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LA FUNDACIÓN DEL PURGATORIO

San Gregorio Magno

Alejandro Bovino

 

San Gregorio Magno
1625 – 1627
Óleo sobre lienzo, 83 x 36 cm
Ingresa en el Museo por la Desamortización de
la Cartuja de Portacoeli, Serra (Valencia).
Nº inv. 477

En la pesada noche del 14 de agosto del año 599 el papa Gregorio Magno escribía al Patriarca de Constantinopla, en la Basílica, a la luz de una alcuza, cierto rescripto referido a las bondades de la vida celestial acuciado por un dolor de muelas que le causaba insomnio. Gregorio fue primer monje que alcanzó el trono de Pedro y además de ser uno de los cuatro doctores de la Iglesia Latina[1], fue el compilador del “Antifonario” que se cantaba en las liturgias de las catacumbas y que la incuria del tiempo fue deshojando para que algún día naciese el canto gregoriano. También escribió una reflexión sobre el Libro de Job en la que rescata esta sentencia de las Escrituras que conviene retener: “en la felicidad, no olvides la desdicha; en el dolor, no olvides la felicidad”[2]. Fue electo Papa en el año 590 y falleció en el año 604. Sostuvo Roma cuando el Senado ya había desaparecido y la Iglesia no estaba lo suficientemente organizada para administrar un municipio; pactó en nombre de Roma con las hordas lombardas. Se ocupó de los acueductos, el empedrado, la escasa iluminación, la provisión de cereales (que gestionó ante Nápoles), la justicia terrena y la defensa de la urbe aplicando como Sumo Pontífice (cargo que significa “el mayor constructor de puentes” para que veamos que si el Cielo nos dio ríos, también nos proveyó de ingenieros para sortearlos) todo lo que había aprendido antes como prefecto de Roma.

Un Papa desvelado por un simple dolor dental, reconozcámoslo, es un verdadero martirio íntimo, secreto a la propaganda. El Obispo de Roma pensaba con dolor, ya que estaba condolido, en las almas de filósofos griegos y judíos ilustres que por haberse privado del bautismo, que es como decir por dejar de darse un baño, estaban condenados a ser huéspedes de su enconado enemigo Satanás. ¿Quién no se sentiría legítimamente atribulado sabiendo que espíritus insignes como Séneca, Aristóteles, Salomón, Moisés, Platón y sus secuaces Porfirio y Plotino, los ejemplares estoicos, el emperador Marco Aurelio, Alejandro Magno, Ciro, los ingeniosos Dédado e Ícaro, Pericles, Artajerjes, Idomeneo, quién sabe qué inmensa legión de chinos e indios arderían para siempre en las llamas del Infierno?

En la noche cerrada por álamos y la canícula agobiante, un viento repentino proveniente de la amplia ventana abierta al cielo desparramó los manuscritos. Era el batir de alas del Espíritu Santo que venía en su auxilio dejando caer una pluma blanca (cálamo) para escribir con ella el decreto mediante el cual quedaba oficialmente inaugurado el Limbo y su sucursal adyacente, el Purgatorio. Al Limbo irían a parar desde entonces las ánimas inocentes cuya única privación fue haber nacido antes de tiempo, es decir antes de Cristo. Esa misma noche (a qué esperar más, a ver si todavía Satanás conseguía persuadir por el mal camino a gente tan declaradamente bienaventurada) deportó por decreto a un listado de sabios, científicos, pensadores, gobernantes, ministros, sacerdotes judíos y escritores de toda la antigüedad clásica. Al Limbo fueron a parar en ese mismo instante cumpliendo las disposiciones de Cristo cuando dijo a Pedro, su primer Papa: “Todo lo que atares en la tierra, atado será en el cielo; todo lo que desatares en la tierra, desatado será en el cielo”. A la estancia adyacente del Purgatorio serían destinados los cristianos fallecidos con cuentas pendientes en el libro menor del catastro celestial hasta pagar el último denario antes de quedar limpios de mancha para arribar al Cielo. Con la pluma del ala del Espíritu santo san Gregorio habilitó definitivamente las estancias intermedias entre la Tierra donde somos una vasija de barro soez que contiene oro en polvo y el Cielo, donde todo es oro puro como soñaban los alquimistas porque para llegar a él ya hemos roto el envoltorio de carne, el cántaro de arcilla.

