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Leo Zelada

Nació en Lima en 1970. Su nombre verdadero es Braulio Rubén Túpac Amaru Grajeda Fuentes. Estudió filosofía en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos.
Actualmente es el director y docente del Taller permanente de poesía y narrativa "Carpe Diem".
Miembro fundador del Grupo Neón, ha publicado el libro de poesía Delirium Tremens, edición completa, Lima-Perú (1998), y el poemario Diario de un Ciber-punk en la Editorial Moctezuma, DF. México, 2001. Su ensayo Nueva cultura política fue publicado en Perú en 1999 y acaba de publicar su Novela titulada "American Deth of life"con la editorial Zignos (2004). 

Entrevistas y notas periodísticas sobre su obra han salido en los diarios Españoles El País, nueva España, diario de Tarragona, El Heraldo de Aragón; en los diarios El Universal, el Suplemento Arena del diario Excelsior, en el diario El Norte de México; en los diarios Clarín y Pagina 12 de Argentina; en los diarios Latinos en USA: New Paper de Texas, La Estrella de Puerto Rico, Semanario Claridad y diario Primera Hora; En el Semanario Universidad de Costa Rica, en los diario La República y El Heraldo de Costa Rica; en el periódico Panamá América de Panamá; en los diarios El Tiempo y El Espectador de Colombia; en los diarios El Comercio, La Hora y Hoy de Ecuador; en los Diarios El Comercio, La República, Expreso y La Revista Caretas de Perú; en el diario Aurora de Israel, en el diario Hedayah de Arabia Saudita entre otros.

Su obra ha sido reconocida por los principales medios y crítica literaria de América Latina, Estados Unidos, España y Francia. En la actualidad es periodista-colaborador del diario "El Peruano". Recientemente, le ha sido concedido el primer premio del I Concurso Internacional de Poesía 0rpheu, Brasil, 2001. Compilador de la antología "Poesía peruana contemporánea"(2003) y "Nueva Poesía Hispanoamericana"(2004).

París, no era una fiesta

Como todo escritor latinoamericano yo también había crecido con el mito de conocer París. Mi vía crucis y desengaño empezaría cuando en la estación Sur de Madrid daría inicio a alcanzar este sueño tan largamente anhelado, al comprar mi boleto de bus Madrid-París por Eurolines. Al llegar a la estación unos minutos antes de la hora de salida e ingresar al bus, de súbito me tope con un cabeza rapada vestido con Jean y casaca de cuero quien estentórea y cándidamente me lanzaba besitos volados hacia mi persona, recordé que hace unos días se había oficializado el matrimonio gay en España mas era improbable que este tipo de prácticas progresistas se dieran entre los grupos neo-nazis europeos, los nuevos vientos de la extrema derecha no llega a tanto, irónico pensé. Así que luego de estas rápidas deducciones, saque como conclusión que todo esto era una simple burla de estos neo-nazis y que yo me la tomé como una grave afrenta, me enfilé entonces decidido dispuesto a llegar a mi bus pase lo que pase, gritando: “qué te pasa imbécil” al agresor, ante esta actitud tan decidida el neo-nazi retrocedió unos pasos y los otros neo-nazis empezaron a rodearme y yo sin darme cuenta atravesaría ileso entre los aturdidos neo-nazis, logrando alcanzar el bus. Los neo-nazis quedaron perplejos ante actitud suicida mía, mas luego de unos segundos de confusión, se enfilaron rápidamente ante unos árabes que les parecieron unos bocados más apetecibles –que este, su servidor– para sus acciones segregacionistas, quitándoles el agua y agarrándoles a golpes impunemente. Los policías españoles que estuvieron todo el tiempo allí en la estación sin decir nada, contemplaban sonrientes el triste espectáculo. Logré subir al bus, echose a andar y yo cerré los ojos y sólo pensé en llegar intacto hacia la ciudad luz.

Unas 12 horas demoró el bus en llegar hacia París, y lo primero que me sorprende de esta ciudad es que apareció de pronto en las ventanas del bus, entre los prados del glamoroso bosque verde francés. Al llegar a la estación me recibe un amigo poeta argentino y su esposa francesa, una trotamundos que además de ello se dedicaba a la conservación de material fílmico. Esta pareja me ayudó a instalarme en el albergue de estudiantes Mije, en calle La Fourcy, en París X, calle aledaña al parque San Paul y al barrio histórico de los judíos. Yo, provinciano, al fin y al cabo subo mis maletas a mi cuarto y me sorprendo al tener que entrar a mi habitación con una tarjeta y no con una simple llave. Luego de aceptar la invitación a almorzar con Diego y su esposa, como así se llaman mis anfitriones, recorro de la mano de ellos, los lugares tan mágicamente imaginados: la iglesia de Notre Dame, la universidad La Sorbonne, El Barrio Latino, Saint Germain, el museo de Le Louvre y el Arco del Triunfo, así como la nueva sensación de París, la famosa pirámide de cristal, lugar de peregrinaje posmoderno del best-seller mundial “el Código de Vinci”, era irónico descubrir ver fervorosos lectores de esta obra que con gestos por demás misteriosos se detenían a contemplar religiosamente desde todos los ángulos posibles el lugar de sus entramadas conspiraciones.

