achacables a mi memoria baldada por el
tumor.
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