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Dr. Brahiman Saganogo

MITOS Y MITOLOGÍAS EN LA NARRATIVA DE JORGE ZALAMEA

“El Gran Burundún-Burundá ha muerto”


La presencia de los mitos en la narrativa de Jorge Zalamea es evidente y permanente, y se manifiesta en los ámbitos artísticos y literarios. Resulta interesante en tanto que medio de “universalizar temas y personajes”. Además, su significado como una forma de descubrir e interpretar la realidad en el arte.

Para guiar el trabajo, formularé la hipótesis siguiente: la dimensión mítica de la obra es la que revela más la realidad que supera los sentidos dando rienda vuelta a la especulación y a la imaginación.

El autor en sus obras (sobre todo en El Gran Burundún-Burundá ha muerto), revela actitudes frente a las leyendas de la mitología antigua, las cuales nos permiten sacar a la luz situaciones particulares de los personajes, de los hechos y al mismo tiempo contribuyen a definir momentos significativos en el desarrollo de su novelística. Estas formas míticas tienen su lógica y su verdad y encierran algo de invocación y de enigmática presencia. Por otra parte, ponen en juego una ampliación del conocimiento del mundo y un interés de trascendencia refiriendo no sólo al principio del mundo sino también al presente.

La palabra mito aparece como un término ambiguo que abusivamente, se la suele tomar por “mentira” o “falsedad”. Para Henri Morier, el mito se define:

[…] por lo general, como un relato de origen anónimo, verosímilmente ético y legendario, de carácter alegórico. En particular, aquel mismo relato, que forma parte de un sistema religioso y poético: los mitos se relacionan unos con otros y forman una mitología. Por extensión: una concepción colectiva, tipo de creencia vaga de gusto, de culto o de adoración laica espontánea […]. Los mitos son la marca de una época […]. Abusivamente, un mito es una fábula, un cuento de hadas, un relato inverosímil o mentiroso. (Morier, 1981: p.803)(1).

Y la mitología, como la ciencia de los mitos; es también la historia de los fabulosos dioses y héroes de la gentilidad. El mito como tal, tiene funciones relevantes que justifican su uso en varios autores:

-La Función explicativa, metafísica y ética: el mito es un relato cuyos elementos no coinciden con la realidad integral, pero que reproduce mediante la tradición oral o escrita, un intento de explicar una dificultad de orden moral o metafísico. El mito llena una insuficiencia en la explicación que el hombre se hace de las cosas de la vida: motiva un misterio. Como el ser humano no entendía los orígenes de su especie, entonces, inventó una historia con el fin de satisfacer su curiosidad. Así, es el caso de la función de Adán y Eva en la civilización judeocristiana.

-Función compensatoria y libertadora del mito. El mito pertenece a la terapéutica del alma. Disuelve provisionalmente o ficcionalmente las angustias metafísica y moral cuando, decía Henri Morier respectivamente: “[el mito] da una razón de estar en el cielo estrellado […] carga a Adán de la culpa original y hace esperar la redención de la Psique o el perdón de Barabbas El mito es el que viene a liberar al hombre que sufre de la angustia metafísica. Particularmente es el caso del mito épico que satisface al nivel imaginativo el deseo de potencia y de hechos sobrenaturales. Y los mitos épicos en la mayoría de los casos encuentran una especie de fuerza en la acción libertadora en su modelo mítico.

-Función psicoanalítica del mito. Los últimos puntos mencionados dan a entender que el mito aparece cada vez que el relato imaginario desempeña un papel moral compensatorio: a menudo consuela al poeta de sus fracasos en la vida práctica. El carácter mítico de la novela se justifica por el hecho de que permite al escritor informar en la ficción lo que la vida le ha negado. Charles Baudelaire enamorado de Jeanne Duvale, se revela en la acción ficticia de Las flores del mal. Tanto los novelistas como los poetas, ambos revelan en la ficción lo que la vida práctica les ha prohibido. A este respecto, Morier decía:

el poema es un exutorio. La novela negra o la tragedia son purificación, catársis; cometemos asesinatos por persona interpuesta, matamos en efigie: el mito nos libera, y el fin de Clytemestre nos venga de las madrastras sin que nuestras manos se ensangrienten. ¿Qué esperan nuestros novelistas para darnos relatos en los cuales serán inmolados los hombres de negocios y los regidores? Nos purificarían de tantos pensamientos homicidas. (Op. cit., p. 806).

