Si
entendemos a la lectura como un hecho que compromete al hombre
en un acto creativo, si adherimos a la tradición libresca
que sostiene que el sentido último y, vale decir, verdadero,
de una obra no depende tanto de las intenciones de su propio
autor sino de los designios que sus lectores tienen preparados
para ellas; de allí que la traducción no pueda
consistir en mera reproducción, sino en acto primigenio,
heurístico, de comprensión y, por lo tanto de
creación. En cada lectura, así como en cada traducción
inauguramos un sentido eminentemente particular y, por lo tanto,
histórico. Jorge Luis Borges, nos señala
una suerte de recorrido estratégico por algunas de las
muy diversas traducciones de Las Mil y Una noches,
lecturas diversas que han enriquecido y transformado la obra
profundamente. George Steiner nos indica que el mejor
camino para comprender La Odisea y una de sus críticas
más fructíferas se encuentra en el Ulises
de Joyce. La historia del serendipity no hubiera
sido la misma si Voltaire no nos hubiera regalado su
versión de la leyenda del Rey Serendipo en su
Zadig. Estas exposiciones no solo se pretenden como
manifestaciones del acto creativo per se, sino que además
invocan una actitud fundamentalmente ética, que comporta
todo un andamiaje de valoraciones y críticas sobre el
material original.
George
Steiner señala la importancia de la música
como forma de acceso para el hombre a su experiencia metafísica
sobre su condición ontológica. Amén de
la especificidad que entraña el lenguaje musical y de
lo cual no nos ocuparemos, parecería posible hacer coextensiva
esta premisa a otras experiencias de traducción ¿Acaso
no se ha hablado de una musicalidad, como lo ha expuesto brillantemente
Edgar Allan Poe en sus ensayos, en lo que respecta
a las palabras y a la literatura en particular? Por otra parte,
el acto de la traducción tanto en lo que respecta a diferentes
sistemas expresivos, como dentro del dominio lingüístico,
a diversos idiomas, es un procedimiento que no puede ser recuperado
analíticamente, sino que por el contrario no es siquiera
expresable exhaustivamente; por ello, debemos alegar que también
comporta este elemento inasible, este halo misterioso y, por
qué no decirlo, metafísico de un procedimiento
del cual somos dueños, pero nos es imposible desentrañar.
No es casual tampoco el origen musical que propone el concepto
de transposición, ligado a una concepción de totalidad
significante, y por lo tanto creativa, en contraposición
con la versión atomista que nos propone un modelo recortado,
por demás carente, de la traducción, paradigma
conectado con un entendimiento mistificado y reduccionista del
lenguaje y una concepción errónea de lo que debería
ser la traducción, a saber, como mero pasaje de equivalencias
entre idiomas ideales.
El
traductor es el equivalente de un interpretante, un descifrador
de lenguajes, y como tal, como lo ratifica Steiner,
un “ejecutante, alguien que actúa el material
ante él, con el fin de darle vida inteligible”(1).
Es decir que el acto mismo implica una actitud hermenéutica,
entendida como un entendimiento responsable, ético y
una aprehensión activa que resiste la muerte del significado.
Se trata de una comprensión en acción, que es
analítica y crítica al mismo tiempo. Esto es lo
que reseña Borges con respecto a los traductores de Las
Mil y Una Noches. En cada una de estas ejecuciones interviene
un juicio de valor, una crítica que, en definitiva, no
es otra cosa que una actitud responsiva al texto original y
a sus predecesores, que consigue reinstalar el sentido y así
evitar su muerte otorgándole una nueva vitalidad que
antes no conocía; después de todo “¿Qué
es un libro si no lo abrimos?”(2). La interpretación
es vivida, se trata de un compromiso asumido por el interior
del ser y no de un acto externo: estamos aquí en el nivel
de la experiencia como entiende Merleau Ponty desde la fenomenología,
quien incorpora al lenguaje y a la traducción como actos
eminentemente creativos e indisociablemente entramados en la
acción y en el tiempo.
Por
otra parte, la traducción no siempre trabaja de forma
consciente, es decir, en muchos casos, no se trata del propósito
de un artista de vindicar la obra de tal o cual escritor, sino
que tal vez se encuentran en él, a la hora de realizar
su trabajo, como un reservorio de motivos, estilos, expresiones
precedentes que ahora forman parte de su propia disposición
y que son utilizadas con gran soltura como si fueran propias
y es que en realidad lo son, porque aquel se ha reapropiado
de ellas y las maneja y acomoda con la misma naturalidad que
su antecesor. En cada caso se reinauguran e iluminan a la luz
del propio yo, aquellos recursos compositivos y lingüísticos
que reinaron en precedentes intenciones, quedando ineludiblemente
sometidas al análisis presente.
