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La prostitución en el tiempo de BOCCACCIO 

El eNamoRAdO tOnto y buRlado

 

CUARTA JORNADA

HISTORIA V

Un rico ciudadano de Florencia llamado Nicolás tenía entre otras haciendas una muy preciosa en Camerata, donde mandó construir una magnífica quinta. Queriendo embellecerla con pinturas, se dirigió a dos conocidos pintores: Bruno y Bufalmaco, quienes contrataron como auxiliares a Nelo y Calandrino. En dicha quinta sólo vivía una criada vieja, y estando amueblado el edificio, un hijo del amo, llamado Felipe, se aprovecha en ocasiones de aquel techo aislado para divertirse con algunas cortesanas, a las que despedía al cabo de veinticuatro horas. Cierto día una tal Manglione, que tenía una casa de niñas en la ciudad cercana, le cedió una de ellas por algún tiempo, la cual fue llevada a la finca. Llamábase Nicolasa y era una muchacha bonita, elegante, y que al oírla nadie hubiera dicho estaba dedicada a tan infeliz ocupación.

Una mañana salió la joven de su habitación en enaguas y con la cabellera suelta, para lavarse en el pozo que hay en el patio, encontrándose de manos a boca con Calandrino, el ayudante de los pintores, hombre ya de mediana edad, que estaba sacando agua, el cual la saludó cortésmente. La aparición de Calandrino resultó tan extraordinaria a la joven, que le estuvo contemplando un buen rato con sorpresa. El pintor por su parte no escaseó de miraditas, llamándole la atención hasta tal punto su belleza, que lo que en principio era sólo curiosidad se trocó en amor, de suerte que mientras ésta se aseaba en el pozo no se separó de su lado, mas no se atrevió a hablarla, puesto que nadie les había presentado. Nicolasa, que conocía de inmediato lo que significaban tan obstinadas miradas, quiso divertirse a costa de él, y por tanto le lanzaba de vez en cuando algunas miraditas y algún que otro suspiro, lo cual trastornó completamente la cabeza de Calandrino.

De vuelta en sus faenas, Calandrino suspiraba a cada momento. Bruno, aficionado a bromear, dícele al notarlo:

-¿Qué demonios tienes, amigo? Sólo se te oye suspirar.

-Ah, compañero, si alguno de vosotros quisiera ayudarme ¡qué ganga me esperaba!

-¡Cómo! ¿No crees a nadie merecedor de tu secreto? Habla, pues.

-Vive en esta casa una mujer más bella que una divinidad, la cual está tan enamorada de mí, que sin verlo no lo creyerais; acabo de notarlo mientras sacaba agua del pozo.

-Por Cristo, amigo mío, que tu dama no sea la mujer de Felipe.

-Creo que es la misma -Contesta Calandrino- pero, qué importa, en materias de amor me jacto de pegársela no digo a Felipe sino al más pintado. Debo confesarte que la muchacha me ha trastornado los sesos.

-Me informaré sobre el particular, no tardando en saber si efectivamente es la mujer de Felipe; en tal caso puedes estar seguro de tu conquista, pues somos muy amigos; pero, ¿cómo hacer para que Bufalmaco no se entere? Jamás la hablo sino en presencia de él.

-Poco me importa que Bufalmaco se entere, pero en lo tocante a Nelo, exijo el mayor secreto: como es pariente de mi mujer, podría informarla de todo.

Habiendo ido Calandrino en busca de su adorada, Bruno corrió al encuentro de Bufalmaco y de Nelo y poniéndolos al corriente del caso concertaron lo que habían de hacer para divertirse, como otras veces, de la imbecilidad de su amigo.

Al volver éste al taller, dícele Bruno con dulzura:

-¿La has visto?

-¡Ah! Sí, y me enloqueció.

-Déjalo todo en mis manos. Yo respondo del éxito.

Despídese Bruno y va en busca de Felipe y su querida, contándoles cuanto éste les había dicho. En el acto resolvieron lo que debía hacerse para recrearse a costa de la pasión de aquel tonto.

De vuelta al taller Bruno le dijo:

-Es la misma que yo pensaba; de consiguiente has de portarte con discreción, pues si Felipe nota lo más mínimo, no bastaría toda el agua del Arno para saciar su sed de venganza. Por otra parte, ¿qué quieres que diga a tan amable criatura si consigo hablarla a solas?