Es notable en esta obra la presencia de los mitos clásicos. En cierta medida, se trata de simples comparaciones con los atributos de algunas divinidades mitológicas. Así es como Burundún-Burundá es comparado con unos dioses mitológicos o alude a “Dionisio el siracusano, Diablo cojuelo, huichilopoztli, Prometeo” (Zalamea,1989:pp. 102,111,128) (2). Empezaremos por “Dionisio el siracusano”, un mito sacado de la mitología griega. Según el Diccionario de la mitología mundial:

Dionisio es el dios del vino y de la vid, alegre y cruel a la vez. Hijo de Zeus y de Semele, luchó contra los gigantes que escalaron el cielo bajo la forma de animal (de león). Conquistó la India; luchando contra los piratas tirrenos que saqueaban las islas y las costas de Grecia. Peleó contra las Amazonas, cuando éstas quisieron conquistar Efeso. Simboliza la dicha de vivir, dotaba de fuerzas y alegría a los hombres y era exaltador del placer y del optimismo.Se le representaba muchas veces como un joven imberbe, fuerte coronado de pámpanos, con una copa en la mano y vestido con una piel de tigre. (pp.134-135). (3)

El culto de Dionisio era el del arte y de la poesía; de hecho las fiestas celebradas en Atenas en honor del propio Dionisio se dividían en “Antesterías, Leneas, y Grandes dionisiácas”. Las Antesterías duraban tres días consécutivos, cada uno de los cuales tenía un nombre alusivo a la cremonia que se verificaba en él: Pitegio (fiesta familiar de abrir los ordres), choes (fiesta de la bebida en comunidad) y chytres (ofrecimientos). Las Leneas eran fiestas comemorativas del primer lagar. Las Grandes dionisiácas duraban muchos días y comprendían varias ceremonias: el proagón, la procesión, elconcurso ditirámbico, el cosmos y las represetaciones dramáticas. En el cortejo de Dionisio figuraban las Ménades, los Sátiros, los Silenos, Pan, las Ninfas, Príapos y los Centauros. (Ibid., pp. 136-137). Es aplicable este mito a Burundún-Burundá porque éste se ve animado de una grandeza sin límite, una nobleza y de una fuerza extrema. Es para expresar su embriaguez extática , el entusiasmo y la inspiración que nada puede borrar. Todo eso encuentra su ilustración en el texto de base:

“La comenzó [Burundún-Burundá] -como tantos grandes hombres y a diferencia de unos pocos de ellos-, en menesteres más mesquinos que humildes. Tuvo, por ejemplo, el prurito de revolver y olisquear ropas sucias; […] fue […] discípulo de Dionisio el siracusano, se hizo perito en escuchar tras las puertas y ojear por las cerraduras” (Zalamea, Op. cit., p.102).

En efecto, el cortejo fúnebre formado a manera de un desfile y que va de la basílica al cementerio, es no sólo una procesión fúnebre sino unas representaciones dramática y ditirámbica por la presencia de la muerte y los momentos de alabanzas, dedicatorias y de consagraciones. Aquella procesión pone de manifiesto el carácter dionisíaco de Burundún, por lo que dicho cortejo, en tanto que ceremonia en honor a Burundún, se asemeja a una de las fiestas típicas dedicadas a Dionisio: las Grandes dionisíacas. Así comprendemos que este personaje es un aprendiz de Dionisio, sobre todo a través de su potencia aniquiladora y maléfica; diríase demoníaca. Zalamea compara también este personaje con el “diablo cojuelo”:

“La comenzó –como tantos grandes hombres y a diferencia de unos pocos de ellos- […] se hizo perito en escuchar tras de las puertas y ojear por las cerraduras; le puso casa al chisme y abrió garito a la calumnia; le ofreció incienso al Diablo Cojuelo […]” (Ibid., p.102).

Burundún-Burundá es discípulo de este personaje por aparecer en la trama como personaje santo que representa la verdad a través de enormes facultades de poder y de física; una verdad “negra”, maldita y demoníaca. El mundo que nos presenta el autor es dominado por el diablo que intenta ser portador de la verdad y aun reemplazar las frases divinas. En efecto, el diablo cojuelo es el de la ira, de la furia, de la cólera y de la codicia pecuniaria; aparece también como personaje popular. El diablo, con sentido de culpa, se representa en la imagen presa dentro de la redoma, como un ángel rebelde que Dios abandonó en el mal, dejándole renco.

