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Mariano Giménez   -   sileno@ya.com

 

De niño fabulaba historias que luego ilustraba con viñetas minuciosas por donde transitaban a grandes zancadas personajes de cabeza gorda y cuerpos escuetos hechos de palitroque —como Clavileño—, y sobrevolados por nubes algodonosas cuajadas de palabrerías altisonantes, ladridos de perro y maullidos de gato.   Ahora que soy viejo, siento haber perdido la facultad de narrar de esta manera.

Como verán, el contar lo ilusorio me viene tan de lejos como el vicio arreciado de leer y, a lo largo de mi vida, a veces ha sido un deleite, otras un sosiego, algunas un bálsamo en una herida profunda, aunque alguna vez, con la pluma, me haya hecho más sangre.  Ahora practico la terapia de seguir escribiendo, digo terapia porque mi memoria se está adelgazando hasta el punto de creer que me ronda el Sr. Alzeimer, además lo hago porque me fustiga mi amiga Isabel Alamar que ejerce sobre mí la tiranía y, si me tuviera cerca, me azotaría. Seguro.

Por mis años —soy pensionista y jubilado— resultaría ocioso y aburrido hablar de mi trabajo, mis estudios, mis escarceos por la universidad sin terminar nada —quizá por haber tenido un trabajo demasiado absorbente—, de mis carpetas de manuscritos amontonadas, de las que he quemado para hacer sitio, de las novelas inacabadas y las acabadas que no me gustan y que yacen en las gavetas de mi escritorio.

Hoy hace dos años de la muerte de mi perro Averroes y sigo con el corazón lisiado, pero vivo con la esperanza de que él me espera en alguna parte que aún no he soñado.  Estoy en ello.

La noche de las uvas me quité del tabaco y estoy de muy mala leche.  Me gusta el circo además de otras cosas.  Feliz año.

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