En
la traducción, efectivamente, se cumple la premisa del
arte como acto crítico por el cual interactúan
las restricciones de lo ya existente y las nuevas posibilidades
que emprende la imaginación. Se trata de una “reflexión
expositiva” que encara un juicio de valor sobre la herencia
y el contexto que dejan sus huellas sobre las obras. Borges
nos regala dos magistrales ejemplos de lo antedicho: el primero
hace referencia a las kenningar estas primeras formas metafóricas
que provienen de la tradición germánica y que
se sustentan bajo un sistema de primitivos giros fundamentalmente
metonímicos encarnados en expresiones de palabras compuestas:
de este modelo se puede inferir una improvisada genealogía
de la lengua anglosajona, ciertamente marcada por su pragmatismo
y riqueza en contracciones y palabras compuestas, así
como puede servir de explicación para comprender la imposibilidad
de la traducción punto por punto de estas rudimentarias
expresiones sin una pérdida fundamental de su riqueza
y sentido esenciales. La otra exposición se refiere a
las diversas traducciones que han enriquecido y transformado
fundamentalmente una obra como Las Mil y una Noches.
En este caso además estamos hablando de una transposición
quizás más compleja que implica un pasaje entre
sistemas harto diferentes. La oralidad en la cual se gestaron
estos relatos componen un sistema de términos, connotaciones,
tonos y estilos que no solo no son exigidos sino que además
se tornan irrelevantes e irreproducibles en el campo escritural,
por lo cual exigen en su pasaje transformaciones que devienen
pertinentes en el nuevo lenguaje. “Cuando el poeta critica al
poeta desde el interior del poema, la hermenéutica lee
el texto viviente que Hermes, el mensajero, ha traído
del reino de los muertos”(3), sentencia
Steiner. La misma raíz etimológica de traducción
(traductio: hacer pasar de un lugar a otro), invoca
a la actitud crítica como forma de creación, puesto
que deviene necesaria la mediación comprensiva y valorativa
de significados, las propias ideas y prejuicios intervienen
en el proceso enriqueciendo pasajes, deplorando argumentos,
sojuzgando costumbres y amputando párrafos.
Sin
embargo esta crítica al interior mismo de las obras no
encarna solo un acto de hermenéutica activa, sino que
también puede devenir en instrumento coercitivo y prohibicionista
al servicio del poder, tarea que queda ejemplificada en uno
de los exponentes “borgeanos”, Eduardo Lane, quien lleva a cabo
una labor inquisitiva y censurante sobre el material original,
no sólo en lo que respecta a la supresión de ciertos
pasajes y hasta el enmudecimiento de historias enteras, sino
que va más allá, estableciendo un enjuiciamiento
explícito de algunos elementos, tachándolos de
poco aptos, groseros y hasta repugnantes.
Más
allá de estos vergonzosos espasmos de puritanismo, estas
“infidelidades”, como las agradece Borges, constituyen el acto
máximo de originalidad y por lo tanto, de permanencia
de las obras. Nos informan no solo acerca de la herencia y contexto
al que pertenecen los autores, sino también y fundamentalmente,
de su individualidad. En los giros, desvíos y acotaciones
que propone por ejemplo Mardrus, se encuentra la verdad del
acto creativo. Como bien señala Carlo Ginzburg, el verdadero
yo de la obra queda salvaguardado y es pertinente de ser recuperado,
precisamente en aquellos actos poco razonables, en aquello detalles
irreproducibles que el autor impregna en su obra.
Para
terminar, se podría pensar conveniente abandonar el concepto
restrictivo de traducción y aplicarlo a un nivel más
abarcativo y existencial porque, acaso el acto primero de creación
y, hasta podríamos decir el más trivial de ellos
¿no se trata efectivamente de un exponente de traducción?¿No
era Coleridge quien traducía sus sueños en los
versos ahora memorables de goletas extraviadas en el intespestuoso
mar, y no fue Edvard Munch quien deformó el grito de
la naturaleza en una explosión inverosímil de
color y rebelión? Queda preguntarnos si nosotros mismos
no encarnamos también en nuestros días estas transposiciones
enigmáticas y maravillosas. Sería conveniente
pensar que sí, porque de lo contrario, y si creemos en
las sentencias de William Blake, estaríamos ardiendo
en el infierno.(4)
NOTAS:
(1) Steiner George, Presencias reales,
pág 18.
(2)
Borges, Jorge Luis. Borges Oral.
“El libro”, pág.22. Ed. Alianza (1995).
(3)
Steiner
George, Presencias reales, pág. 25.
(4)
W. Blake sostiene que una de las condiciones
para acceder al paraíso, es por medio del arte.