Uno de los mitos evocados en nuestro corpus de base es el de Huichlopoztli, sacado de la mitología azteca. Huichlopoztli o Huitzilopochtli es el dios del sol y de la guerra entre los Aztecas. Se llama también Uitzilopochtli (de huitzilin: ave-mosca o colibrí y de opochtli: izquierdo). Para los Aztecas, los guerreros reencarnaban bajo la forma de aves-mosca y el sur representaba el lado izquierdo del mundo. En consecuencia, este nombre significaba: el guerrero resucitado del sur; su forma animal era el águila, aparecía bajo la forma sea de una ave-mosca, sea de un guerrero que llevaba una armadura y un casco con plumas de colibrí. Esgrimía un escudo redondo y una serpiente de turquesa. Era el jefe supremo de una administración compuesta de un sacerdote que le representaba conduciendo la procesión alrededor de la ciudad, de guerreros y de cortesanos que le atendían. Los presos y los esclavos cautivados eran inmolados en el transcurso de aquella procesión. Se caracterizaba Huichilopoztli por su capacidad de resurrección, el amor a los combates y por su aspecto cruel y sanguinario. Henri Lehman nos da un compendio de esta leyenda:

Huitzilopochtli, el dios tribal de los Tenochca, es un recién llegado. Es a la vez el dios de la guerra y una manifestación del sol, dueño del mundo. Cada mañana nace de la tierra, muere cada tarde. Las estrellas sus hermanos y la luna su hermana se oponen a él. El sol tiene hambre y sed, solamente la carne de los enemigos le nutre y la sangre de aquéllos le refresca; para saciarlo, hay que ofrecerle regularmente víctimas sacrificiales escogidas entre los prisioneros. (Lehman, 1973: p. 44). (4)

En la obra, Burundún-Burundá, por ejemplo, es un aprendiz de este dios por intentar realizar un ideal que es el del dominio de lo inalcanzable. Su figura es, pues, de una gran caracterización mitológica. Su nombre y su apellido, así como su fisonomía según su retrato físico (en la obra), son reveladores de la figura del papagayo (hombre-papagayo). Sus actos y su poder le asimilan con Huichilopoztli:

[...]partes más nobles cercenaba el cuchillo de obsidiana de Huichilopoztli que la navaja marranera de Burundún. Ritualmente buscaba aquél el corazón para ofrecerlo, exento en el aire más puro, a un tenebroso entusiasmo. Bestialmente abría éste la ancha brecha por la que se vuelcan glogloteantes los intestinos azulencos y verdinosos en una sucia ofrenda que rechazaría todo ídolo. […] ¡Tan extenso era el poder del Difunto! ¡Y tan diversos los signos de su mando!” (Zalamea, Op. cit., pp. 111-112, 84).

Esta naturaleza infrahumana le transforma en un instrumento de la destrucción del pueblo. Asimismo, el autor alude a otra figura de la mitología clásica: el mito de Prometeo sacado de la mitología griega. De entrada, cabe notar que Prometeo es, según el Diccionario de la mitología mundial:

Hijo de titán Japeto y de la oceánida Climena. Es un símbolo de la especie humana en su lucha por afirmarse frente a la adversidad y dominar la Naturaleza poniéndola a su servicio. Los dioses eran, en principio, adversos a los humanos; Zeus (Dios supremo de la religión griega y padre de los dioses y de los hombres) desató el diluvio universal con el fin de borrarlos de la faz de la Tierra. Prometeo aconsejó a su hijo Dencalión que construyese un arca, donde podían salvarse él y su mujer, asegurando así la permanencia de los humanos. Muchos son los beneficios que Prometeo dio a los hombres: la medicina, la navegación la domesticación de los animales, la medida del tiempo, el alfabeto, etc. Robó en el Olimpo el fuego sagrado, el cual dio a los hombres. Todo esto provocó la envidia de los dioses, y Zeus, iracundo, ordenó a Hefesto que encadenase a Prometeo a un alto pico del Cáucaso, y que durante el día un águila le devorase el hígado, que volvía a crecer durante la noche, y así eternamente. También ordenó que igual suplicio sufriese en el Tártaro, de donde no saldría hasta que otro ser inmortal ocupase su sitio. Pero Prometeo sabía un secreto de Zeus que podía comprometer su porvenir como dios supremo. Con la idea que le dijese el secreto, consintió que Heracles matase al águila de un flechazo y fuese liberado Prometeo. (Op., p. 304).

