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Silvio Bolaño Robledo

EXTASISMO EN MOVIMIENTO  , De la Oda Marítima de Álvaro de Campos

EXTASISMO EN MOVIMIENTO

De la Oda Marítima de Álvaro de Campos[1]

" La tierra habla a sus hermanos los planetas por medio del mar"

Jules Michelet

Oda: no miras los espejos. Si ayer ha volado hoy es anhelo de hacerte en ella. Si tras los primeros nombres la musa cantó la celebración de los dioses, cuando nacían las tierras y los ríos y la mar era verdadera diosa de sangre. Y si el mito hebreo cantó un principio en que el espíritu se cernía sobre la superficie de las aguas, ¿tinieblas fue hasta que el verbo se hizo hombre? Si cuando Homero cantó era su palabra acción en las frentes de los griegos, entre el humo de las reuniones. Y ella se alejó tras los mares perdiendo a Ulises en el camino fundador de naciones, mezclando su ingenio en los océanos. - Quien de las aguas vino habló al inicio sin ignorar la madre. Así fundó Olyssabona, Lisabona, Lisboa.

Y Juan dijo que al principio era el Verbo y que el Verbo estaba en Dios y era Dios. Si sobre la mar flota aún el verbo, de las aguas y a ellas está el hombre en creación y acción. Luego el verbo se hizo carne y se construyeron naciones iguales continuando sus ciudades occidentales con epicentro en las fuentes de Roma. Y ellas en su extático movimiento. A ellas la voz de Álvaro de Campos rompiendo el extatismo del verbo con su Oda extática. Ruptura de la doble negación: quien habita en las aguas se hace poesía para perderse de nuevo. Canción constante de la mar, brioso silencio que mece internamente al hueso:

Los paquebotes que entran de mañana en la barra

traen a mis ojos consigo

el misterio alegre y triste de quien llega y parte.

Traen recuerdos de muelles alejados y de otros momentos

de otro modo, de la misma humanidad, en otros puertos.

Todo atracar, todo largar de navío,

es -lo siento en mí como mi sangre-

inconscientemente simbólico, terriblemente

amenazador de significaciones metafísicas

que perturban en mí quien yo fui...

¡Ah, todo el muelle es una saudade de piedra!

Y cuando el navío llega del muelle

y se advierte de repente que se abrió un espacio

entre el muelle y el navío,

me viene, no sé por qué, una angustia reciente,

una niebla de sentimientos de tristeza

que brilla al sol de mis angustias, cubiertas ya de hierba,

como la primera ventana donde la madrugada pega,

y me envuelve con un recuerdo de otra persona

que fuese misteriosamente mía.

Ah, ¿quién sabe, quién sabe

si no partí otrora, antes de mí,

de un muelle; si no dejé, navío al sol

oblicuo de la madrugada,

otra especie de puerto?

¿Quién sabe si no dejé, antes de que la hora

del mundo exterior como yo lo veo

radiarse para mí,

un gran muelle lleno de poca gente,

de una gran ciudad medio despierta,

de una enorme ciudad comercial, adulta, apoplética,

tanto como eso puede ser fuera del Espacio y del
Tiempo?

Canto de regreso al vientre. La palabra rompe el silencio desde la observación: el poeta observa y se alegra al ver, una mañana, cierto trasatlántico zarpar del puerto. Bendice su voz la comunión inmemorial del hombre con las aguas. Renace su imagen ante la infinita memoria de un mundo niño, contemplando la mar por vez primera. Su voz es la que siempre ha existido dentro de él, recorriendo la conciencia de pertenecer, aunque sea una vez, al universo. Recorriendo la conciencia de la bastedad de universos que son la mar: reflejo y construcción del pluriverso.

Comienza en el vacío y al él se entrega con ansias de llenarlo, pero como un salir de él en un movimiento. Un estallido de fecundación animando espíritus amigos, legendarios: ¡Ahò-ò-ò-ò-ò-yyy!… ¡Shoooooner! El grito del marinero inglés Jim Barns, sombra de los compañeros de fortuna y quien resumía con las manos a cada lado de la boca, en altavoz, la llamada confusa de las aguas, la llamada de todos los marineros, la indescifrable. Recordando el abismo de los abismos internos: ¡Ahò-ò-ò-ò-ò-yyy!… ¡Shoooooner!  Su voz es un golpe de agua en las rocas, la voz de la mar buscando los símbolos de un cosmos imaginable, abierto a la significación, al poema.

“…¡Toda la vida marítima, todo en la vida marítima!

Se insinúa en mi sangre toda esa seducción suave

y cavilo indeterminadamente los viajes.

¡Ah, los perfiles de las costas distantes, achatados por el horizonte!

¡Ah, los cabos, las islas, las playas arenosas!

¡Las soledades marítimas, como en ciertos momentos del Pacífico

en que no sé por qué sugestión aprendida en la escuela

se siente gravitar sobre los nervios el hecho de que aquél es el mayor de los océanos

y el mundo y el sabor de las cosas se convierten en un desierto dentro de nosotros!

¡La extensión más humana, más salpicada del Atlántico!

¡El Indico, el más misterioso de todos los océanos!

¡El Mediterráneo, dulce, sin ningún misterio, clásico, un mar para romper

contra explanadas miradas por estatuas blancas desde jardines cercanos!

¡Todos los mares, todos los estrechos, todas las bahías, todos los golfos,
querría estrecharlos contra mi pecho, sentirlos bien y morir!

Necesidad de ser los hombres de la mar en todo momento. El Dios todo gran pirata abierto al mar, al oficio de la sangre sin planes, al salvajismo y la piedad, la infancia y el amor. Metáfora pura, familias lexicográficas, homónimas, homófonas, parónimas; intersección del superlativo, ansiedad de hipérbaton, sinécdoque, antonimia y sinonimia. Muestra la palabra, encadena la palabra, humedece su voz. En ella la danza del superhombre nace sobre la tragedia del atardecer: ¡Quince hombres sobre el pecho de un hombre muerto!, ¡Yo, jo, jo! ¡Y una botella de ron!... Oda ansiosa de lenguajes, simbolismos del agua salada, del círculo en el círculo, de la nueva serpiente de un Hermes Trimegistro que se extiende con su pata de palo sobre la arena.

Álvaro de Campos abre su voz y su mirada, atemporales, para narrar un segundo que desaparece con sutileza, como llegó: impresión del instante en que ha sido revelado el océano. Como pasan los barcos el paquebote se ha ido. El humo del cigarrillo nos mostró las naves surcando la mar sobre nuestras cabezas. El lenguaje necesitaba plenitud, demostrando que el poema es inacabado. Celebración de una palabra múltiple en el universo, del hombre múltiple en el espacio. De los dioses en su extático movimiento de crear.  

NOTA: 

[1] Álvaro de Campos, reconocido heterónimo de Fernando Pessoa, nació en Tavira en 1890 y estudió ingeniería en Glasgow.

©Realidad literaL
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