Mis amigos y modernos Virgilios de esta París Soñada, me decían que ya no había escritores ni bohemia cultural en París, que todo era un inmenso museo para agradar al turista y obtener divisas al máximo. Y efectivamente no vi rastros de ningún movimiento vital cultural en París más allá de actividades apáticas y altisonantes actos culturales oficiales franceses. Llevaba días de estar en París y esta sensación de mortandad cultural se acentuaba, además con los precios de alquiler y comida de esta ciudad carísima y cortesana, donde dudo mucho que un Van Goth o un Artaud pudieran sobrevivir hoy en día en sus aceras. Lo que sí conserva París es el gusto por la moda y el buen vestir, en Saint Germain es chic ver a la gente más estrafalaria del planeta caminar como verdaderos visionarios de la moda, así como gente que se viste con elegancia y sumo refinamiento con prendas de Jean Paul Gautier o Versace. Allí me daría cuenta que esta ciudad básicamente es un inmenso museo y bazar para ricos o incautos como yo. Fue inaudito cuando fui a un supermercado donde exclusivamente se vendía todo tipo de flores y plantas llamado Trouffaut donde un arbolito te podía costar tranquilamente 3 mil euros o una prenda de vestir en una boutique cualquiera del Barrio Latino te podía marcar fácilmente más allá de los 4 dígitos.

Conocería el Shakespere and Company, la librería donde se editaría el Ulises de James Joyce y en donde hoy funciona una librería sui generis donde se pueden leer los libros de sus antiguos muebles, sentado en un sillón o en una cama que han acomodado para una lectura larga y placentera sin la presión de ningún empleado del lugar atormentándote con el estrés de la compra de algún libro, esto sería el paraíso de Borges, pienso. Los dos pisos de la librería están llenos de libros y libros antiguos en su mayoría escritos en inglés, francés y castellano. En el piso leo frases de Henry Miller. Entrando en el segundo piso me encontraría al fondo del ambiente más lejano a un anciano caucásico almorzando, me acerco respetuosamente y le dijo si puedo entrar en mi pésimo inglés, y él me responde que sí, le digo si habla castellano y él me dice que sí, está un poco huraño, debe pensar que soy un tonto turista que viene a romper su tranquilidad conventual, en ello para romper el silencio que se formó detrás de estas palabras iniciales le digo que soy poeta y le regalo mi poemario “Opúsculo de un Nosferatu a punto de un amanecer” mi último libro. Le digo afable que soy el autor, él se sorprende, mira el libro, la foto y luego a mí, en ese momento se vuelve más comunicativo y amable, y me dice que se lo dedique a la librería, mas yo se lo dedico a él. Dice llamarse Jorge Whitman y que es pariente del insigne poeta americano, que fue amigo de Neruda y que si yo quería había una habitación en el tercer piso escondida para que se quedaran gratuitamente escritores como yo. No sé si en ese momento él fuera el único escritor vivo que existiera en París, mas me pareció el mismo Satanás en persona con tan tentadora oferta. Diez años antes no hubiera dudado en aceptar esta propuesta y quedarme a vivir en París, mas ahora estábamos en otra época, tenía deberes ineludibles que cumplir y no podía quedarme a residir aquí. Le dije con el dolor en el alma, como diría Vallejo, que hoy me iba de París, él insistió en que me quedara, yo le mostré el boleto de tren y él en ese preciso instante no añadió nada más ante tan firme resolución de mi parte y volviendo a su mutismo inicial me quedo observando con atención, que solo rompió al irme yo de la habitación confundido y él decirme en un perfecto castellano que me electrizó “hasta la vista caballero”.

Hoy es mi último día en París y he ido acompañado con un conocido poeta peruano en París al cementerio de Montparnasse y he visitado religiosamente las tumbas de Man Ray, Cortázar, Baudelaire, Sartre, deteniéndome y guardando un respetuoso y sentido silencio ante la tumba del gran poeta peruano César Vallejo. Salgo de este lugar santo y siento que mi largo peregrinaje desde Perú hasta París ha culminado.

Ahora con una mirada descentrada y más profunda re-descubro París. Es mi último día y recorro las calles de París más allá de sus “museos” y me hallo con la grata sorpresa de que hay otro París que se halla reflejado en sus calles, como en las afueras de la mítica cafetería La Flore, donde escucho en este preciso instante el mejor concierto de música flamenca de mi vida, así como orquestas de charlestón y de jazz tocando piezas inolvidables en las aceras. De camino a mi hotel ya está avanzada la noche, he visto una performance de teatro impresionante cerca de Notre Dame, donde un hombre que se pone la máscara de una mujer en la parte de atrás de su cabeza, representando este personaje femenino con su espalda y la parte posterior de su cuerpo, increíble... Hoy es mi última noche en París, llevo aquí 4 días, y he re-descubierto París contemplando también la hermosura del río Sena iluminada por el vivo resplandor de luces multicolores que se estrellan cada día en las aún mágicas noches de París.

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