En efecto, Prometeo es el dios generoso y preocupado porque es atormentado por la angustia metafísica. Es, hace falta que lo digamos, el dios que por apropiarse del fuego (la luz) ha alumbrado a toda la humanidad. Dicho de otra forma, el mito de Prometeo estaría ligado a la creación y a la aparición de la civilización. El hombre sería, pues, obra de este héroe. Dícese que habría robado el fuego desde el cielo para traerlo a la tierra para que los humanos compensen las insuficiencias de la naturaleza. Para ello, Dios lo ha precipitado en las tinieblas infernales, así es como fue atado en el Cáucaso. Frente a las ambiciones desmesuradas del poder de Burundún-Burundá, Zalamea hace intervenir la figura de Prometeo:

Y habría que hacer reverente mención de la Sociedad Protectora del Pudor y la Liga de la Decencia, de las Milicias del Hogar y las Falanges Vecinales, aguerridas escuadras femeniles que en su celo apostólico quisieran hacer con los sentidos de la vista y el oído lo que el Gran Burundún-Burundá con la palabra: eliminarlos para reducir las seducciones del demonio Prometeo y evitar elmayor desgaste de los seres empeñados en obtener siquiera la aparente inmortalidad de los minerales. (Zalamea, Op.cit., p.128).

La intervención de una figura mítica como la de Prometeo revela tres antinomias: la del pasado y del presente, la del mito y de la realidad, y la del mito y de la obra; además aparece como figura mítica del compromiso literario en Zalamea. La imagen de Prometeo cumple con un acto político en la medida en que el dirigente político Burundún invita a sus súbditos a no seguir la tentación prometeana: “eliminarlos para reducir las seducciones del demonio Prometeo”.

El mito de Prometeo, retomado por El Gran Burundún-Burundá ha muerto, deviene simbólico. En este caso, la obra es un intermediario que esquematiza una vida conjunta con el mito. Dicho de otra forma, Zalamea pone en juego el poder del mito a través del cual Burundún-Burundá administra a sus semejantes. Por este hecho, el autor actúa frente al suceso, responde a una llamada trascendente a la Historia. La imagen de este mito en la obra simboliza la rebeldía como modelo del hombre contemporáneo frente a las injusticias; la cual empezó desde la rebeldía de Prometeo contra los hombres. Además esta figura mítica hace un llamamiento a la humanidad contemporánea a que se libere de cualquier alienación, sobre todo del hombre por el hombre. Para ello, Burundún quiere “con la palabra eliminarlos para reducir las seducciones del demonio Prometeo” sabiendo que la tentación prometeana recuerda la liberación total de la humanidad y el propio Prometeo una especie de contestatario universal.

Prometeo llega a ser el rival del Creador por defender a los hombres. Aquella libertad que Prometeo otorga a los hombres, podría ser otra significación del fuego. Fuego libertador que desprende del hombre las virtualidades hasta ahí ahogadas. Entonces, Prometeo conocido como capaz de hacer brotar el fuego humano, o sea revelar al hombre la parte divina que está en él, es temido y tildado por Burundún como un demonio. El mito de Prometeo ladrón de fuego es un mito de la creación contra cualquier forma de dominación.

En suma, el mito de Prometeo, al igual que todo mito, entraña una dimensión simbólica. Plantea la noción de que por el dolor se tiene acceso al conocimiento y, por lo mismo, los dioses y los hombres se elevan y dignifican, además de que por él pueden lograr el perdón. De esta manera, Prometeo, más que simple figura mítica legendaria es literariamente creada con fines estéticos.

Pasemos ahora a las creaciones míticas que se hallan en la obra. En Zalamea las creaciones míticas derivan de una naturaleza de imaginación caracterizada o traducida por un uso determinado del lenguaje y de las figuras de estilo. Así, la manera de ver y de hablar de las cosas, da nacimiento a unos mitos y da a sugerir puntos de partida de los mitos; tiende a dar a todo objeto una visión animada, humanizada y dramática.

Un aspecto diferente del simbolismo mítico en el autor, aparece con las figuras del “caballo, del papagayo y de Babel” que sólo son creaciones simbólicos (un mito es un símbolo superior). El personaje del caballo es una creación simbólica en la medida en que su función es apropiarse y expresar el alma de un pueblo preso de dificultades. El caballo se presenta como un personaje, un ser que inspira respeto y veneración. La posición que ocupa en el orden la procesión fúnebre que va de la basílica al cementerio, viene a ilustrar todo eso:

“[…] Entre el palio de las Iglesias Unidas y la carroza funeraria, se abría el inesperado horrendo y a la vez cómico margen de un kilómetro de soledad […]. A la mitad del cual venía el caballo de batalla del Gran Burundún-Burunda” (Ibid., p. 97).