¿Acaso es una broma del Vaticano?, se sentirá persuadido a preguntarse algún lector sagaz o esa lectora recelosa que retiene sin embargo entre las manos este libro visiblemente fantasioso. Es tan real como todo escrito, puedo asegurarles a ambos. Cuando el furibundo F. Nietzsche apostrofa con odio al cristianismo llamándolo “doctrina de esclavos y cretinos” (porque fomenta la debilidad y la piedad en la criatura humana que de este modo nunca llegará a ser el superhombre) está pensando en la rotunda solidez del mundo material; Gregorio, en cambio, pensaba en el espíritu, ¿nos es lícito repudiarlo por haber diseñado la planificación urbanística del más allá escribiendo que es como decir convirtiendo su espíritu en palabras? Aunque admiro la fenomenal revolución del pensamiento que produjo el genio de Nietzsche, hay dos temas en los que disiento. El primero, que la solidaridad y la comprensión entre la gente se deba exclusivamente a la flaqueza de un espíritu débil que ve en la desgracia del otro la señal de su propio deterioro. El segundo, haber dicho del Dante que era una “hiena versificando entre sepulcros”; es bien sabido que Dante tenía todo lo que usted quisiera menos sentido del humor, y la hiena es un animal frívolo y de risa fácil. De todos modos la “Divina Commedia” es un edificio tan monumental y consolidado por los siglos que lanzarle piedras resulta peligroso para la propia salud: alguna rebotará y nos partirá la cabeza. Contra todo eso, creo, opino, escribo que socorrer una necesidad ajena requiere de una gran fortaleza interior y demuestra casi siempre la superioridad espiritual de seres que han pasado por encima de su propia impotencia.

¿Cómo es ese Purgatorio ideal que hospeda las almas de los cristianos muertos con deudas menores? Gregorio imaginó un antro o madriguera basándose en 1º Corintios 3:14 donde San Pablo amonesta al díscolo rebaño de Corinto asegurándoles que todas las manchas serán purificadas con fuego.

San Gregorio escribió que:

"Si Jesucristo dijo que hay faltas que no serán perdonadas ni en este mundo ni en el otro, es señal de que hay faltas que sí son perdonadas en el otro mundo. Para que Dios perdone a los difuntos las faltas veniales que tenían sin perdonar en el momento de su muerte, para eso ofrecemos misas, oraciones y limosnas por su eterno descanso".

Ya vemos claramente que razonó de un modo correcto. Teniendo la potestad de “atar en la tierra” lo que Dios amarrará en el Cielo, puso manos a la obra escribiéndolo. ¿No hago lo mismo? ¿No me limito a escribir en vez de vivir? Ya quedo indultado de criticar a san Gregorio, les dejo a ustedes que viven en vez de escribir, la tarea de juzgarnos. Antes debo advertirles que Gregorio había cultivado una gran amistad en Constantinopla cuando fue apocrisiario entre el año 579 y el 586. A la muerte de Pelagio IIº, Gregorio mismo es ungido Papa por la triple aclamación del pueblo, el senado y el clero romanos. Unos dicen que la triple corona pontificia viene de esas tres fuentes originarias de poder. Otros, que representan (todo se reduce a símbolos) los tres continentes originales: en la antigüedad se creía que las tierras firmes eran Europa, Asia y África. Otros, que significan el dominio sobre tierra, agua y aire. Otros, que son el censo de las tres Iglesias: la Iglesia triunfante (el conjunto de los bienaventurados que murieron en gracia y disfrutan del Cielo), la Iglesia militante (los que estamos viviendo y combatimos el mal con el bien), la Iglesia sufriente (las almas que están en proceso de purificación en el Purgatorio). La rueda del tiempo dio sus giros y Gregorio está en San Pedro con la tiara pontificia trabajando con tal celo que en su epitafio lo nombraron “cónsul de Dios”. Una noche recibe en sueños la visita del amigo que había dejado en Constantinopla y que, siguiendo la inveterada costumbre que usa la gente para mortificarnos gratuitamente, había muerto sin avisar. Lo que sí informa detalladamente al Papa es la tristeza que siente en el más allá por hallarse privado de la gracia de Dios.

Gregorio Magno, hombre práctico, pone manos a la obra e instaura gratis las “misas gregorianas” en sufragio para la salvación de las ánimas que están en el Purgatorio como estaba el rico Epulón a quien el pobre Lázaro que comía de sus migajas no pudo socorrer según el relato evangélico, porque hasta aquel momento no se había fundado el Purgatorio y las cosas eran negras o blancas para Dios que había creado un mundo gris y que sin embargo sólo admitía hasta el 14 de agosto del año 599 un Cielo que tenía la entrada vigilada y un Infierno con la salida tapiada a cal y canto. Después de rezar 300 misas en memoria de su amigo, éste se le apareció nuevamente en sueños agradeciéndole por haber alcanzado finalmente la gracia. Volvemos al tema de los sueños; ¿han visto estimados lectores y lectoras cómo nos las ingeniamos para ir detrás del carro de heno? Sería extravagante pensar que un Papa sueñe con, por ejemplo, el último campeonato de fútbol o los aprestos para sembrar leguminosas. Roger Bastide escribe, nos advierte que si bien Freud personalizó el mundo de los sueños (casi se diría en términos económicos que los privatizó) ahora habrá que devolverlos a la sociedad porque evidentemente, se sueña lo que se vive y se vive gregariamente, algo que ya lo entendió Gregorio Magno.