-¡Oh! Primeramente le dices que estoy a sus pies, Luego que la deseo mil veces como al divino licor que pone redondas a las mujeres, y después que me hallo dispuesto a servirla.

-¡Bravísimo! Descansa tus preocupaciones en mí.

Llegada la hora de la cena los pintores abandonaron el taller y bajaron al patio donde se encuentran Felipe y Nicolasa. Calandrino no dejaba de mirar a la muchacha, haciendo gestos tan extraños y obscenos que hasta un ciego se apercibiera. Nicolasa, por su parte, puso en juego todas las artes de la coquetería, mientras Felipe y el resto de pintores fingían conversar. En fin, llegado el momento de separarse, con honda pena de Calandrino, y mientras van andando, dícele Bruno:

-En verdad, amigo mío, que estás ablandando y derritiendo su corazón, lo mismo que el sol disuelve el hielo. Si te tomas el trabajo de acariciar una guitarra y cantar una de esas canciones que lanzas al viento con tanta sal, no dudo que la veremos correr presurosa a arrojarse en tus brazos, pese a quien pese.

-¿Crees conveniente que me provea de mi guitarra?

-¡Qué duda cabe!

-¡Bien está, la traeré! Convén conmigo en que no exageraba al decirte que estaba prendida de mi persona. Me pinto solo para hacerme amar por las mujeres. Pregunto yo: ¿a quién hubiese sido dado, en tan corto tiempo, inspirar amor tan vivo a una mujer como Nicolasa? ¿Acaso anduvieron tanto camino esos jovenzuelos cuya única ciencia consiste en revolotear de flor en flor incapaces de hacer nada de provecho? Cuánto me alegra me vieras manos a la obra. No soy tan viejo como tal vez te piensas, lo cual ha conocido bien la picaruela, y si algún día logro estrecharla entre mis brazos, te digo me verá cómo no me mamo el dedo.

-¡Oh, con qué afán la agarrarías! Paréceme que te estoy viendo morderla sus rojos labios y rosadas mejillas con tus dientes en forma de clavija de laúd, y luego, poco a poco, cómo te la chupas toda entera.

Al oírse en estas palabras creíase Calandrino en brazos de su adorado tormento y que era verdad cuanto se le vaticinaba: cantaba, daba brincos y estaba fuera de sí.

El día siguiente se presenta con su guitarra y canta lo mejor de su repertorio. Tan atontado estaba que no le era dado trabajar: veíasele constantemente asomado a la ventana, en el patio o en la puerta, y nunca en el taller. Nicolasa fingía compartir su pasión, y Bruno, confidente, escribía cuantas cartas se cruzaban.

Dos meses habían transcurrido sin que las cosas hubieran avanzado para el pobre Calandrino, hallándose a punto de finalizar la obra para la que les había contratado. Por tanto comprendió que si no se apresuraba, acaso no le sería posible alcanzarla nunca, en vista de lo cual suplicó a Bruno que se ocupara de su caso con más ahínco que antes.

Nicolasa, junto con Bruno y Felipe acuerdan lo que debía hacerse. Bruno llamando aparte a Calandrino le dijo:

-Amigo mío, esa mujer no cumple nada de lo prometido; creo que no te quiere bien; mas, si sigues mi consejo, te diré el modo de satisfacer tus deseos aunque ella se resista.

-¡Ay, Bruno de mi vida! Dímelo, dímelo enseguida.

-¿Te atreverías a tocarla con un objeto que te entregaré?

-Sí, por cierto.

-Pues tráeme un poco de pergamino sin mácula, un murciélago vivo, tres granos de incienso y un cirio bendito. Lo demás, déjalo de mi cuenta.

Calandrino estuvo toda la noche espiando a los murciélagos, y al momento que logró coger uno lo trajo con los demás pedidos a Bruno. Éste se encierra en una habitación apartada y escribe en el pergamino cuanto le pasa por la cabeza, trazando al mismo tiempo algunos caracteres extraños y desconocidos.