Dentro de la procesión, el caballo se encuentra en el centro y todo se despliega alrededor de él. En el cementerio, ocupa el mismo sitio, o sea, cerca del ataúd.

El encanto del caballo y su peregrinación por entre el espacio geográfico y la historia del mundo, en particular los de Colombia, ponen de realce todo un devenir mitológico, simbolizando no sólo la esperanza sino que tienen el sentido de una experiencia purgativa realizada dentro de la conciencia misma:

“¡No le cabía al caballo la risa en el cuerpo […] el caballo se irguió de nuevo sobre sus patas traseras, agitó alegremente las crines, mostró los anchos dientes en una muda sonrisa y echó a andar, por la avenida más larga y más ancha del mundo, hacia la ciudad abandonada por entre los carros, los camiones, los vagones, las carretas colmadas de cosas, de innúmeras cosas sin dueño” (Ibid., p. 139).

Aquella peregrinación fantástica ilumina su aspecto mítico porque el paisaje de que se trata es ficticio. Otra de las creaciones míticas es el papagayo. Este animal, universalmente simboliza la palabra. La trama nos enseña sobre la muerte del personaje principal, Burundún, y sobre su resurrección en estado de papagayo de papel, pues se da un descenso a las profundidades y luego lo que podemos tildar de expresión de un ideal espiritual. Por lo tanto, la procesión organizada era implícitamente por y para la palabra, la voz; la perenidad del papagayo se expresa en una constancia muerte-resurrección. La facultad de metamorfosis y de renovación le inmortaliza. En consecuencia, el autor crea un personaje de aspectos puramente simbólico y mítico. Esto último se ve en el dualismo muertel y resurrección de Burundún-Burundá: la capacidad de renovación anunca el devenir y la apertura del espíritu hacia el porvenir; así es como la figura del papagayo de papel, que aparece en lugar de Burundún, encarna al ser humano regocijado, digno y con todos sus sentidos.

En fin, analicemos otra creación mítica del autor: Babel. En efecto, tratándose de Babel, Zalamea alude a un mito religioso, precisamente la “Torre de Babel”, pues se lee:

¿Acaso no era ésta –aparte de la creciente incomodidad que proporcionaba al propio Burundún- vehículo de venenos, espía de uno mismo, llama para los demás, traidora del interés propio, usurpadora del ajeno, plaga de Babel, microbio pestilencial del espíritu?” (Ibid.,p.107).

En efecto, Babel es el nombre hebraico de Babilonia y de la actual capital de Iraq: Bagdad. La torre de Babel fue la que los descendientes de Noé ambicionaban edificar para llegar al cielo; pero Dios destruyó la obra e introdujo la diversidad de lenguas. Sacado de la mitología caldea (antiguamente región de Asia occidental llamada baja Mesopotamia). El mito de Babel alude también a las ruinas imponentes de Babel en las márgenes del Forat (Eufrates): dichas ruinas conservan el recuerdo del formidable Nemrod, el fuerte cazador, y delatan el esfuerzo más imponente del orgullo humano, veintisiete siglos antes de Cristo para llegar a la morada de los dioses. Nemrod fue hijo de Chus, principal héroe de una familia que reinó en Egipto, fundó además de Babilonia, Ezek, Akad y Calneh. Al principio, la religión caldea fue el sabeismo y los sacerdotes ocupaban las galerías superiores de la torre de Babel. Así se puede afirmar que de esta torre celebérrima descendió un sistema científico y religioso. La religión caldea tuvo sus sacerdotes divididos en: Astrónomos, conocedores de los astros y de sus símbolos; Amansadores de serpientes; Magos y Profetas.

A lo largo del corpus era cuestión de la abolición de la palabra por Burundún dirigente político y de su rehabilitación. Por quitar la palabra a los suyos y ésta, en tanto que creación divina:

“En el principio era el verbo, y el verbo era con Dios, y el verbo era Dios […] En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres, y la luz en las tinieblas resplandece: mas las tinieblas no la comprendieron” (Ibid., p. 81).

Burundún recibe entonces una sanción divina. Este castigo toma un aspecto mítico y legendario porque se parecía al que recibieron los descendientes de Noé. El derribamiento de su casa se asemeja con el de la torre de Babel. Como esa torre, la casa de Burundún era el lugar donde brotaban todas las ideas blasfematorias. Respeto a todo eso, Dios hizo destruir su casa y rehabilitó la palabra a través de la aparición de un papagayo sobre las ruinas:

[…] tan repentino, estruendo y catastrófico fue el derribamiento de lacasa que el propio Burundún –su demoledor- tuvo un momento de pánico. De tal manera que cuando el papagayo brincó sobre las ruinas” (Ibíd., pp.104-105).