En la obra La naturaleza del descubrimiento matemático, Henri Poincaré nos confiesa que lejos de ser absolutamente racional, el pensamiento matemático muchas veces toma de un sueño los datos más importantes para resolver problemas complejos; de un modo elegante monsieur Poincaré nos está diciendo que soñaba fórmulas y ecuaciones cosa que jamás osó sucederme como quiero suponer que les ocurre a ustedes también. No vengan a decirme que “habitualmente sueñan que están resolviendo logaritmos” porque empezaré a sospechar de nuevo que hay una conjura de gente inteligente que intenta demostrarme que soy un poco minusválido mental. No olviden el tumor por favor, y traten de ser lectores y lectoras gentiles pasando por alto mis deficiencias. Roger Bastide hizo una pequeña prueba en Nigeria y la repitió en Brasil: estudió los sueños de las poblaciones marginales de las grandes ciudades; ¿por qué un sociólogo estaría interesado en los sueños de los suburbios siendo los mismos sueños los suburbios de la mente? Le interesaba estudiar la integración social que se manifiesta en lo inconsciente y nos explica que los cinturones marginales son el sitio donde conviven los viejos símbolos traídos del área rural con los nuevos adquiridos en la ciudad. Estudió los sueños e hizo el test de Rorschach a tres poblaciones. Dispénsenme por favor de esta excursión por la psiquiatría, no fue mi intención sino la de Bastide la que guió el tránsito. Estudió una población de mujeres en el cinturón de Recife devotas de Xangô y que practicaban piadosamente los ritos del candomblé. La segunda población, también femenina, tenía mucamas y trabajadoras de los barrios marginales de San Pablo y un tercer grupo, de mulatos de clase media de San Pablo.

A efectos prácticos Recife puede considerarse una ciudad con fuertes relictos de los cultos africanos mientras San Pablo tiene una población laica, más adaptada al ritmo y las exigencias de cualquier cosmópolis. El estudio comprobó que el primer grupo percibe y significa la imaginería onírica como lo haría un africano nativo aunque viven adaptados a las exigencias urbanas. Viven, para decirlo en términos de Bastide, “en mundos separados” un mundo anímico y religioso africano y un mundo social brasileño. Así como el finado Pasteur decía que (nos lo recuerda Bastide) cuando entraba en su laboratorio cerraba la puerta de su capilla, cuando esta gente entra en el mundo de Xangô, cierra la puerta de Brasil. Cuando se tomaba el test de Rorschach, que es una prueba proyectiva en la que se muestran imágenes indefinidas (una serie de manchas de tinta) sobre las que la mente reconstruye pensamientos en forma de imágenes que ya están previamente presentes y que las manchas permiten “interpretar” según sus propios patrones, todas terminaban significando algún aspecto del panteón africano: mitos, dioses, espíritus, encarnaciones. Aquella mulata aparentemente “aclimatada” en los suburbios de Recife seguía soñando con el África, la llanura incandescente, el horizonte somnoliento y las primitivas divinidades que está allí desde el principio de los tiempos.

Si antes de Gregorio había solamente dos trasmundos (el Cielo y el Infierno) después de Gregorio la topografía del más allá reclutó nuevos servicios inmobiliarios y de su demografía se encargó un poeta. Si Gregorio fundó el Purgatorio, Dante lo pobló de italianos bochincheros, complacientes, incontinentes y pecadores. Pero todos los 3 de septiembre podríamos levantar una copa de vino en nombre de Gregorio el fundador y la muela que lo mantuvo en vigilia.

La vida de san Gregorio figura en trozos dispersos: el infalible Liber Pontificalis, la Vita Gregorii papae de Pablo Diácono (775), el anónimo manuscrito del monasterio de Sait-Gall y la Biografía escrita por el Diácono Juan a pedido del papa Juan VIIIº en el siglo IX. Novellino se limitó a transcribir párrafos de la obra de Pablo Diácono que es la más rica en detalles.

NOTAS:

[1] Los cuatro doctores de la Iglesia (rito latino) son: Ambrosio de Milán, Jerónimo de Estridón (el anacoreta que vivía en una cueva con un león), Agustín de Hipona y Gregorio Magno. Los cuatro doctores del rito griego son: Atanasio, Juan Crisóstomo, Basilio de Cesarea y Gregorio Nacianceno. La Iglesia gusta de las simetrías y así como hay cuatro evangelistas, querían cuatro doctores.

[2] Dante volverá sobre ella al decir “Nada duele más que como recordar la felicidad en medio del infortunio”, palabras más, palabras menos ya que mi traducción adolece de todos los males achacables a mi memoria baldada por el tumor.

 
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