-Calandrino -dice entregándole el escrito- estate seguro que si tocas con este pergamino a tu enamorada, te seguirá a donde quieras sin la menor resistencia. Por lo tanto, amigo mío, si sale hoy Felipe, haz lo posible para acercarte a la mujer, y tócala como te he dicho. Luego te encaminas al pajar, donde hay un buen lecho, además es un buen sitio porque nadie pone los pies allá; tu enamorada te seguirá y una vez allí ya sabes lo que has de hacer.

Loco de contento el idiota contesta que bien sabe su obligación desde el momento en que tenga en su poder a la pobre Nicolasa.

Nelo, de quien desconfiaba Calandrino, estaba al tanto de todo, y a la par que le divertía trabajaba de acuerdo con los otros para llegar al desenlace. Así pues por recomendación de Bruno se dirige a Florencia en busca de la esposa del enamorado.

-Tesa -le dice- sin duda no has olvidado los maltratos que te dio tu esposo el día que marchó de excursión al llano: te apaleó despiadadamente, por lo que debes vengarte, y si pierdes la ocasión que ahora te ofrezco, deja de considerarme como pariente y amigo tuyo. Tu esposo se ha enamorado de una jovencita que habita la casa donde hemos estado trabajando y su amor es correspondido; precisamente en este momento debe encontrarse en sus brazos. Quiero, pues, que me sigas y le reprendas como se merece.

-¡Pérfido, bribón! ¡He aquí cómo me trata! Pero juro que no quedará impune su crimen.

Dicho esto toma a su criada y sigue a Nelo hasta la villa.

Al verla aparecer, Bruno informa a Felipe que el plan está en marcha, por lo que éste informa a los pintores de que tiene que marchar a Florencia, por lo que han de redoblar su actividad en el trabajo.

Enseguida se despide y se esconde en el pajar para poder verlo todo sin ser descubierto.

Cuando Calandrino supuso que Felipe estaba distante bajó al patio donde estaba la muchacha, quien conocedora de los planes se abraza al cuello del hombre. Esto enardece a Calandrino, quien la toca cariñosamente con el papel y en el acto se encaminan hacia el pajar.

La muchacha le sigue, cierra la puerta, se le cuelga del cuello y lo tumba sobre la paja, poniéndose encima a horcajadas cuidando de mantenerle las manos sujetas. Luego lo mira con ojos amorosos y le dice:

-Querido Calandrino, corazoncito mío, mi reposo, mi felicidad, mi vida ¡cuánto tiempo hace que deseo poseerte y saciarme en tu contemplación! Con tus encantos y tus gracias has embriagado mis sentidos, habiendo acabado de seducirme los armoniosos sonidos de tu guitarra.

Calandrino apenas podía moverse.

-¡Oh, ángel mío! ¡Concededme el deseo de daros un beso! -decía él.

-¡Cielos! ¡Cuán apurado estás! Deje primero que te contemple bien a mis anchas, para que grabe en mi corazón la acariciadora imagen de tus facciones.

No pudiendo resistir por más tiempo Calandrino el ímpetu de sus deseos, se disponía a emplear la fuerza para obtener los favores de Nicolasa, cuando se presenta su esposa acompañada de Nelo, que derriba la puerta del pajar y ve a su esposo forcejeando debajo de Nicolasa.

-¡Viejo chocho! ¿Así ultrajas a tu mujer?¿Acaso te falta faena en casa para que vayas a desperdiciar en la ajena el poco jugo que te queda? ¿No sabes que si te machacasen en un mortero no darías ni tres gotas de esencia? -decía mientras le arañaba el rostro, agarraba de los cabellos y lo tomaba de un lado a otro.

Ante la inesperada aparición de su mujer Calandrino estaba más muerto que vivo, faltándole valor para pronunciar una sola palabra en su defensa. Bien regañado, mejor zurrado y perseguido, recoge su sombrero, rogando a su mujer no alborote tanto si no quiere morir allí mismo, pues según dijo:

-La mujer con la que me has hallado es la esposa del dueño de la casa.

-Preferiría que fuera la esposa del diablo y te hiciera trizas, así me vería libre de un desdichado como tú -contestó su esposa.

Después de reírse de esta aventura Bruno y Bufalmaco con Nicolasa van en su ayuda para apaciguar a la esposa ultrajada, aconsejando a Calandrino no aparecerse más por la villa no sea que Felipe, enterado del hecho, tomara venganza.

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