El aspecto oral, fabuloso, legendario, mítico y aun épico aparece en la frase que viene a continuación:

“Los grandes reformadores suelen ser hijos de sus propios vicios” (Ibid., p.105).

Con todo, Zalamea, a través de las creaciones míticas, se presenta desde entonces como un autor en pos de una experiencia básica que consiste en expresar por medio de estos mitos el alma de su pueblo, basándose en la función compensatoria y la libertadora de éstos (el mito pertenece a la terapéutica del alma).

Una imaginación mítica es el último punto de este apartado. Zalamea en su obra nos procura un ejemplo de palingenesia de los mitos antiguos. Si el mito literario consiste en el conjunto de las apariciones del personaje mítico en el tiempo y en el espacio literario encarnados, entonces todos los mitos evocados por el autor no tienen sentido más que a través de una palingenesia que los suscita en una época donde se revelan aptos a expresar mejor los problemas.

El autor, al escribir su obra, quiso ser fiel a la historia. Su propio método le permite transformar la historia en mitología. Los mitos evocados, Zalamea los sigue viviendo, por eso los recrea. Cuando leemos la obra, admiramos la espontaneidad con la que su autor opera la síntesis de la historia y de la mitología: hemos visto cómo el histórico Burundún se transforma en un dios (por sus actos) y la rapidez con la que fue derrotado. Todo eso, Zalamea le dice en una constancia: desmesura-castigo/muerte-resurrección. A través de la experiencia de este autor, se puede afirmar que el estudio, el empleo y la intervención del mito son inseparables de los de la imaginación y de lo imaginario.

En suma, la historia de Hispanoamérica, precisamente la de Colombia en aquella época de dictadura que el autor narra, se transformó en una mitología renovada, fruto de una imaginación profundamente contemporánea de los mitos. De ahí, descubrimos aspectos de la narrativa de Jorge Zalamea, tales como: mitos y visión mítica que muchas veces parecieran reales. En realidad, existe en la obra narrativa de este autor, un simbolismo dominante en la caracterización del protagonista, los hechos y en la estructuración de ésta que se expresa en configuraciones de carácter mitológico; aquéllas, por su parte, revelan la preocupación de un autor deseoso de situarse entre realidad y verosimilitud.

Notas:
1. Cfr. Henri Morier. Dictionnaire de poétique et de Réthorique, publicado por PUF en 1981, p. 803. La traducción al español es mía.
2. Jorge Zalamea (1905-1969) poeta, dramaturgo, ensayista y novelista colombiano. fue uno de los precursores de la vanguardia colombiana a través de su tendencia denominado “Los Nuevos”. Deseoso de poner en práctica su programa vanguardista, Zalamea escribe una obra maestra: El gran Burundún-Burundá ha muerto en 1952. Y esta obra me sirve de corpus de base para mi análisis del mito ( la edición de 1989 de la Editorial Arango editores).
3. Cfr. Diccionario de la mitología mundial. 3ª ed. Madrid: EDAD, 1999. En esta edición se encontrarán informaciones acerca de diversos mitos y mitologías.
4. Cfr. Henri Lehman. Les civilisations précolombiennes. Paris: PUF, 1973. La traducción al español es mía
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BIBLIOGRAFÍA:

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-Barthes, Roland. Mitologías. trad. Héctor Schmucher, 13ª ed., México: Siglo XXI, 2002.
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___________ Le Mythe de la métamorphose. Paris: Armand Colin, 1974.
___________ Théâtre et cruauté ou Dionysos profané. Paris: éd., des Méridiens, 1983.
___________ Mythocritique: théorie et parcours. Paris: Presses Universitaires de France (PUF), 1992.
-Diccionario de la mitología mundial. 3ª ed., pról. de Rafael Fontán Barreiro, Madrid: EDAD, 1999.
-Eliade, Mircea. Mythes, rêves et mystères. Paris: Gallimard, 1957.
-Morier, Henri. Dictionnaire de Poétique et de Réthorique. Paris: PUF, 1981.
-Lehman, Henri. Les civilisations précolombiennes. Paris: PUF, 1973.
-Zalamea, Jorge. El gran Burundún-Burundá ha muerto. Bogotá: Arango Editores, 1989.

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